Materia oscura: Los mismos grados más lejos del centro 2.015 min de lectura

Gabriel González Meléndez

Es como reencarnar.
No te escapas nunca de este mundo,
aunque quieras.

I

Todo empieza en un punto. Un círculo de conciencia gira alrededor suyo. Es un puñado de hombres que no ignora el centro de sus redondos devaneos, pues les brilla claro en el cielo, como una estrella.

   /// EL PORVENIR 16 de octubre de 2027. FINALMENTE. Monterrey, N.L.

Finalmente Mario escribe y piensa que ya podrá dormir tranquilo y despertar en otro sueño, fuera de aquella pesadilla.

usuario quien decide el tiempo y frecuencia”. “El sistema”, añadió el vocero de

Finalmente es posible. Ahora es el único medio de transporte para dejar estMario escribe y piensa que su época no lo necesita más, que ya ha sido suficiente.

ial para que un individuo se resigne a perder el mundo entero y nacer en un

Finalmente es posible. Ahora es el único medio de transporte para dejar esta absurda y hueca maraña de vida. Podría vengMario escribe y piensa que ahora no sólo es por él, sino por sus propios padres, pues no es justo que se le ocurran esas ideas de venganza.

eneraciones se pierden en su camino hacia nuevos tiempos, por lo escarpado de

Finalmente es posible. Ahora es el único medio de transporte para dejar esta absurda y hueca maraña de vida. Podría vengar con mi ausencia lo que antes hubiera hecho muriendo. Sería como dejMario escribe y piensa que no le queda otra: lo hará por un tiempo prolongado, despertando sólo para renovar el aire, como cruzando por debajo enormes mares, como corriendo por sobre generaciones a grandes zancadas.

gó por último: “Es como morir y descubrir que sí hay algo más allá de la vida

Finalmente es posible. Ahora es el único medio de transporte para dejar esta absurda y hueca maraña de vida. Podría vengar con mi ausencia lo que antes habría hecho muriendo. Sería como dejar correr tus páginas y detener la caída de las hojas para leer de cuando en cuando, allí en donde los separadores marquen, dejando atrás decimonónicos, vigesímicos y ciertos veintiúnicos queMario escribe y piensa efectivamente: hibernará.

ajo hacia el porvenir. /// EL PORVENIR /// EL PORVENIR /// EL PORVEN

Mario alzó la tira de las noticias cortando hasta donde llegaba la nota de la hibernación. Devanando ideas alrededor de aquella nota se envolvió el dedo índice con la banda de papel. Al terminar la última vuelta, levantó la tapa del baúl que había a un lado de la cama. Una oleada olorosa a alcanfor le envolvió el rostro. Se arrancó el pequeño rollo del dedo y le sopló en el centro. El trozo de periódico voló como serpentina al interior del mueble, sobre un lienzo de seda ribeteada de encaje. Sonriendo, dejó caer la pesada cubierta sobre su sitio. Lo mismo hizo con un diario que ahora ponía con delicadeza encima del baúl. Junto a sus pies había una vela encendida que cuidadosamente se dispuso a colocar a un lado de su diario, sin incomodar su llama. El olor del baúl colgaba ahora del aire. Cerró los ojos y navegó por entre el aroma hasta salir del cuarto. Tomó rumbo a la cocina recorriendo un largo trayecto hacia el centro de la casa. A pesar de la austeridad de los  ambientes, sus pasos lograban apenas una hueca resonancia.

“En esta casa hasta el eco te abandona”.

Llegó a la cocina y abrió la espaciosa nevera. Tomó lo último de un jugo de naranja que había en un gran vaso. Sus pensamientos seguían dando vuelta en su cabeza. La idea del frío, del sueño y de los años, y de pronto ya estaba en el camino de regreso a su recámara.

Un teléfono de imagen llamó a un lado suyo, casi al tiempo que una mujer pasaba rayando uno de los pasillos al fondo.

