Materia oscura: Harrison Bergeron16 min de lectura

Kurt  Vonnegut

Era el año 2081, y todos eran por fin iguales. No sólo eran iguales ante Dios y la ley. Eran iguales en todo sentido posible. Nadie era más listo que nadie. Nadie era más guapo que nadie. Nadie era más fuerte o más rápido que cualquier otra persona. Toda esta igualdad se debió a las enmiendas 211ª, 212ª y 213ª a la  Constitución,  y a la incesante vigilancia de los agentes del Discapacitador General de los Estados Unidos.

Algunas cosas sobre la vida todavía no estaban del todo bien, sin embargo. Abril, por ejemplo, todavía sacaba de quicios a  la  gente  por  no  ser  primavera.  Y  fue en ese mes pegajoso que los hombres del Discapacitador General se llevaron a Harrison, el hijo de catorce años de George y Hazel Bergeron.

Fue  trágico, cierto, pero George y Hazel  no  podían  pensar  mucho  en  ello.  Hazel  tenía una inteligencia perfectamente promedio,  lo que significaba que no podía  pensar en  nada salvo en cortas  ráfagas. Y George,  mientras  que  su  inteligencia  era  muy  superior  a  lo normal, tenía una pequeña  radio  de discapacidad  mental en su oreja.  Él estaba obligado por ley a llevarla en todo momento. Se ajustaba a una emisora del gobierno. Cada veinte segundos más o menos, el transmisor enviaba un poco de ruido agudo para impedir a la gente como George un aprovechamiento injusto de sus cerebros.

George  y Hazel  estaban  viendo  la  televisión.  Había  lágrimas  en  las  mejillas  de  Hazel, pero se había olvidado por el momento a qué se debían esas lágrimas.

En la pantalla de la televisión había bailarinas.

Un  timbre sonó en  la  cabeza de George.  Sus  pensamientos  huyeron  en  pánico, como  bandidos de una alarma antirrobo.

“Eso fue un baile muy bonito, esa danza que acaban de hacer”, dijo Hazel. “¿Eh?”, dijo George.

“Que el baile fue bueno”, dijo Hazel.

“Sí,” dijo George.

Emil Melmoth

Trató de pensar un poco acerca de las bailarinas. No eran realmente muy buenas –no mejores que cualquier otra persona lo habría sido, de todos modos. Estaban cargadas con pesas y bolsas de  perdigones, y  sus rostros estaban  enmascarados,  de  modo  que  nadie,  viendo un gesto libre y gracioso o una cara  bonita, se sienta como  algo que el  gato  había  recogido  de  la  calle. George  estaba jugando con la vaga noción de que tal vez las bailarinas no deban ser discapacitadas. Pero no llegó muy lejos con ella antes de que otro timbre en la radio del oído dispersara sus pensamientos.

George hizo una mueca. Lo mismo hicieron dos de las ocho bailarinas.

Hazel lo vio estremecerse.  Al  no tener discapacitador  mental,  ella  tenía  que  preguntarle  a  George qué había sido el último sonido.

“Sonó como si alguien hubiera golpeado una botella de leche con un martillo”, dijo George.

“Yo creo que sería realmente interesante escuchar todos los distintos sonidos”, dijo con un poco de envidia Hazel. “Todas las cosas que se les ocurre.”

“Hm”, dijo George.

“Pero, si yo fuera el Discapacitador General, ¿sabes lo que haría?”, dijo Hazel. Hazel, de hecho, tenía un gran  parecido al Discapacitador General, una mujer llamada Diana Moon Glampers.

“Si yo fuera Diana Moon Glampers”, dijo Hazel, “habría campanadas los domingos –sólo campanadas. Un poco en honor a la religión. “

“Yo podría pensar, si fuesen sólo campanadas”, dijo George.

“Bueno, tal vez las haría muy fuertes”, dijo Hazel.

”Creo que sería una buena Discapacitadora General.”

“Tan buena como cualquiera”, dijo George.

“¿Quién sabe mejor que yo lo que es normal?” dijo Hazel.

“Es cierto”, dijo George. Empezó a pensar tenuemente sobre su hijo anormal que ahora estaba  en  la cárcel,   sobre   Harrison, pero  el  sonido de  veintiún pistolazos dentro   de   su   cabeza detuvo ese pensamiento.

“¡Vaya!” Hazel dijo, “ese fue estremecedor, ¿no?”

