La veta escondida IV6 min de lectura

Carolina Herrejón

Tardé veintiséis años para encontrar la veta platinada que habita encubierta en mis paredes. Esa veta que me permite sentirme dueña de algo, descubridora, exploradora, aventurera, defensora y soberana de un lugar que sólo a mí me pertenece: mi cuerpo. A partir de los dieciséis empecé a transitar muchas rutas con fronteras, es decir, que durante diez años, quise andar caminos colonizados, maleados, prejuiciados; los caminos que anduvieron otros y que me decían que era muy fácil pasar por allí, qué me animara, que no temiera del extraño, que todo en esta vida era una línea recta.

Caminos con infinidad de señalamientos: ¡Precaución zona de derrumbes! Y se derrumbaban enteros en mi boca, en mi pecho, en mi cuerpo, sin haber experimentado yo el derrumbe; ¡Alto ahí! ¡Incorporación del tránsito! Y se venían en marejada movimientos bruscos, repentinos, que querían afiliarse a mi camino y terminaban por excederse en velocidad y dejarme varada; ¡Atención! ¡Pendiente peligrosa! Y chocaba entera  con la imposibilidad de no sentirme segura, cuidada, respetada; accidente emocional, hecatombe en carambola de sensaciones vertiginosas, fugaces, diluidas, perdidas en otros cuerpos que yacían inertes después del arrebato y la pendiente; ¡Cuidado! ¡Superficie derrapante! Y más que resbalarme de placer por esa vía, me caía en el fango de la frustración, me quedaba sin recursos, sin gasolina, varada a mitad de camino sin poder transitar esa ruta trazada, esa ruta que me vendieron como autopista federal.

Al final opté irme por la libre, por elegir yo el camino. La libre, esa carretera antigua donde habría más curvas, más recovecos; pero, también más pueblitos por descubrir, más paisajes, más naturaleza, más vida. La libre, esa carretera no mapeada en Google, aquella que no necesita conexión a internet porque la conexión que se logra es el reconocimiento con nuestra intuición, con nuestra experimentación y con la vivencia en carne propia de la condición humana que nos conforma.

La posibilidad de no tener un norte que nos conduzca y en cambio tener todo un mundo inexplorado que nos asombre.

A partir de este párrafo piensa en tu cuerpo como un territorio. Tus ojos ¿Qué serían? Dos cántaros que se llenan todos los días con las aguas de un río que transita por tus venas, río sangre, río vida; o tal vez dos estrellas de mar que circundan las olas y el movimiento del océano que te compone. ¿Tus pies? ¿Flores o raíces? ¿Arena que se deshace o montañas que edifican? Y tu piel: barro rojo del campo, duna amarilla, caracoles nacarados, planta que nace entre el concreto, agua de laguna o madera de todos los árboles, madera, ébano madera. Tu grito y tu gemido ¿a qué suenan? Es el himno de un ave que habita en la selva, son todas las voces que se generan en una fiesta, ¿Se siente más bien como gotas de lluvia suavecita antes del trueno y la tormenta?

Ahora. Piensa en mi cuerpo como un territorio. Mi cuerpo es el espejo iluminado del desierto antes del mediodía y relumbra como luna por las noches. En ese espejo se reflejan doscientas dunas hechas curvas, curvas que se pueden agarrar y se caminan. Detrás de ese espejo, en el fondo, habita una cueva y dentro de esa cueva hay un ojito de agua: muy pequeño, muy redondito, muy frágil, que apenas lo tocas y emite vibraciones, que apenas le acercas la boca y hace que se estremezcan la cueva, las dunas, la luna, el desierto entero y el espejo. Viajé veintiséis años para descubrir ese ojito de agua. Al principio, con mucho temor, con mucho miedo, con mucho desconocimiento, me metí a nadar en ese ojito de agua y después de días de conocer su superficie, de rodearlo, de palpar toda su circunferencia, de leer sobre la materia que componía mi ojito de agua me animé a sumergirme en él.

Contuve la respiración durante treinta noches. Ya en mi cama, me recostaba, me adentraba en el espejo, dejaba que se me apareciera el desierto y la luna, surgía la cueva, entraba en ella, descubría el ojito de agua, me aventaba un clavado, nadaba, salía y entraba al ojito, salía, entraba, salía, entraba, salía, entraba y cuando sentía una fuerza inexplicable que emanaba toda el agua de ese ojito, me asustaba, salía empapada y regresaba a mi cama. Entre nado y nado había un brillito que me llamaba, pero yo, ocupada en descubrir la superficie de ese ojito no le hice mucho caso.

Después de un mes de nado, quise bucear, y me sumergí entera y decidida a reconocer ese brillito; el brillito fue de pronto una veta platinada y la veta en un instante reventó en un géiser de placer. A partir de allí me autonombré Carolina Herrejón: Almiranta máxima de sus vetas platinadas. Reina única de su ojito de agua. Emperatriz en su desierto. Capitana oficial de su placer. Guerrillera combativa de su territorio. Viajera libre y sin fronteras de su geografía. Ácrata del deseo y el impulso. Y asumiendo todos estos títulos es tan fácil, cada vez más fácil, llegar a la veta platinada, explotarla, compartirla o atesorarla.[1]


[1] Esta entrega trae un soudtrack para su celebración y agradecimiento. Jardines y La Victoria de Lido Pimienta ft Chancha Vía Circuito.

Al final es una victoria elegir vivir todos los días. Y el goce de nuestro cuerpo, es el goce por la vida. Gracias en verdad a quién se ha tomado unos momentos para leerme y confío en que todas las personas se proclamen pronto guerrillerxs combativxs de su placer y territorio.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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