Materia oscura: Blanco plata8 min de lectura

Luis Javier Alvarado

Veinte minutos, dijo. Tomé la camiseta húmeda y así la deslicé a mi torso. Dijo estás algo distraído. No, contesté. Pienso en cosas. La cisterna está inservible. Y la perilla de la puerta de la entrada se zafó. Tendrás que arreglarlo. Pero no ahora. Tienes veinte minutos para recostarte y no pensar en nada. Nada que necesite arreglo en lo inmediato. Porque tú estás aquí. Al menos veinte minutos déjalo todo. Así que reposé mi cuerpo en el sofá. La humedad de la licra de la camiseta y los dieciséis grados del minisplit y la persiana y la tarde apagándose me desarmaron. Mi cuerpo en el sofá. La pantalla líquida, traslúcida, en mi mente. Fría. Sinuosa. Podía escuchar la punta del bolígrafo ir y venir como un animal desahuciado sobre su block de notas, la aspiración en la boquilla de su cigarro electrónico. Las láminas del sol hundiéndose tras la sierra oscura. Los miles de murciélagos escapándose como las cenizas de una gigantesca sombra. Podía escuchar los cristales de la creación a millones de años luz. Tengo que irme, dije. Sí, tienes que irte, pero no a donde tú crees; cuando tu peso esté por completo vencido por la calma, verás la puerta que debes abrir, dijo. La luminosidad crecía como un chorro descontrolado de agua en un grifo. Tantísima luz en mi cabeza vencida. No quería ni respirar ni dejar ir el oxígeno, ni despegar aunque sólo fuera un milímetro los párpados. Ni mover mis huesos. Mis ligamentos se pulverizaron. Mi corazón cedió su trote acelerado y un paso como de quien deambula con todo el tiempo del mundo en una galería, tomó su sitio. Yo era una cavidad vaciándose en aquel sofá, un cuerpo desprendiéndose de toda historia, sagrada o profana. Un galerón apenas resonante. Sentí que era una balsa en medio de un lago roto. Él parecía resollar. O algo así. Cuanto más lento latía mi corazón, más se oscurecía esa pantalla líquida, traslúcida, en mi mente. Debía terminar de vaciarme, o eso entendí. Pero no podía olvidar todos mis rasgos. La costilla rota. Los labios de mi boca voraz. No podía decirle adiós a mis manías: revisar tres veces la cerradura de la puerta, mover de un lado a otro con fuerza la perilla para cerciorarme de que el seguro estaba puesto, vestirme y desvestirme una, dos, tres veces, las veces necesarias, hasta sentir que era la ropa justa, la ropa para el día, desconectar la cafetera tras servirme la taza de café. Bajar y subir las escaleras para revisar que las ventanas de la planta alta no quedaran abiertas; ya en la calle, voltear a ver el silencio exterior de mi casa. Mi casa: el armatoste cálido cuyas entrañas conozco a la perfección; si la luz del sol se apagara, y si la luz eléctrica dejara de funcionar en el mundo y ya no hubiera más celdas solares, ni lámparas, ni velas, ni energía eólica, ni baterías, y no encendieran nunca más las pantallas de los celulares, el mío incluido, claro, caminaría por sus intersticios, sortearía sus pozos negros, aspiraría sus veladuras flotantes; sabría exactamente dónde encontrar los cubiertos, cuál puerta de la alacena abrir para tomar las latas de legumbres y la pasta y el bote con los cuadros de consomé; sabría de qué cajón tomar el bóxer y la camiseta para dormir, qué almohada abrazar. Sabría cómo es exactamente la textura de las paredes, en qué punto exacto hay un borde, una hondura, una reparación. Sabría por dónde deslizar mi espalda hasta terminar agazapado, soñoliento, sobre la duela. Y viviría para contarlo. Y así todos los días, aunque pensara, y eso sucede a menudo, que nada tiene sentido y que respirar o dejar de hacerlo, o gritar en la hora más espesa de la madrugada, o darme una palmada yo mismo pero mientras escucho la voz de un extraño diciéndome “nada es todo”, corresponde apenas a un sistema de control para no lanzarme bajo la ruedas del vagón del metro, para no subir al piso más alto de la ciudad y dejarme caer, con tanta suerte, que flotaría y escaparía muy a mi pesar con rumbo al paraíso exactamente como debe ser: sin morir. Me siento de pronto. Es un parque. La risa desaforada de los niños y la luz de un sol, que parece cenital pero que está a punto de hundirse del otro lado de las cosas, queman y taladran mi incuestionable fragilidad; me digo: es natural, cuando todas las palabras se han deconstruido, que te sientas como a punto de diluirte es natural. Tomo la calle y bajo al centro. En una esquina hay un lugar de vapeo. La clientela la componen en su mayoría adolescentes. La barra  tiene un grifo de cerveza de barril y al fondo hay una rockola y algo que suena como música se deja caer al piso y se arrastra como una zorra que lame las botas negras de la melancolía. Entro y le pido al joven de la barra que me permita lápiz y papel para hacer el apunte. Los olores a almizcle y madera y cítricos y cardamomo y menta y anís se aparean con el pesado olor a nada del humo blanco plata, que sale de las bocas de los chicos en las sillas altas de tapiz de cuero cerúleo. ¿Quieres sentarte?, me dice uno. Y en menos de un tarro de cerveza ya estamos en el baño besándonos. Te pareces a ese tipo, me dice, al de las noticias, el que mató a su madre y luego la dejó sentada en el balcón con una taza de café en la mano; nadie nunca lo encontró. A veces pasa, le digo. A veces por más que te empeñes en mostrarte como eres, los demás ven lo que menos les lastima. Lo tomo de la cintura y recorro su torso mis palmas ya sabes mis terminales nerviosas en las yemas de los dedos y la inminencia del verano las calles atiborradas de gente es la celebración pienso todo vintage como una pasarela y ladro y corro y la capa roja se abre y el viento la hace ondular. Espera, dice, te sangran los ojos. Sí, es algo que nos pasa a los que claudicamos al menos una vez al día. Vuelvo a besarlo atrapo en mi boca sus labios y luego lo dejo azotar su lengua en mis encías lo abrazo hasta escuchar nuestros huesos desarmarse y ríe es demasiado me voy tengo tarea que entregar mañana. Escupo. En la calle hay ruido. Pero sólo in off. La barredora trepada en la acera. Los edificios fuera de foco. Abajo, en un cruce de avenidas, una fogata. Caballos desorientados buscando el medio oeste. Qué digo.