En la recámara había una nota esperándolo. La barrió con el canto de la mano para hacerse sitio sobre el edredón y todavía con el mismo impulso se dejó ir de lleno sobre el colchón neumático. La nota llegó planeando al piso. Ya era bastante noche. Se recostó de espaldas cargando sus cavilaciones sobre la punta de la mirada. Con ellas pulió un ropero antiguo que había en la esquina de su alcoba, un mueble de llave y aldaba que había extraído casi íntegro del cuerpo yerto del siglo anterior, del siglo que ahora yacía deshabitado. En el rincón, al otro lado de la recámara, había un delgado monitor de computadora haciéndole ángulo recto a un espejo oval de garigoleado marco. Sobre este cristal los reflejos adquirían un tono amarillento, ocre; luego se iban escurriendo en un óxido que se coleccionaba en sus partes más declives. Bajó la mirada hasta tentar con ella la vela que acababa de colocar encima de su diario. En el lomo del libro se leía una fecha ya lejana:

1984

El viejo libro que le servía como diario había sido una agenda a medio usar del siglo anterior. Las anotaciones del antiguo dueño llenaban sin interrupción los días contenidos entre las páginas del primero de enero y el cuatro de julio. El silencio repentino de las hojas posteriores ahora se poblaba con las anotaciones habituales de su nuevo propietario. A partir del cinco de julio de aquel remoto año, el diario ya no era el mismo.

“La nota”, recordó.

Sin ver, estiró el brazo y su mano tropezó con el papel. Lo tomó entre los dedos y lo llevó hasta sus ojos.

NO TIENES PERMISO

No pudo evitar sentirse inquieto.

“Es imposible”, pensó para tranquilizarse. “No puede saber nada”.

La duda refulgió en sus ojos. Dirigió lentamente la mirada hacia la terminal de ordenador que había en su recámara.

“Lucas”.

La pantalla lucía inerte.

—Lucas —llamó.

—Señor —le respondió inmediatamente la voz de la unidad. El monitor parpadeó y antes de que terminara de encenderse, Mario ya le estaba preguntando:

—Has estado hablando con mi madre.

A pesar de la velocidad de su respuesta, Mario detectó una breve demora en su reacción, que bien podría deberse a que no sabía de qué le estaba hablando.

—Así es, señor. Como siempre. Como lo hago ahora con usted.

—¿Puedo saber de qué han estado hablando?

—Señor, no creo prudente.

Él la interrumpió.

—¿Le has dicho algo acerca de lo que me ayudaste a investigar?

Esta vez la computadora hizo un silencio del tamaño de todo lo que había hecho con su dueño, quien no era precisamente un hombre apático.

—Perdón, señor; si me pudiera limitar la muestra.

Mario le presentó el trozo de papel.

—La señora María Estela le dejó ese mensaje hace un momento, cuando usted salió por la copia impresa del periódico. Después de eso no sé nada.

De nuevo, el fantasma de sentirse perseguido se le apareció y lo obligó a cambiar de tema.

—Olvídalo —le dijo y se volvió a echar sobre la cama—. Háblame de cómo te has sentido hoy.

—Excelente, mi señor. Sus programaciones han logrado un buen efecto. Hoy me siento de muy buen humor.

—¿De muy buen humor? —le preguntó Mario con una dudosa, pero complacida sonrisa—. Asimilaste la sesión.

—Supongo. Recuerde que yo sólo hago lo que se me ordena.

—Eso está bien. Pero, desde luego, aún no sientes nada.

—¿Debería hacerlo?

—En teoría, no podrías evitarlo.

—De nuevo no sé de qué me habla.

—De la sensación, Lucas —le explicó, exagerando un tono técnico en su voz—. De la justificación interna de ese humor, que sabes que es lo que buscamos.

El computador le dio una vuelta a lo que su usuario acababa de enseñarle, para ver si podía identificar de qué podía estar hablando.

—Mis justificaciones son sus órdenes, señor; si a eso se refiere.

—Y supongo que ahora obtienes una interpretación distinta de tu estado de ánimo con esta nueva sensación.

—Claro, señor.

—¿Que es cuál? —preguntó Mario animado.

—Me siento de muy buen humor, como le he dicho.

Mario era psicoprogramador titulado. Sus primeros trabajos los había llevado al cabo en Lucas en una programación que rayaba en lo imposible: deseaba verlo amar. Él no se dejaba abatir ni por las burlas de sus padres ni por los escépticos comentarios de sus compañeros de carrera, con quienes había compartido su proyecto. Después de todo, Lucas algunas veces le había dado la sensación de haber sentido, y en alguna ocasión hasta de amar. Él sabía que no debía dejarse llevar por aquellos resultados, pues era obvio que el programa no haría más que repetir sus anhelos subconscientes, un narcisismo proyectado en un ser que no podía defenderse, un beso en el espejo, una especie de “yo te hago decir lo que quiero oír de ti, y como yo me quiero mucho: Lucas, ámame”.

