Nurio: la dimensión de lo perdido IV12 min de lectura

Raúl López Téllez

Sin un censo real que determine su situación física y el estado de sus artesones, así han sobrevivido los inmuebles religiosos con estas características y que datan desde el siglo XVII hasta el XVIII. Entre las visiones utilitaristas que los conciben como atractivo turístico, en el caso de algunos que han sido o están siendo restaurados, lo cierto es que forman parte de un patrimonio en riesgo que requiere atenderse y estudiarse, de acuerdo con los historiadores entrevistados por el-artefacto, quienes convocan a un esfuerzo al lado de las comunidades, investigadores e instituciones.

-¿Qué tan investigado está el tema?

“Muy poco”, señala Juana Martínez Villa. Remite al libro de Gloria Álvarez Rodríguez, Artesones michoacanos, “esta es como la obra general, digamos, pionera, además de la de Manuel González Galván”, quien, agrega Sánchez Reyna, “allá por 1978, dio a conocer Zacán, Tupátaro, en su libro Arte virreinal de Michoacán; anteriormente, en una historia sucinta de Michoacán, el sacerdote José Bravo Ugarte, que era moreliano, también ya da a conocer algunos de los artesones”.

-¿Hay un censo sobre los artesonados en Michoacán?

Sánchez Reyna remite al texto de Gloria Álvarez Rodríguez, quien a cargo de Monumentos en la entonces Secretaría de Desarrollo Social, (Sedesol), en el gobierno de Víctor Manuel Tinoco Rubí, realizó el estudio, “un libro muy técnico, pero por lo menos nos ubica en lo que hay, no se mete mucho en el estudio del arte, sino de las estructuras de los templos, que le tocó venir a revisar por el sismo del año 1985”.

Hay otro libro, “de los que hace cada año El Colegio de Michoacán para el gobernador, Manos Michoacanas, y ahí viene un texto del arquitecto Manuel González Galván, ´Del alfarje al artesonado´, él se metió mucho en la terminología, por ejemplo, cada artesón es distinto, pero el de Santa María Huiramangaro, que está cubierto de cal, es plano completamente; entiendo que restauraron el retablo y fue Adopta una Obra de Arte”.

“Son una gran cantidad de techumbres”, dice en términos generales Sánchez Reyna, quien alude a la necesidad de rescatarlos, tarea en la que los recursos privados han sido determinantes en conjunto con acciones en materia turística, con la participación del patronato Adopte una Obra de Arte. El primer artesón restaurado fue el de Tupátaro, en 1992, de un conjunto de ocho inmuebles hasta ahora intervenidos desde finales del Siglo XX, con trabajos en desarrollo en el retablo de Santa María Huiramangaro, no así en su artesón.

En Nurio, se restauraron el templo y la capilla; sus techados, que eran cubierta de tejamanil. “Adopte una Obra de Arte sustituyó el de la Capilla por tejas y se le quedó la encomienda a la comunidad indígena de que ellos pudiesen resolver lo de una techumbre más adecuada. En mi impresión, la estructura del templo que era inmensa, la cimentación, los muros, si hubiese aguantado teja, eran unas vigas tremendas, pero lo fueron dejando, como desidia.”

“Quedan artesones en Quinceo, de gran formato, la Capilla de la Inmaculada Concepción en San Lorenzo, Santa María Huiramangaro y Naranja, además en la Cañada de los Once Pueblos, Huancito, con el artesón muy dañado por humedades, por escurrimientos de las techumbres”. Otros artesones deteriorados por humedades, añade, son los de Quinceo -con un 50 por ciento de afectación-, y Zacán.

Fotos: Ramón Sánchez Reyna, Pomacuarán / Huancito, 2006

Conjuntamente con las acciones desarrolladas, agrega Sánchez Reyna, “se generaron dos libros, siempre teniendo la asesoría de González Galván, un especialista en restauración. El gran papel de Adopte una Obra de Arte es conseguir recursos con empresarios, deducibles de impuestos, y obligan al gobierno a que aporte, lo que nunca han hecho por su propia voluntad como instituciones que les compete. Y tenemos en México mucho arte, desde el prehispánico hasta el actual, y no hay presupuesto que alcance, son obras costosas, y ha habido buen diálogo con el INAH, desde los permisos que se dan desde el centro, para no tener que estar negociando acá en los locales”.