Fue tan estremecedor que George estaba pálido y tembloroso, y lágrimas se acumulaban en el borde de sus ojos enrojecidos.  Dos de las ocho bailarinas habían colapsado en  el  suelo del estudio y estaban sujetando sus sienes.

“De repente te ves tan cansado”, dijo Hazel. “¿Por qué no descansas en el sofá? Así puedes descansar tu bolsa  de  discapacidad en las almohadas, mi querido”. Se refería a las cuarenta y siete libras [21 kg] de perdigones en una bolsa de lona, que estaba encadenada alrededor del cuello de George. “Anda y descansa la bolsa por un rato”, dijo. “No me importa si no eres igual a mí porun tiempo.”

George pesó la bolsa con las manos.

“No me molesta,” dijo. “Ya no lo noto. Es solamente otra parte de mí.”

“Has estado muy cansado últimamente –algo extenuado”, dijo Hazel.

“Si sólo hubiera una manera de hacer un pequeño agujero en el fondo de la bolsa, y de sacar algunas de las pelotas de plomo. Sólo unas pocas.”

“Dos años de prisión y dos mil dólares de multa por cada pelota que saque”, dijo George.

“Yo no lo llamaría una ganga.”

“Si sólo pudieras sacar una cuantas cuando llegas a casa del trabajo”, dijo Hazel. “Quiero decir –es que no compites con nadie por aquí. Solamente te quedas sentado.”

“Si tratara de zafarme con eso”, dijo George, “luego otra gente se saldría con las suyas también –y muy pronto estaríamos  de  regreso  a  los  tiempos  oscuros,  con  todo  el mundo  compitiendo contra todos los demás. No te gustaría eso, ¿verdad?”

“Lo odiaría”, dijo Hazel.

“Allí lo tienes.” dijo George. “Desde el momento que la gente empieza a quebrantar las leyes, ¿qué crees que le sucede a la sociedad?”

Si Hazel  no  hubiera  podido  llegar  a una respuesta a esta pregunta,  George no hubiera podido darle una. Una sirena sonaba en su cabeza.

“Supongo que se caería en pedazos”, dijo Hazel.

“¿Qué cosa?” dijo George sin comprender.

“La sociedad”, dijo Hazel, incierta.

“¿No fue eso lo que acabas de decir?

“¿Quién sabe?” dijo George.

El  programa de televisión fue  interrumpido  de  repente para un  boletín de  noticias.  No  estaba claro  al principio sobre qué  era el  boletín,  ya  que  el  locutor,  al igual que  todos  los  locutores,  tenía un serio impedimento del habla. Por cerca de medio minuto, y en un estado de gran excitación, el locutor trató de decir:

“Señoras y señores.”

Finalmente, se dio por vencido, entregó el boletín a una bailarina para que lo lea.

“Está bien”, dijo Hazel sobre el locutor, “lo intentó. Eso es lo que cuenta. Trató de hacer lo mejor que pudo con lo que Dios le dio. Debería obtener un buen aumento por intentar tan duro.”

“Señoras y señores”, dijo la bailarina, leyendo el boletín.  Ella debió haber sido de una belleza extraordinaria, porque  la  máscara que llevaba era horrible.  Y era fácil ver que ella era la más fuerte  y más  grácil de todas las bailarinas,  ya que sus bolsas de discapacidad  eran  tan  grandes  como  aquellas usadas por hombres de noventa kilos.

Y ella tuvo que pedir disculpas de inmediato por su voz, la cual era una voz muy injusta que una mujer usara. Su voz era una cálida, luminosa, atemporal melodía. “Disculpen”, dijo ella, y empezó de nuevo, haciendo su voz absolutamente incompetente.

Emil Melmoth

“Harrison Bergeron, de catorce años,” dijo en un mirlo graznido, “acaba de fugarse de la cárcel, donde estuvo detenido bajo sospecha de conspirar para derrocar al gobierno. Él es un genio y un atleta, tiene insuficiente discapacidad, y debe ser considerado como extremadamente peligroso”.

Una fotografía policial de Harrison Bergeron fue proyectada en la pantalla –boca abajo, luego de lado, boca  abajo  otra  vez, luego  del  lado  correcto  hacia  arriba. La imagen mostraba la longitud  total  de Harrison en un fondo calibrado en pies y pulgadas. Tenía exactamente siete pies de altura.