Me levanto. Voy al espejo, pero otra vez no estoy ahí. Sólo me queda respirar y tratar de escucharme. La casa suena en un tono oscuro, tan oscuro como mi pecho abandonado. Soy el agua en el grifo. Las agarraderas de metal del mueble en la cocina. Los cubos de hielo en el congelador. Soy el eco de mis pasos en la escalera hacia la cumbre. Las ventanas herméticas. El monitor estrellado desde aquella tarde de cielos amarillos y sucios. Nada es todo. Soy la taza de café. Mi madre en el balcón esperándome a que vuelva.

Saltillo Coahuila, febrero de 2020

Foto: Sharom Mccutcheon.

Luis Javier Alvarado (Monclova, 1966).

Egresado del Centro de Educación Artística Alfonso Reyes de Monterrey como Instructor de Arte. Egresado de la Escuela de Artes Escénicas de la Universidad Autónoma de Nuevo León como Orientador en Técnicas de Danza Contemporánea. Fundó y dirigió el colectivo Expresión Escénica. Fue director del taller de danza contemporánea del grupo Iatros, de la Facultad de Medicina, de la Universidad Autónoma de Nuevo León, de 1995-2001. Instructor director de El Cuartel, taller de danza contemporánea del Museo de Coahuila y Texas, de Monclova, Coahuila, con los auspicios del Instituto Coahuilense de Cultura, vocal del Consejo para la Cultura de Monclova, Coahuila, e integrante del Colegio de Escritores de Nuevo León, promovido por la SOGEM.

Obras:   
Cielo Arlovka (Premio de poesía de Monterrey, 1990)
    Miztoquio (Premio de poesía de la Feria de Monterrey, 1994).
    Tromba (Ediciones Oficio 1995).
    Postales/Las estaciones de Marcia (Colección Los Libros de la Mancuspia, 1996)
   Déborah Galatea de las armas puestas (alias la peligrosa) (Serie Cotita de la Encarnación, auspiciada por CONARTE, 1996; premio regional de poesía de la Universidad de Monterrey, 1997)
    Hotel Roosevelt (Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Nuevo León, 1997).
    Vesania 1995-2003 (Mantis editores, 2003).
    El hocico de la tristeza (Poesía, Ediciones Intempestivas, Monterrey, 2012).

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