Materia oscura: La última entrega6 min de lectura

Héctor Alvarado Díaz

Hace diez años sucumbimos ante la sobrecarga de la Red. Fueron diecisiete minutos y tres segundos que para la mayoría pasaron como un incidente momentáneo. Sin embargo, como en todas las tragedias humanas, poco a poco el tejido cicatrizó y se fue construyendo una nueva lógica en miles de millones de pantallas.

Pero nosotros (desconocemos el número de los que pueden estar desperdigados por todos los rincones), desde entonces permanecemos pendientes de las consecuencias. Cada día es el primer día y debemos aprovecharlo. La pobreza y la indigencia se multiplican porque ahora sus garras cubren también la razón de la gente…

A punto de entregar los originales a la imprenta (no confiamos en documentos electrónicos), encontramos las puertas cerradas. Uno de nosotros asegura haber oído cómo apagaban allá adentro la prensa Heidelberg, y tras el silencio una carcajada que parecía burlarse de nuestro estar ahí, detenidos, tocando el timbre sin que alguien responda, protegiendo los pliegos que representan la salvación de este día.

Acordamos volver más tarde. Nos vamos con los cristales del auto perfectamente cerrados. Apenas a unas cuadras de la imprenta, hay un accidente de tránsito con su respectivo congestionamiento. Podría ser una simple coincidencia, pero resulta inevitable advertir que el chofer del autobús urbano que participó en el percance está excesivamente tranquilo, despreocupado, hasta risueño, a pesar de que hay personas heridas que permanecen sobre el pavimento en espera de atención.

¿Cómo es que nadie se acomide para ayudar a la señora del Peugeot que padece una crisis de histeria y se atraviesa a nuestro paso? ¿Por qué los conductores que se ven afectados no protestan por la larguísima fila que los detiene en su diario transcurrir?

No hay un solo agente de tránsito.

El cerco comienza a formarse.

Protegidos por los límites del automóvil, ignoramos las súplicas de vendedores ambulantes y limpiavidrios. Una joven maquillada se acerca a mi ventanilla y me pide el teléfono celular, tiene que hablar de emergencia a su casa. El anciano que apenas puede bajar del camión siniestrado nos hace una seña desde lejos.

—¿No les parecen demasiado limpios, demasiado bien alimentados?  —dice Yolanda desde el asiento trasero.

—Ya estamos muertos  —responde María y abraza su bolso.

En la mirada de todos se adivina que nos conocen, que en realidad esperan el menor descuido para meter el cañón de la pistola o una varilla de construcción que traspasaría el cráneo del conductor para después, ensangrentados y rientes, destrozar las portezuelas y llevarse los pliegos en los que van las últimas palabras que tenemos.

Yolanda aconseja resistir, pero ya Julio señala que el hombre de lentes en la esquina es el líder y azuza a su gente para rodearnos.

María enciende un cigarrillo, tiembla su pulso y el fósforo cae a la alfombra.

—¿Quieres incendiarnos?  —acusa Yolanda.
—No te preocupes, sería una forma hermosa de morir —defiende Julio.
—Prende la radio, ¿sí? A esta hora ponen unos boleros bien tristes  —dice María para distraer la tensión.

Algo nefasto subyace en cada una de nuestras frases.

Es el abismo. Es el trueno. Es un ejército que toma el papel de simples actores urbanos y nos impiden el regreso a la imprenta.

Tenemos que bajar del auto, no hay otra salida. Si tardamos un minuto más, el cerco se cerrará sin remedio. Si esperamos más, quizá aparezcan los Vigilantes agravando la situación. Se acumula una tensión silenciosa. A cada momento se complica el caos vial y nos resulta imposible movernos en el coche.

—Vamos  —les digo con el mayor aplomo que puedo juntar.

Yolanda toma en sus manos los pliegos. Abrimos las portezuelas y hacemos una cortina humana que la protege. Golpeamos a la mujer disfrazada de indigente, la maldecimos, la empujamos lo mismo que al imitador de payaso que guarda un revólver bajo la ropa y a la mujer desdentada que pide dinero para las Misiones en África.

Cuando las sirenas a lo lejos enseñan su recurrencia rojiblanca, finalmente nos abrimos paso entre la gente que se queda atrás. Ya no tienen prisa, tal vez advierten que ganarán la batalla a fuerza de paciencia. Se miran entre sí, alzan los hombros, algunos incluso sonríen y nos franquean el paso como si fuéramos enfermos contagiosos (el niño discapacitado nos dice adiós moviendo apenas el brazo).

Corremos sin voltear atrás, es posible que más adelante encontremos más gente avisada de nuestra huida. Son tres calles interminables que tienen una ligera pendiente, las piernas se endurecen de cansancio y de miedo.

La imprenta sigue cerrada. Silencio. Quebramos el cristal de una ventana y nos atrincheramos tras la rotativa Jet Stream 2800 mientras recuperamos aliento.

Le grito a Yolanda para que busque el interruptor general.
¿Dónde?
¿Cómo diablos iba a saberlo?
Julio encuentra la manera de encender las luces del taller.

Nos descubrimos en medio de una explanada llena de dinosaurios de hierro. La guillotina Renoud abre las fauces preparada para partir en dos el aire, la Solna 425 se alza sobre nosotros hecha una muralla tras la que podríamos defendernos, la cámara de revelado se enciende y continúa procesando negativos electrónicos.

De un momento a otro alguien tocará a la puerta, repicará el teléfono, por los tragaluces van a colarse sombras extrañas. Por todos lados hay objetos que podemos usar para defendernos.

Tarde o temprano ellos entrarán, ya estamos preparados.

Héctor Alvarado Díaz es originario de Monterrey.

Cursó la carrera de Letras en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha publicado 11 libros (6 novelas, 4 libros de cuentos y uno de entrevistas a escritores de Nuevo León). Por su trabajo literario ha recibido premios nacionales e internacionales como el Premio de Novela Corta Roger de Conynck (2020); el Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero, el Premio Internacional de Cuento Miguel de Unamuno, en España, el Premio Nacional Juan Rulfo para Primera Novela y el Premio Latinoamericano de Cuento.

Fue Coordinador del Centro de Escritores de Nuevo León que trabaja en la formación y el desarrollo de proyectos de escritores jóvenes del estado y es uno de los proyectos literarios de mayor permanencia, cuyos egresados han publicado alrededor de 100 libros.

Fue Director de la Casa de la Cultura de Nuevo León durante 8 años.

Obtuvo la beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte en la Emisión 2013 con un proyecto de narrativa, y fue Director de la Editorial de la Universidad Michoacana de 2013 a 2017.

Actualmente es profesionista independiente. Mantiene dos proyectos de promoción literaria en la Internet: 25 Instantáneas de… Entrevistas con Escritores que lleva 30 semanas ininterrumpidas de publicarse en el portal electrónico “El-artefacto”; y Materia oscura, Revista de Fantasía, Ciencia Ficción y Fantasía, que lleva 32 semanas apareciendo  en el mismo portal.


Imagen de portada: Simon Launay

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