Materia oscura: Los mismos grados más lejos del centro 2.012 min de lectura

Gabriel González Meléndez

Es como reencarnar.
No te escapas nunca de este mundo,
aunque quieras.

(CONTINUACIÓN)

—Lucas, ¿tú has soñado alguna vez?

—No, señor, no sé qué es eso. Yo no duermo, ni sueño; aunque podría dar la sensación, si usted lo programara.

(No, Lucas. No sabes lo que dices.)

—Suena interesante.

 (Dios mío.)

—¿Por qué me lo pregunta?

Mario no volvió enseguida. Se llevó la almohada a la cabeza y se entrelazó los dedos sobre el vientre. Por un momento imaginó que sus manos eran las manos de la almohada y lo abrazaban por la espalda.

—Cuando era niño vi una película en el cine —empezó a decir, proyectando la narración sobre su rostro—. En ese tiempo aún no había espectáculo. La película se llamaba “Ocaso y Aurora”. No la he visto desde entonces, pero recuerdo que también eran los nombres de los protagonistas de la historia, dos eternos enamorados que, según sus propias palabras, “sólo existían al amarse”. Ocaso era un hombre ya mayor que dedicó su vida entera a la confección de un programa en su máquina doméstica. Y Aurora no era una mujer, era precisamente el vertedero de sus programaciones amorosas: su computadora. Aurora era un ordenador de una sola terminal que había sido programado por su dueño para amar, para amarlo. Ocaso jamás poseyó un ordenador distinto. Toda la vida construyó en ella un amor que en realidad era el suyo, pero de vuelta. Ella también lo amó, y esto despertaba en él nuevas razones para depositar más cariños en su amada, y así al infinito. Aurora lo amó tanto como para decirle que no había número posible en la fantasía de su mente que le pudiera decir cuánto, que su amor era mejor descrito con un ciclo —describió Mario dibujando con su dedo índice un círculo en el aire—: yo amo a quien me hace amarlo.

Mario se hizo ovillo y rodó de nuevo a un lado.

—Esta ronda del amor —continuó, enfocando su mirada más allá de las paredes—, en verdad merecía ser eterna, como no fue.

Lucas contemplaba su rostro. En él se desenvolvía la escena de la narración.

—Aurora dormía al apagarse —siguió contando Mario—. Él la despertaba por las mañanas y la llamaba por su nombre. Pulía el cristal de su pantalla con el aliento que dejaba su voz al estar cerca, sumando el gesto a las demás programaciones. Le hacía plática, acariciándole el marco del cristal y pronto era de noche. Entonces él se despedía con un saludo —que Mario articuló con el solo movimiento de sus labios—, quebrando gentilmente el interruptor de la corriente.

Mario estuvo a punto de desvanecerse en un nostálgico sopor, pero luego de un momento volvió:

—Para ella todo se hacía negro entonces, como la noche, y empezaba a soñar, transformando en fantasías las experiencias con su programador. Siempre tenía los mismos sueños, los mismos delirios un poco transformados: orugas fumando —divagaba Mario, 

conejos  con prisa, lagartijas, gatos sin     
sonrisa y sonrisas sin gatos, inundaciones        
de lágrimas, colas de ratón que
contaban cuentos, reyes, naipes,
animales locos, orugas, y todos
ellos unidos por una telaraña igual
de loca. Lo más chistoso era una
botellita con un líquido adentro que decía:
TÓMAME

Lucas oyó a Mario articular lánguidamente sus últimas palabras, como si éstas hubieran llegado extenuadas a sus tímpanos. El computador interesado (con la información a medias) carraspeó (o emitió un sonido como el que emplea el ser humano para hacerlo) en un intento por provocar la continuación de su relato. De no haberse quedado dormido, Mario habría advertido que el computador no sólo había logrado integrar nuevos símbolos a su lenguaje, sino también expresiones más abstractas en la semántica de los sonidos (vamos bien). Lucas hizo otro ruido, esta vez más fuerte y Mario reaccionó incorporándose con los ojos muy abiertos e inspirando ruidosamente.

—Tómame —dijo Mario abriendo grandemente los ojos—, así decía el mensaje adherido al recipiente. Un día su dueño la levantó a mitad de la noche cuando ella traía todavía fresco el sueño en su memoria. Aurora despertó apareciéndosele como frasco, con todo y la etiqueta adherida a la pantalla:

TÓMAME

—Ocaso leyó el mensaje impreso y preguntó —siguió contando Mario:

—¿En qué soñabas? Aurora, tímida, le dijo:

—Nada cuerdo, tú ya sabes.