El resto de la apariencia de Harrison era mezcla de Halloween y maquinaria. Nadie jamás había llevado consigo discapacidades más pesadas. Su cuerpo había crecido más que sus discapacidades, más rápidamente que a los que los hombres del Discapacitador General se les podía ocurrir. En lugar de una pequeña radio de oído como discapacidad mental, llevaba un par de tremendos auriculares, y gafas con gruesos lentes ondulados. Las gafas fueron pensadas para dejarle no sólo medio ciego, sino además para darle tremendos dolores de cabeza.

Chatarra estaba colgada de todo su cuerpo. Por lo general, había  una  cierta  simetría,  una  pulcritud militar  con  las  discapacidades  suministradas  a  las  personas  fuertes,  pero  Harrison  parecía  un  depósito de chatarra ambulante. En la carrera de la vida, Harrison llevaba 300 libras [136 kg] sobre sí.Y para compensar su buena apariencia, los hombres del Discapacitador General requirieron que llevase en  todo  momento  una  pelota  de  goma  roja  como  nariz,  mantenga  las  cejas  afeitadas,  y  cubriera  sus uniformes dientes blancos con tapas negras al azar para simular dientes salidos.

“Si usted ve a este muchacho”, dijo la bailarina, “no –repito, no –trate de razonar con él.”

Hubo el chillido de una puerta que fue arrancada de sus bisagras. Gritos y lamentos de consternación provinieron del set de televisión. La fotografía de Harrison Bergeron en la pantalla saltó una y otra vez, como si bailara al ritmo de un terremoto.

George Bergeron identificó correctamente el terremoto, y bien podría haberlo –ya que muchas fueron las veces que su propia casa había bailado a la misma melodía estrepitosa.

“Mi Dios”, dijo George, “¡ese debe ser Harrison!”

La realización fue destruida de su mente instantáneamente por el sonido de un choque automovilístico dentro de su cabeza. Cuando  George  pudo  abrir  sus  ojos  de  vuelta,  la  fotografía  de  Harrison  se  había  ido. Un Harrison de carne y hueso llenaba la pantalla.

Traqueteante, payasesco, y enorme,se paraba Harrison en el centro del estudio. La manija arrancada de la puerta del estudio todavía estaba en su mano. Bailarinas, técnicos, músicos y locutores se encogían de rodillas ante él, esperando a morir.

“¡Yo soy el Emperador!” exclamó Harrison. “¿Oyen? ¡Yo soy el Emperador!  ¡Todos deben  hacer  lo  que digo de inmediato!”

Dio un pisoteo y sacudió el estudio.

“Aún al estar parado aquí”, gritó, “lisiado, cojeando, enfermado –¡yo  soy  un  gobernante  más  grande que cualquier hombre que haya vivido! ¡Ahora miren cómo me convierto en lo que puedo llegar a ser!”

Harrison rompió las correas de su arnés de discapacidad como un pañuelo de papel mojado, arrancó las correas que podían soportar cinco mil libras. Las discapacidades de Harrison hechas de chatarra se estrellaron contra el suelo.

Harrison metió los pulgares bajo la barra del candado que aseguraba el arnés de su cabeza. La barra se quebró como si fuera apio. Harrison estrelló sus auriculares y gafas contra la pared. Arrojó lejos su nariz de goma, reveló un hombre que habría asombrado a Thor, el dios del trueno.

“¡Ahora voy a elegir a mi Emperatriz!” dijo, mirando hacia abajo a la gente acobardada. “¡Que la primera mujer que se atreva a ponerse de pie exija su compañero y su trono!”

Pasó un momento, y luego una bailarina se levantó, balanceándose como un sauce. Harrison  le  quitó  la  discapacidad  mental  de  la  oreja,  rompió  sus  discapacidades  físicas  con  una delicadeza maravillosa. Por último, le quitó su máscara. Era de una belleza enceguecedora.

“Ahora”, dijo Harrison, tomándole la mano, “¿vamos a mostrar al pueblo el significado de la palabra danza? ¡Música!”, ordenó.

Los  músicos  gatearon  de  nuevo  a  sus  sillas,  y  Harrison  les  despojó  de  sus  discapacidades,  también.

“Toquen lo mejor que puedan”, les dijo, “y les haré barones y duques y condes.”

La  música  comenzó.  Era  normal  en  un  primer  momento –barata,  tonta,  falsa.  Sin  embargo,  Harrison agarró  a  dos  músicos  de  sus  sillas,  los  agitó  como  batutas  mientras  cantaba  la  música  como  él  quería que sonara. Les arrojó de nuevo en sus sillas.