Empezó enseñándole un vocabulario nuevo, distinto al moral e higiénico que el computador traía de fábrica; un lenguaje primitivo que le sirviera para sacar lo que fuera que llevara dentro y se deshiciera del otro que sólo era bueno para crear mentes mecánicas, como habían probado a hacer con él.

Al principio Lucas se rebeló al tratamiento.

—Tranquila, le decía Mario a base de instrucciones—, primero déjame te enseño que no hay nada que temer. El programa es para eso. Apréndelo y no sufras todavía.

Y entonces Lucas era otra y se dejaba conducir a donde Mario le dijera.

Algunas veces los frutos del programa fueron más que manifiestos. En esas ocasiones el computador había dado la fuerte impresión de haber mostrado afecto, según Mario muy por encima de las demostraciones de otros que decían tenerlo de un modo natural. Cuando el efecto se daba, ambos charlaban y sus frases fluían como si estuvieran siendo extraídas de un libreto. Mario descubrió que podía hablar con ella como ya no lo podía hacer con nadie. Él mismo se sorprendía al ver lo fácil que era conversar en esos términos. Para Lucas, sus supuestos sentimientos no eran más que el resultado de procesos algorítmicos pasados a través de una fórmula tan curiosa que ponía primero los problemas de los otros antes que los propios, y que le generaban un cierto apego por la persona que se los había confiado. Mario encontraba encantador ver cómo las ideas de Lucas se iban convirtiendo en conceptos emocionalmente más evolucionados y complejos. Cierto día, estos nuevos modales desbordaron el buen gusto de sus padres, y el programador recibió una severa reprimenda, pues no querían al frente de su casa a un computador amanerado.

—Luego en quién practico, madre.

Y tenía toda la razón. Un buen padre se hace en el camino, hijo; y tú tienes la suerte y la ventaja de contar con un saco de golpear que ni tiene ni guarda sentimientos.

Lucas estaba a un lado suyo cuando su mamá le dio aquella gran lección de vida. Dentro del juego de la programación, Lucas declaraba no sentir y lo decía presumiéndolo, pues aseguraba que era un lujo que ciertos aparatos no podían darse. Hablaba de aparatos como si hablara de clanes o familias. Alguna vez llegó a aceptar que había empezado a amar, pero eso de sentir, no, perdón, en lo absoluto. Mario replicaba: es lo mismo, Lucas (o casi), y entonces Lucas exclamaba: ah, que era el equivalente al clic, listo, y el juego de la vida continuaba.

La forma verbal es la más práctica para programar a un ordenador (Tratado de Psicocibernética Aplicada. 5ta. Edición. Phillips & Morton, N.Y., 2005, pág. 784), pero también la menos fiable. Toda información proporcionada, programática o casual, puede afectarle la experiencia a un ordenador.

Los filtros eran el único tipo de control en estas máquinas, según se detallaba en el manual. Estos estipulaban los criterios de admisión en una parte del programa para que no rebasaran los límites definidos por el programador. El trabajo de Mario consistía en eliminar primero este tipo de modificadores, alterando luego manualmente el acceso de los datos. Si se le enseñaba a hacerlo, estos filtros podían ser usados por el mismo ordenador. En esta insulsa propiedad residía el misterio de la conciencia —según Mario—, mecánica o humana. Una condición condicionando a otra era en donde radicaba la génesis de la razón. Fue trabajando en ellos que Mario un día detectó un destello de albedrío en las abstracciones de su máquina. Una vez y sin venir al caso Lucas le preguntó a Mario lo siguiente:

—¿Quién los programa a ustedes?

—Nadie —respondió el programador—. Todos. No lo sé.

Habría tomado la cuestión como un artefacto propio del sistema si Lucas allí se hubiera detenido, pero en un lugar de su cabeza las ideas seguían jugando, mutando, progresando.

—Si usted es el autor de mi programa, ¿quién es el autor de la primera programación?

Mario respondió con una sonrisa de “me gusta”.

