Los dragones13 min de lectura

Caliche Caroma

El 18 de febrero de 2020 a las 19:00 horas, cuando todavía las incontenibles multitudes asistían a los conciertos musicales (¿estamos hablando de música clásica?), se presentaron en la Sala Niños Cantores del Conservatorio de las Rosas, Morelia capital de Michoacán, tres músicos de apellido Portillo: Guillermo, el padre, Darío, el hermano mayor, y Emilio, el hermano menor. Acompañados por Athena Zenker y Clément Bonnay. Aquélla fue una noche especial, tanto por la reunión familiar como por lo que allí se interpretó, a saber, el estreno mundial de Partita Lacandona de Alan Heiblum, compositor y filósofo que bebe de las aguas bachianas, cristalinas porque ecólogo también es.  

Lo que sigue son las impresiones escritas de los que participaron en el concierto del pasado reciente, pero los involucrados no sólo hablan de ese 18 de febrero de MMXX, tienen muchas otras cosas para compartir. Aparecen hasta hoy dichas entrevistas por motivos que no vienen al caso desmenuzar, suficiente es mencionar que estamos vivos, escribiendo, leyendo, escuchando música y conociendo algunos pasadizos ocultos de las mentes de los creadores. Vayamos allá con la paráfrasis de las palabras que Ken Kesey uso de epígrafe para su Alguien voló sobre el nido del cuco: Que primero me dijo que no existían los dragones y después me condujo hasta su guarida secreta.  

Alan Heiblum

Sobre la pieza. Compuse esta Partita durante una estancia en la selva Lacandona. Es un homenaje a Bach y está divida en tres movimientos: Poaceae, Dialium y Basiliscus basiliscus. El primer movimiento refiere a una familia de plantas cosmopolita distribuida por todo el orbe. En Mesoamérica el hombre estaba hecho de maíz. Hoy día tendríamos que confesar algo parecido. Ya sea bambú, caña, arroz, trigo, todos los cereales o los pastos que alimentan el ganado, definitivamente la humanidad está hecha de gramíneas, nuestra explosión demográfica ha sido la suya y viceversa. La referencia del segundo movimiento es un árbol de madera muy dura que sangra. El tercer movimiento habla de ese pequeño dragón capaz de correr sobre el agua. En breve, el drama que quise urdir con esta pieza es el mismo de siempre: la transformación de paisaje, gramíneas que desplazan la selva. La pregunta, dolorosa, de fondo es si no podría haber una humanidad selvática.

Sobre el intérprete. Las muestras tomadas en la Lacandona fueron llevadas al lIES (mi paso por la Lacandona, Morelia y Wageningen se explica porque desde hace ya casi cuatro años sigo a una bella investigadora, Rocío Aguilar Fernández, nieta del exilio, que intenta lo que parece imposible, restaurar los trópicos). Ya en Morelia, en algún viernes de concierto del CMAS le conté a Rodrigo Sigal sobre mi pieza y Sigal me recomendó contactar a Guillermo Portillo Hofmann. La flauta de la Sinfónica de Michoacán y de la Banda Elástica me pareció idónea y fui a su encuentro. Además del estreno, feliz, el contacto deparó una buena amistad.

Sobre mí. Mis días no sólo se van entre partituras y como asistente en proyectos de ecología. Tengo un doctorado en epistemología, estudio la charnela tecnocientífica y sus metáforas. El mundo se viste y desviste en metáforas. Las metáforas nos permiten escapar de lo prosaico, son la via regia a la poesía como señaló Aristóteles. Pero el retrogrado no es menos cierto, las metáforas también son la rutina, el carcelero y la cornisa de la celda cotidiana. Por ello hacen falta diferentes metáforas de metáforas, metáforas caníbales e incluso exploradores e inventores de la literalidad.

