Materia oscura: Pásame los chocolates8 min de lectura

Nancy Murillo

(Ahora sí, estoy segura de que ahora sí   —se decía sosteniendo la última punta de la esperanza. Acomodaba los frasquitos de diferentes pastillas: Las azules cada media hora. Esas blancas con rojo una por hora. Dos amarillas en ayunas. Las redondas chiquitas, una por la mañana y otra por la noche. Estas medianas diariamente al acostarme, ¡ah!, y las de la tiroides. ¡Uf! —resopló, si no lo apunto…)

Tuvo que escombrar la despensa. Retiró 35 frascos vacíos de crema de cacahuate que le quedaron de la última dieta.

(Que no se me olvide sacar la nieve del congelador. ¡Tal vez me faltó perseverancia! A los quince días de comer sólo nieve de fresa y crema de cacahuate, las tripas como piedra. La dieta del bísquete está bien. Lo mal es que a mí, ya de que empiezo a comer bísquetes con mantequilla, no hay quién me pare).

Se dirige a contestar el teléfono.

(Quitakilos mamones, va diciéndose, aplauden a la pendeja que adelgaza trescientos gramos en ocho días).

—¿Bueno? ¡Gladys! ¿Cómo estás, my dear? ¡Ah, claro, tu cumpleaños!

(Siento un vuelco en el estómago. Tendré que aplazar la dieta otra vez).

—Claro que te estoy escuchando. Por supuesto, cuenta conmigo. Bye.

(Recuerdo cómo, con los ojos arrasados de agradecimiento por los aplausos, anoté en mi bitácora quitakilera la hazaña: trescientos pinches gramos. No puedo fallarle a Gladys aunque tenga cuatro meses de estar aplazando mi tratamiento. Con el doctor Scardale no me traumé tanto a pesar de que en un año rebajé medio kilo. Doctor mierdero, la friega que me acomodó).

Cuatro meses de casamientos y despedidas de solteros a diario. Todos los hijos de sus amigas casándose y Penélope, por solidaridad, atiborrándose de filetes, ensaladas, pasteles, galletas y chocolates. Sintió náuseas. La montaña de carne creciendo, ocupando cada vez más espacio. Y ahora seguían los cumpleaños.

(Es lunes —pensó —, como la merienda es el jueves, me quedan tres días muy buenos para aprovechar. Además, con la inercia de no comer, esa tarde me la puedo pasar tranquilamente con agua mineral).

Animada, se tomó sus primeras píldoras. Cada vez que sentía apetito se zampaba una diferente y agua. Agua. Agua.

Lunes, martes, miércoles. En la madrugada del jueves la despertó una pesadilla: el espejo le devolvió su imagen esbelta y reducida. Ya se había olvidado de cómo era ella antes. Tantos años de no ver su rostro sin esa asfixiante papada. Los rollos de grasa desaparecieron de su talle y caderas. Los hombros recuperaron su línea delicada. Un nudo en la garganta, se le humedecieron los ojos. Salió a la calle feliz, deseando que todo mundo la viera con ese vestido pegado a sus ahora estéticas caderas. Al perder los millones de kilos recuperaba su juventud nunca disfrutada a causa de los complejos. Caminaba por la banqueta y de pronto se desató una tempestad. Las gotas grandes y redondas laceraban su piel. Una extraña agua blanca, pesada, la cegó. Sin otra alternativa, se detuvo esperando que lo peor de la tormenta pasara para ir a buscar algún alerón donde refugiarse. Pero en ese instante empezó a acumularse a su derredor algo que no era agua sino pastillas. Se le fueron subiendo por las piernas hasta que no pudo moverse. Le subieron por los hombros, el cuello, sólo podía sacar la nariz estirándose mucho entre la pila de cápsulas. Al fin la cubrieron por completo. El corazón comenzó a latirle aceleradamente, las sienes le estallaban. Se ahogaba. Una ráfaga roja le atravesó los ojos.

Se incorporó de un saltó, temblando, sin aire y empapada en sudor. Tomó un vaso con agua y ya no quiso volver a dormirse por miedo.

Por la tarde, sentada a la mesa en casa de Gladys, oía como a través de un túnel la animada conversación de sus amigas. “La situación está traumante, corrupción, matanzas, hambre. Es un caos. No arriesgues tus dolaritos. El país está quebrado”.

