Beatriz Rojas: Narco Clós4 min de lectura

Beatriz Rojas

Salió temprano de su casa vestido de Santa Clós, traía un costal al hombro repleto de marihuana.

Eran como las tres de la tarde, se estaba fumando un porrito, cuando le habló un compa y le dijo que si no tenía un huato, que andaba escaseando la yerba.

Alfredo Cruz Martínez se llamaba, Fredo pa’ los compas, tenía 34 años, una reserva de mota y una mente no muy clara.

Tuvo amigos de sobra, era un hombre leal, nunca fue peleonero, pero tampoco era rajón. Sabía muy bien y decía a todo el que quisiera escuchar: “un churro es bueno para despertar, para antes de comer, para reposar la comida, para relajarse, para ponerse feliz, para dar sueño, para quitar el miedo, para hacer ejercicio y para descansar. Se disfruta particularmente en la playa o en un día lluvioso y en los inviernos mitiga el frío. En fin, la mota es buena en todo  momento.”

Otras veces, cuando andaba menos hablador o demasiado pacheco para monologar, se limitaba a sentenciar su dogma: “un poco de mota  no mata.”

No era narcotraficante, sólo vendía a la bandita. Empezó a sembrar su propia yerba porque le sobraba el tiempo y porque estaba harto de los intermediarios. Su mota, decía, era mejor que la de La Familia, porque estaba hecha con amor. Era “mota feliz”, porque crecía en macetas,  sin productos químicos o alteraciones, en un clima naturalmente favorable, sin condiciones artificiales de laboratorio, como focos o ventiladores, sin esconderse de nadie, sonriendo sin pudor al sol michoacano.

Era todo un ritual más que  una transacción: llegaba al lugar indicado, entre saludos y abrazos,  sacaba un puñito y con toda la calma del mundo, destronchaba sus plantitas y liaba una especie de cigarrillo con un poco de tabaco.

Lo compartía con los amigos, a veces con un poco de música (nunca olvidaba el Ipod, repleto de novedades y listo para la retroalimentación),  todo acompañado de  unos tragos de cerveza y de charla amena. Se conversaba bastante, aunque se dijera poco.

Sólo después de eso se hacía entrega de la bolsita mágica, perfectamente sellada y sin pesar (que después de todo eran tratos de amigos), la cantidad se calculaba más bien a puños que a libras. Se le pagaba  y se iba a su casa enchufado en su Ipod.

Se sentía como un justiciero: el que acabaría con el narcotráfico de marihuana, el que reivindicaría al cannabis como planta medicinal, el precursor del consumo legal y el cultivo en casa.         

Podía estarse horas hablando de sus beneficios, contrarrestando la mala publicidad generada por las autoridades, gente egoísta y ambiciosa, hipócritas, opresores del pueblo.

“Te van a matar o te vas a morir,” le profetizaban algunos.  “En este país no puedes ir por todos lados hablando de drogas. Además, no te conviene vender si no tienes conectes.”

Fredo nunca tuvo miedo, estaba convencido de que las reglas no son para respetarlas y de que él era ajeno a ese mundo de violencia e irracionalidad del que todos hablaban. Creía más bien en el karma y en que a la gente que emite amor, buena vibra y luz, como él, sólo podían pasarle cosas buenas.

Cuando le pidieron un kilo se sintió extrañado, no estaba acostumbrado a cargar con tanta merca. Finalmente decidió empacar no uno, sino tres kilos, por lo que se pudiera ofrecer.

Entonces vino el dilema del transporte. Alfredo no era de las personas que manejan, vivía en el centro y caminaba a todos lados.

De repente llegó a su mente una idea brillante. Hasta sintió que le salía humo de las orejas por el chispazo… o por el tanquesito que se acababa de echar.

¡De Santa Clós! ¡Cargando un costal! Pasaría desapercibido.

Ahora Fredo llora en la cárcel, contando los días que faltan para salir, esperando que sus cuates lo visiten para cotorrear un rato, aunque sea los domingos. Decepcionado del mundo, de la gente, de la desconfianza.

Quién iba a decir que se iban a atrever, que unos policías arrestarían a Santa Clós enfrente de todos los niños. A él, que había pensado que era el plan perfecto; a él, que no hacía más que repartir felicidad, marcarle el alto con lujo de grosería, meterlo a la patrulla sin más, por medio de golpizas innecesarias.

-Ya ves, carnal-se burló el custodio-. Hasta el plan perfecto puede fallar. Yo no sé, pero sospecho que hubieras tenido mejor suerte si hubieras salido en tiempos de Navidad.


Beatriz Rojas (Ciudad de México, 1982). Periodista y escritora, una de sus publicaciones es Noche de muertos, y ha participado en antologías de narrativa y poesía como Narradores emergentes. Palabra, comunión y desencuentro y El brillo de la yerba húmeda.

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