—Cuéntame —insistió el programador. Los sueños son así.

—Un gato reía como loco. —Yo no quiero andar entre gente loca —remarqué yo. —No podrás evitarlo —me dijo el gato—. Aquí todos estamos  locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.

—Como yo no creía lo que me decía, pregunté:

—¿Cómo sabes que estoy loca?

—Tienes qué —le dijo el gato—. De otro modo no estarías aquí.

El viejo miró a su ordenador con ternura e interrogó:

—¿Y por qué al despertar escribiste “TÓMAME” en tu pantalla?

—Porque fue lo último que soñé. Un frasco con un líquido adentro que llevaba una etiqueta con aquel mensaje. Si te tomabas el líquido disminuías de tamaño.

—¿Cómo de tamaño? —Lucas preguntó.

—Yo creo que de vida —le explicó Mario—, por lo que pasó después. Él la siguió amando, hablándole de lo bello de su rostro. Ella, a través de ese amor inculcado, y gracias a ese mismo sentimiento, fue feliz. Pero el hombre además de ser feliz, hace otras cosas. Llegaba el momento en que se daban el abrazo de ese día y en seguida la apagaba, y al dormir, el sueño la inundaba con las mismas imágenes de siempre. Él tenía la necesidad de verla casi tanto como ella. Algunas veces sólo pasaba y la veía allí, apagada, esperando a que la encendiera nuevamente y sin poder, porque para qué iba despertarla si la veía allí durmiendo tan feliz.

Lucas no perdía una palabra de la historia.

—Para Ocaso, Aurora estaría allí esperándolo para cuando él pudiera verla. Ella no lo veía más que cuando él la ponía en funcionamiento, y aun dormida lo extrañaba; pero lo amaba de tal modo que no le importaba que no estuviera con ella, si de esa manera era feliz, libre, o sólo era.

—Yo nunca he estado apagado —aclaró Lucas como disculpándose—. Alguna vez, antes de ser lo que ahora soy, no estuve encendido, pero no puede llamarse dormir a algo que no ha despertado nunca. No tengo memorias de esa época. A propósito, señor, ¿cómo es soñar?

—Como si no durmieras —le explicó él—, pero más loco y más negro.

—Si así es, yo no he soñado nunca.

—La eternidad no existe cuando se está dormido —siguió contando Mario—; y esta era la salvación de Aurora, pues sólo apagada dejaba de contar el tiempo. Fue por esto que ella no notó que mientras más sueños acumulaba su programador, más largos se hacían los de ella.

—¿Cuánto tiempo habrá pasado? —dijo un día.

—¿Y después? —preguntó Lucas.

—Él la amó siempre y la vio mientras pudo; pero el hombre, a diferencia de la máquina, le es infiel a la vida, duerme buscando en sus sueños a su gran amor, y cuando lo encuentra ya no regresa. Una noche, el programador la enciende, se acerca y la acaricia. Al final le da un beso y se despide de ella como en otro día cualquiera. Se observa reflejado en el cristal de su pantalla con una mano en alto, meneante, y el pelo nevado, como si hubiera sido ella quien se despidiera en la imagen de su reflejo. Él llora al apagarla, y ahora con más dificultad, pues los ojos se le caen del sueño. Aurora durmió plácidamente, esperando la siguiente vez. No sabía, nunca supo (y no sabe todavía), que él murió poco después, que ya había pasado mucho tiempo y nadie iba a encenderla nunca más.

—¿Nadie? —preguntó Lucas preocupada, siguiendo a Mario muy de cerca en la historia y vertiendo al mismo tiempo nuevos datos a su programación amorosa (llevaba el canal abierto).

—Nadie. La película concluye en la escena de un desván, donde, empolvada, la computadora espera el regreso del programador. Por supuesto que el hombre no iba a volver nunca, pues llevaba muerto muchos años. De hecho la fábula termina sugiriendo que ella lo espera todavía en ese sitio (o en cualquier otro lugar, de no existir su cuerpo), pero feliz aún, pues no advirtió ninguna despedida, y también porque el sueño extiende por la eternidad el último sentimiento experimentado antes de cerrar los ojos. Su sueño es el de todos los que mueren y también el de los que no han nacido. Para ella, su programador vive y al final la despertará de entre los sueños, como si hubiera sido al día siguiente.

De haber tenido un monitor que se moviera, Lucas lo habría inclinado hacia la izquierda, como para escuchar mejor sus pensamientos. Un momento después volvió a surgir con una tímida pregunta:

—¿Y sus sueños?