Observó la mesa elegantemente dispuesta con un hermoso arreglo de orquídeas blancas entre candelabros de cristal donde vacilaba la llama de las velas reflejándose multiplicadas. Rodeando el arreglo, en charolas de plata, jamones enteros rodeados de rebanadas de piña, champiñones con crema, crepas de pollo, ensalada de manzana, pasteles y pasteles, vino y más vino. Dedos resplandecientes de diamantes con uñas largas y esmaltadas haciendo viajes interminables de la mesa a la boca, tomando y engullendo, engullendo y parloteando… “sí, el hambre está a la vuelta de cada esquina, me trauma la cantidad de personas que no tienen dinero ni para comer, esto va en aumento…” “Oye, y los impuestos que ya…”

(¿Por qué ellas no engordan? Tan finas, tan elegantes y estilizadas. Tan preocupadas por los humildes. Y yo, con mi agua mineral pensando sólo en mí misma).

Siente la boca amarga. El recuerdo de la pesadilla corroe su mente. Ningún deseo de comer la aflige. Siente lasitud y un vacío húmedo. De pronto encima de su cabeza un montón de bocas pintadas abriéndose y cerrándose sin emitir sonido alguno. Una ola densa de perfumes mezclados.

—Te desmayaste, querida. Es que comes demasiado. Y con este calor…

Sintió vergüenza. Tenía muchos años de sentir sólo vergüenza. Ni siquiera recordaba si alguna vez experimentó otro estado de ánimo que no fuera el deseo de ocultarse. Ingenuamente se escondía bajo montañas de tela con la esperanza de que la gente pensara que los vestidos eran los voluminosos. A sus mejores amigas no les comunicó su nuevo intento de adelgazar. A nadie le dijo nada. Sonrió incómoda, tensa. Tenía que salir de ahí.

“Los naturistas de Canoas —escuchó confusamente— te meten en un pozo y te cubren hasta el cuello con tierra, dejando fuera sólo tu cabeza por varios días. De comer te dan agua nada más…” Recogió su bolso y salió casi corriendo. “Eso sí es efectivo, comentó alguien a lo lejos.

 (¿Cuál fue la dieta que me hizo adelgazar la última vez? —piensa mientras conduce de regreso a casa —. Creo que fue la del doctor Efrén, aquel prieto enjuto infartado y tan talludo, hace quince años. ¡Vaya, si bajé veintisiete kilos!).

Llegó a su casa sin resuello. Frustrada. Aventó los zapatos. El vestido. Al quitarse la faja suspiró. La carne brincó para acomodarse a su gusto, sin apretujamiento, rollona, en su lugar de costumbre. Se desabrochó el brasier. Los senos enormes cayeron pesadamente, aliviados, temblorosos. Se cubrió con una bata de algodón como carpa de circo.

(No se cubre uno por decente —pensó).

Recordó lo de Canoas.

(Como los de la acupuntura —se dijo —, ensartándote las agujas en la oreja dizque por parecerse a un feto al revés. Picándote la parte que corresponde al supuesto estómago para inhibir el hambre, y en vez de eso los dolores de cabeza y las ganas de comer aumentando. A lo mejor me falta fe. ¿Y si rezo la novena del Espíritu Santo? Fe debí tenerle al doctor del péndulo, que me vendía los cassettes subliminales con la frase recurrente: “Estoy flaca, estoy muy flaca, tengo anorexia”. Qué chistosa consulta, meneando el péndulo para enseguida menear la cabeza como diciendo que sí muy fuerte. Apuntaba los síntomas en la hoja clínica y te endilgaba una dieta de vegetales crudos con salvado, germen de trigo, polen de abeja reina, tisanas, yogurt y ya, eliminando la sal por completo. Además, inyecciones clavadas directamente en la tiroides, de novocaína, para adormecer el hambre con la relajación que te producen).

Se acostó recargando su atormentada humanidad en un montón de almohadas. El miedo no la abandonaba. Mentalmente repaso sus vestidos de hacía veinticinco kilos. Sonrió. Tiene a la esperanza bien agarrada.

(Ahora sí, no como ese tratamiento con aminoácidos en que me inscribí el mes pasado, inyección diaria de nada, puesta con una mano como engrapadora… fugaz piquete.. de ilusiones  —su pensamiento a punto de perderse en el sueño— venía costando como… quinientos pesos… el gra…mo de exquisitos chocolates que ahora saborea en el estanquillo del parque frente a su casa y ella, increíblemente delgada con su vestido recto pegado a las caderas, ese de gran escote, que le permitía lucir la línea delicada de sus hombros.


Foto: Merve Aydin

Nancy Murillo

Bruja blanca siempre rodeada de espíritus, Nancy Murillo nació para ser escritora aunque no publica con regularidad.

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