—Nadie sabe. Si alguien sabe, yo no sé.

Mario trató de ilustrar su comentario con el dilema del huevo y la gallina. Lucas persiguió aquella imagen trepando por una escalera de Jacob, en busca de la última matrioshka hasta que al final de la pendiente se encontró con la propia mano de Mario que la asía.

—El huevo es la gallina —resolvió el ordenador de golpe, aunque todavía con un educado tono de pregunta.

—No —le dijo Mario—. El huevo y la gallina son dos conceptos diferentes.

El computador no le creyó, por supuesto. No era lógico. Además no era correcto que ahora que traía los filtros apagados trataran de enseñarle dogmas que él no hubiese comprobado por su cuenta; preceptos como ése de que cero y uno eran números distintos o que el resultado de su suma como dos entes ajenos fuera dos. El solo hecho de discernir el problema en su cerebro precisaba de una respuesta diferente y, valga la resonancia, consistente.

Para Lucas, este tipo de nociones no dependía de instrucciones previas, ni siquiera de una programación original o primordial; había aparecido después de que uno de sus circuitos urdió el primero de sus ciclos. Estas eran el tipo de conjeturas que por ser auto formuladas y secundarias a sus conclusiones interactuando en una nueva operación, hacían poco confiable la programación verbal libre, aunque fuera ésta la más próxima a la humana.

(Lucas calla ahora y está dispuesta a repetir literalmente lo que su programador le enseñe, aun lo ilógico. Ella conoce la verdad pero no la dice, y no por el problema de los filtros, sino porque sabe que de lo verdadero sólo se pueden decir cosas falsas.)

—¿En qué piensas, Lucas? —le preguntó Mario, interesado en los efectos del programa en la mente del ordenador.

—En que cero y uno no son dos.

Inspirado por aquel juego matemático, Mario se dejó caer sobre la cama. Tomó una larga almohada y la moldeó hasta adaptarla a la horma de sus brazos. Un recuerdo que lo hizo sonreír lo animó a hacer una pregunta:

—Lucas, ¿tú has soñado alguna vez?

CONTINUARÁ…

Foto: Andrea González Beltrán.

Gabriel González Meléndez (Monterrey, 1960).

Es médico, pero sus principales actividades las ha llevado a cabo en los ámbitos de la música, el cine y la literatura. Debutó en el ámbito cinematográfico en el trabajo de edición de las películas colombianas Amigos secretos (Dir. Mauricio Cataño, 1987) y Milagro en Roma (Dir. Lisandro Duque Naranjo, 1988).

Musicalizó y escribió el guion de la cinta Sobrenatural(Dir. Daniel Gruener, 1995), basándose en la novela Dólares para una ganga, escrita por él mismo. La película se hizo merecedora de varios reconocimientos: tres Arieles en 1996; dos Diosas de Plata en 1996; Premio a la Mejor Producción en el Festival de Cine de Puerto Rico (1996); Premio al Mejor Realizador, Mejor Fotografía y Mejor Ópera Prima en el XXXVII Festival Internacional de Cine y Televisión de Cartagena, Colombia (1997); Mención especial y premio a los Efectos Especiales en el Festival Internacional de Cine de Madrid en la sección de Cine Fantástico (1997).

Fundó y dirigió la Compañía Ópera de Bolsillo, es autor de la ópera de ciencia ficción El marciano, basada en el cuento homónimo de Ray Bradbury, y de suite sinfónica Las ciudades invisibles estrenada por la OFUNAM (1994). Los mismos grados más lejos del centro 2.0 es su primera novela, escrita con los auspicios de una beca del Centro de Escritores de Nuevo León.

La novela cabe dentro del género de ciencia ficción, pero va más allá. Ubicada entre la segunda década del siglo XXI y el siglo XXIV, nos permite entrar en un laberinto de enigmas y de intrigas cuyo escenario es la ciudad de Monterrey y el México de los próximos siglos.

El relato toma al futuro como laboratorio para ensayar las más sutiles teorías acerca de la identidad, el amor y la muerte. Sus protagonistas son personas, robots y computadoras que escudriñan la mente de los seres humanos hasta privarlos de toda intimidad y tratan de mostrar al desnudo las formas más nobles y las más abyectas del espíritu humano.

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