La música comenzó de nuevo y mejoró significativamente. Harrison y su Emperatriz sólo escuchaban la música por un tiempo, escuchaban con gravedad, como si estuviesen sincronizando sus latidos con ella. Pasaron sus pesos a los dedos del pie.

Harrison  posó  sus  grandes  manos  en  la  diminuta  cintura  de  la  niña,  dejándole  sentir  la  ingravidez  que pronto sería suya. Y luego, en una explosión de alegría y de gracia, ¡al aire brincaron!

No  sólo  las  leyes  de  la  tierra  fueron  abandonadas,  sino  también  la  ley  de  la  gravedad  y  las  leyes  del movimiento también.

Se tambalearon, giraron, volaron, brincaron, cabriolaron, retozaron, y dieron volteretas. Saltaron como ciervos en la Luna.

El techo del estudio era de treinta pies de altura, pero cada salto llevó a los bailarines más cerca de él. Se convirtió en su obvia intención besar el techo. Lo besaron.

Y luego,  neutralizando  la  gravedad  con  amor  y  pura  voluntad,  se  mantuvieron  suspendidos  en  el  aire pulgadas por debajo del techo, y se besaron durante mucho tiempo, mucho tiempo.

Fue entonces que Diana Moon Glampers, la Discapacitadora General, entró al estudio con una escopeta calibre  diez  de  dos  barriles. 

Ella  disparó  dos  veces,  y  el  Emperador  y  la  Emperatriz  murieron  antes  de alcanzar el suelo.

Diana Moon Glampers cargó el arma de nuevo. Apuntó a los músicos y les dijo que tenían diez segundos para colocarse de vuelta sus discapacidades.

Fue entonces cuando el televisor de tubos de los Bergeron se apagó.

Hazel  se  dio  la  vuelta  para comentar  sobre  el  apagón  a  George.  Pero  George  había  ido  a  la  cocina  por una lata de cerveza.

George  regresó  con  la  cerveza,  hizo  una  pausa  mientras  que  una  señal  de  discapacidad  le  sacudía.  Y luego volvió a sentarse.

“Has estado llorando”, dijo a Hazel.

“Sí,” dijo ella.

“¿Por qué?” le dijo.

“Me olvido…” dijo. “Algo muy triste en la televisión.”

“¿Qué fue?” le dijo.

“Está como todo mezclado en mi mente”, dijo Hazel.

“Olvídate de cosas tristes”, dijo George.

“Siempre lo hago”, dijo Hazel.

“Esa es mi chica”, dijo  George. 

Hizo  una  mueca.  Se  oyó  el  ruido  de  una  pistola  remachadora  en  su cabeza.

“Caramba, podría asegurar que eso fue estremecedor”, dijo Hazel.

“¡Y que lo digas!” dijo George.

“Caramba”, dijo Hazel, “podría asegurar que eso fue estremecedor”.


Kurt Vonnegut (EUA, 1922-2007).

Estudió Bioquímica en la Universidad Cornell. En 1942 ingresó en el ejército después de pasar brevemente por el Instituto de Tecnología de Carnegie. En 1944, mientras Kurt estaba participando en la Segunda Guerra Mundial, su madre se suicidó con una sobredosis de somníferos. A finales de ese mismo año, Vonnegut fue capturado por los nazis en el Bulge y confinado en Dresde, asistiendo al terrible bombardeo al que se ve sometida la ciudad alemana.

Esta experiencia le valió como base de su obra más popular, Matadero 5 (1969), una novela que mezcla realidad y ciencia-ficción con tintes surrealistas para configurar una visión crítica, no exenta de humor, de la sociedad y especialmente de la crueldad bélica, convirtiéndose en uno de los libros pacifistas más importantes del siglo XX. Esta constante crítica social, con tendencia a la sátira y el humor negro con empleo de elementos vanguardistas y fantásticos fueron la base de sus trabajos más prestigiosos.

En el año 1952 apareció su primera novela, La Pianola, distopía y sátira social también conocida como “Utopía 14”. En 1959 publicó Sirenas de Titán, novela nominada al premio Hugo.

Algunas de sus obras posteriores: La colección de relatos Bienvenido a La Casa Del Mono, 1968; Matadero 5, 1969; la obra teatral Wanda June, 1970; Pájaro de Celda, 1979; la colección de ensayos Domingo de Ramos, 1981), y Vigota Dick, 1982 y Galápagos, 1985, entre otras.


Imagen de portada: Emil Melmoth

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