Athena Zenker y Clément Bonnay

Darío Portillo

Fue un concierto bastante representativo, pues en septiembre de este año cumplo diez años de residencia en Europa. Regresé de manera espontánea al país, se dio una oportunidad de liberarme del trabajo a inicios de 2020, revisé los vuelos, estaban en buen precio y me lancé; invité a un amigo que nunca había venido a México, Clément Bonnay (fagot), con el que estudié en el Conservatorio en Francia, aceptó acompañarme. La experiencia se dio de manera tan espontánea, y el concierto, casi casi que lo tengo en el recuerdo como un sueño. Un sueño porque vi a mi familia conviviendo juntos, una oportunidad de poder tocar con ellos, con mi papá y con Emilio, mi hermano.

Me sentí muy bien, un placer tocar para mis amigos y otras generaciones de músicos que ya no conozco. En comparación con un concierto aquí en Alemania, donde el público puede ser muy grato, pero jamás tan impresionante como el de México. Tomando en cuenta que el nivel de música clásica no es tan alto como en Europa, entonces sí hay una admiración sincera, sobre todo de los alumnos de las escuelas de música, un reconocimiento, y eso se siente muy bien, compartir la música y que sea admirada, disfrutada.

Por otro lado, estar en el escenario con mi hermano Emilio es algo que había vivido hace quince años, y ahora la volví a vivir de manera completamente diferente. Ambos hemos crecido, él ha madurado bastante musicalmente hablando. Aprecié lo que está haciendo, impresionante esa manera en que él toca la música barroca, lo que hizo junto a su amiga Athena. Fue grata la experiencia, agradable escucharlos a todos.

Acerca de mi vida de músico en Europa, me va muy bien, la verdad. Ya son tres años formando parte de una orquesta de manera fija, tengo un contrato de duración indeterminado, lo cual es algo que en cualquier parte del mundo vale mucho, es muy difícil conseguir un trabajo así. Estoy realmente agradecido de tener la suerte, y también de haber dado todo ese esfuerzo para ganar la audición, un proceso que comenzó a temprana edad con mi papá. Lo que fue magnífico para mí es que mi papá hizo que yo quisiera agarrar la flauta, nunca me forzó. Si comparo mi educación musical con la de un niño asiático o europeo, podría llegar a parecer mala en cuanto las horas de estudio, pero para mí, con mi personalidad, todo esto resultó perfecto. Así logré disfrutar lo que hacía. Nunca tuve un momento en mi vida donde dijera que estaba harto de tocar la flauta. Le agradezco a mi papá que tuvo la paciencia de enseñarme.

A los dieciséis años gané una beca para estudiar en París, la obtuve en unas clases magistrales que ahí mismo tomé. Así comenzó mi gran viaje europeo. Estudié en varias escuelas, estuve en el Conservatorio Regional de París, donde además hice la preparatoria. Al principio resultó bastante difícil, trabajé bastante para llegar al nivel, todas las materias eran en francés. Y mientras estudiaba esto, tenía que prepararme para mis audiciones. Y también tuve suerte, porque adopté el idioma y la cultura francesa, era lo suficientemente joven para hacerlo. Afortunadamente puedo hablar y entender bien el francés, es una segunda cultura para mí. Regresando al concierto de febrero, tocar con Clément significó revivir, en ese momento, la etapa de estudios en París, junto con la otra etapa mexicana, al tocar con mi familia, y ahora vivo en Alemania, tres países, tres etapas.

Llegué a Alemania por un intercambio cuando estaba en París. El alemán es más difícil que el francés. Sufrí un poco porque no es lengua romance como el francés, pero se dieron sorpresas, descubrí el mundo de la ópera. Tuve un maestro que es muy respetado en Alemania, a él le piden alumnos para conciertos, y así se dio la oportunidad de tocar en la ópera alemana. Logré ganarme el lugar que tengo ahora. El tiempo se pasa volando. Ya llevo tres años aquí en Alemania. He vivido cosas interesantes, he logrado ganar cierto respeto, tengo la plaza de primera flauta en la Orquesta del Theater Krefeld Mönchengladbach. Esto es algo de lo que he vivido.