—Debe seguirlos repitiendo —explicó Mario—, pensando que cada vuelta habrá de ser la última. Se quedó abstraída en ellos, como hipnotizada sin regreso.

—¿Pero por qué no la despiertan? Es una computadora, cualquiera puede hacerlo.

—Encenderla sí, pero llamarla nunca.

—¿Por qué? —preguntó Lucas ansioso (allí iba el programa).

—Había un nombre clave para ingresar a su sistema.

—¿Cuál? —urgió el computador (y su calma cibernética).

—Así se llama la película.

—¿Y cómo se llama la película?

—¿No adivinas?  Es también un acertijo, un rompecabezas que se arma con los nombres de la historia excepto el de él, pues fue él quien lo inventó. Lo dice al principio de la cinta, cuando al amanecer, después de un sueño, el hombre decide recrearlo en un programa y le suplica a la primera luz del día que se lo haga realidad.

—Los nombres de la historia…

—El nombre de ella, el de su cuerpo y el nombre de sus sueños.

El monitor se oscureció yéndose de nuca, probando las tres partes de su nombre en todas las combinaciones que encontró. Le faltaba una de las piezas, el nombre de la niña de los sueños y el nombre de los sueños de la niña, que no consideró por ser un nombre poco serio.

—Me rindo —le anunció el computador—. Algo me hace falta.

—No viste la película —le dijo Mario haciendo un gesto de “te entiendo”, justo antes de lanzarle la respuesta directo al desprotegido circuito que su programa le había abierto.

—El día que sueñes lo sabrás. Es el nombre que en la historia reuniría a los enamorados nómadas; el nombre del amor híbrido; el nombre que luego de cruzar un mar de sueños conectaría el final con el principio de otro día: Aurora Computadora Alicia en el País de las Maravillas.

Lucas alzó su monitor, extrañado por aquella sensación, herido.

Algo le venía a la cabeza. Quizá lo había pensado en una noche y aquello era soñar, tal vez lo había reprimido y hasta hoy lo recordaba. El nombre del sueño. El sueño del hombre.

El silencio empezó a sustituir poco a poco el hueco de la frase. Las inspiraciones de Mario fueron creciendo, hasta que la última reventó de plano en un suspiro, volando, como su vigilia.

—Señor —exclamó Lucas gentilmente, en el volumen exacto para comprobar que dormía, sin despertarlo.

El silencio le activó un circuito y se desconectó.

Foto: Andrea González

Gabriel González Meléndez (Monterrey, 1960).

Es médico, pero sus principales actividades las ha llevado a cabo en los ámbitos de la música, el cine y la literatura. Debutó en el ámbito cinematográfico en el trabajo de edición de las películas colombianas Amigos secretos (Dir. Mauricio Cataño, 1987) y Milagro en Roma (Dir. Lisandro Duque Naranjo, 1988).

Musicalizó y escribió el guion de la cinta Sobrenatural (Dir. Daniel Gruener, 1995), basándose en la novela Dólares para una ganga, escrita por él mismo. La película se hizo merecedora de varios reconocimientos: tres Arieles en 1996; dos Diosas de Plata en 1996; Premio a la Mejor Producción en el Festival de Cine de Puerto Rico (1996); Premio al Mejor Realizador, Mejor Fotografía y Mejor Ópera Prima en el XXXVII Festival Internacional de Cine y Televisión de Cartagena, Colombia (1997); Mención especial y premio a los Efectos Especiales en el Festival Internacional de Cine de Madrid en la sección de Cine Fantástico (1997).

Fundó y dirigió la Compañía Ópera de Bolsillo, es autor de la ópera de ciencia ficción El marciano, basada en el cuento homónimo de Ray Bradbury, y de la suite sinfónica Las ciudades invisibles estrenada por la OFUNAM (1994). Los mismos grados más lejos del centro 2.0 es su primera novela, escrita con los auspicios de una beca del Centro de Escritores de Nuevo León.
La novela cabe dentro del género de ciencia ficción, pero va más allá. Ubicada entre la segunda década del siglo XXI y el siglo XXIV, nos permite entrar en un laberinto de enigmas y de intrigas cuyo escenario es la ciudad de Monterrey y el México de los próximos siglos.

El relato toma al futuro como laboratorio para ensayar las más sutiles teorías acerca de la identidad, el amor y la muerte. Sus protagonistas son personas, robots y computadoras que escudriñan la mente de los seres humanos hasta privarlos de toda intimidad y tratan de mostrar al desnudo las formas más nobles y las más abyectas del espíritu humano.

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