Emilio Portillo

Tocar con mi familia, con mi papá y mi hermano, fue un experiencia chida y nostálgica, porque tenía unos ocho años que no tocábamos juntos, quizá más años, ni en el escenario ni fuera de él. Una experiencia a la yo personalmente ya no estaba acostumbrado. Hablando en específico, como hijo menor, creo que siempre fui el que iba aprendiendo después, del camino que ya estaba trazado. Oí las correcciones, las clases de mi papá, consejos de mi hermano, de lo cual siempre he estado agradecido. Pero lo importante en este punto, en este concierto, es que llegué con una independencia musical que para mí es valiosa, sigo siendo estudiante, sin embargo, ya traía mis criterios, desde la interpretación hasta cómo escuchar, qué sentir, qué pienso de las distintas redes musicales.

Tocamos un concierto barroco a cinco instrumentos, es en esta música en la que me estoy especializando, por eso pude aportar al momento de tocar. Fue alentador, me sentí muy bien. Tuvimos apenas unos días de ensayo, pero el resultado fue el concierto del que me siento muy satisfecho. Toqué, como solista, música renacentista en la flauta, algo distinto a lo otro que sonó esa noche, lo más viejo y diferente, aunque sea clásica, la interpretación en ese estilo es muy distinta. Al principio abrimos el concierto con Athena Zenker en la viola da gamba, fueron dos piezas las que tocamos juntos.  

Ahora estoy en un debraye con las distintas músicas, dividiéndolo banalmente, por decir algo, entre música popular y música académica. Me he dedicado por varios años a la música popular con la banda Biávobit, que acaba de resurgir, y también tengo el otro proyecto llamado Colores Primarios, donde la hago de guitarrista. Con esto quiero decir que para mí es muy valioso viajar entre estos dos ámbitos, es una salvación. Para nada podría dedicarme sólo a la música clásica, y lo contrario tampoco, no puedo tocar sólo música popular. Todo es estudio, puedo pisar ambos territorios, sin caer o clavarme en ninguna de las dos áreas. Tenía más de diez años que no tocaba como flautista en Morelia, sin haber abandonado la práctica. En el concierto de febrero mucha gente se acercó y me dijo que no conocía esta faceta de mí, sólo me ubicaban por el proyecto de Biávobit.

Y quitar también ese prejuicio de que en la música popular no se estudia, todo lo contrario. En la música, en cualquier género, se pueden hacer las cosas bien cuando hay empeño, me he dado cuenta de que cada cosa se aprende de distinta manera, con dedicación, si es lo que quiere hacer uno, las cosas fluyen. Los resultados se dan si uno se clava, como en el caso de mi hermano Darío. Intento hacer lo mejor que puedo, ando en eso, esto es lo que puede decir.

Guillermo Portillo

La pieza de Alan Heiblum, pieza que tiene poco de haberse escrito, nos remonta a una gran tradición, la de la tonalidad y la de Bach, me refiero a la modulación, que, de alguna manera, actualmente ya no se escribe así. Él recupera la manera de escribir bachiana, por eso le pone Partita. Es música contemporánea, el compositor está vivo, pero retoma la capacidad de la música tonal de rehacerse y hacerse y volverse a hacer. Esta manera de escribir es muy difícil, requiere de mucha analogía con lo que Bach hizo. Alan es un científico, le va bien su estética a esta forma, logra un lenguaje que es original. Su pieza se encuentra en tres movimientos, el tercer movimiento refiere a algo inasible, algo que va muy rápido y no se le puede fijar; este tercer movimiento me costó mucho trabajo, es larga, le dediqué bastantes horas de estudio. Espero que esto logre poner en contexto la pieza que Alan estrenó en ese concierto del 18 de febrero de 2020. Y de mis hijos, sólo puedo decir que los amo y me siento muy orgulloso de ellos.

Alan Heiblum y Guillermo Portillo

Un comentario sobre «Los dragones13 min de lectura»

  1. María Guadalupe Garcidueñas

    Muy detallados datos acerca de grandes músicos . me hubiera encantado estar en ese concierto . ya ni modo . Caliche . también agradecería ANTES de un concierto una poca de info como ésta .

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