Antonio Ruiz Caballero, quien realizó estudios sobre los artesones de Naranja de Tapia y de Nurio, señala que “la parte de Nurio la publiqué como artículo, en un libro, De música y cultura en la Nueva España, publicado por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, pero ahora, a raíz de lo que sucedió, me estoy planteando la posibilidad de publicar el estudio completo, porque finalmente son dos techumbres que están en la misma región y que forman parte de un mismo entramado, una misma parroquia, por lo tanto hay una correspondencia entre ellas, y siendo perteneciente a Nurio, siento que la de San Bartolomé en Cocucho, es un resultado, finalmente cada comunidad indígena va buscando la manera de tener un templo mejor, de realzar su importancia ante las demás, por eso creo que sería conveniente en este contexto, lamentablemente es a raíz de un acontecimiento así”.

Sánchez Reyna apunta que Ruiz Caballero, “ha hecho ya el estudio y la identificación de casi todas las imágenes, son alrededor de unas 70 imágenes de santas y santos de la Iglesia”.

El desdén, de clérigos a ingenieros

En el archivo de la Casa Natal de Morelos, señala el catedrático, se encuentra un cúmulo de informes para rastrear la existencia de los artesones en informes de clérigos, aunque éstos ya los observaban con discriminación hacia lo indígena.

“No siempre podía salir el obispo, algunos se iban a descansar a Charo, otros a Pátzcuaro o por enfermedad, pero mandaban a su representante a hacer la inspección constante del Obispado y que hablan desde cómo es el camino, de herradura, a qué distancia de las poblaciones los reciben con música, con danza, como visten o como está vestida la población (…), te van hablando de todas estas estructuras, te dicen, hay artesón, piso de madera, pero hablan ya de cierto deterioro y por el paso del tiempo, hablan también en esas descripciones de cierto desprecio, porque no les agradan. Dicen ´son de pincel pobre´; aquí mismo, cuando se empezó a poner atención a Tupátaro, me acuerdo que le preguntaron a un ingeniero: ´qué significa el arte de Tupátaro? Ah, es el arte popular, lo malechito por los indios´. No lo entiendo. Es un ingeniero, no es un historiador del arte, pero está muy equivocado”, apunta el especialista.

Foto: Ramón Sánchez Reyna, Cocucho, 2006

Ruiz Caballero llama la atención a que los inmuebles sean vistos estrictamente como obras de arte, término con “una valoración muy cercana a nosotros, que surge como tal en el Siglo XVIII, como si el arte estuviera alejado de la cultura; no quiere decir que con los artesones no surja la experiencia estética, pero es mucho más importante la experiencia religiosa para la cual están hechos, o sea son artefactos que tienen una función específica, puede ser didáctica, devocional, contemplativa, pero que no están pensados como una obra de arte como la concebimos ahora para ponerla en un museo”. 

El caso de los artesones es único en Michoacán, apunta Sánchez Reyna. “De los poquísimos templos de esta naturaleza que no están en Michoacán, tenemos noticia de uno que ubicó el arquitecto Manuel González Galván en el Valle de Toluca, pintado muy a la manera de Tupátaro, en una población posiblemente otomí o hasta matlazinca, Villa Allende; y luego Santa María Acapulco en Nayarit, que hace alrededor de unos diez años se quemó la capilla con artesón como las nuestras, se acabó todo, artesón y retablos”.

En otros estados y en el municipio de Tlapujahua, en Michoacán, dice, hay otros modelos que asemejan a los artesones, aunque, dice Sánchez Reyna, “no con la misma riqueza ornamental” de las que existen en la entidad. “Hay otros entramados, estilo mudéjar, de reminiscencia árabe, como en San Cristóbal de las Casas (Chiapas), en la catedral de Cuernavaca, en la de Tlaxcala, pero acá son casos únicos”.

En Sudamérica, dicen, “hay artesonados similares, en Perú hay uno similar al de Tupátaro”.

Sánchez Reyna plantea que el legado del arte religioso debe cuidarse, mantenerse, de lo contrario, afirma, puede propiciarse su pérdida, como afirma que ya ocurrió con los retablos en la misma Catedral de Morelia, “si nada más tenía 20 retablos laterales, más el coro al centro de la nave, y todos los demás templos y capillas, y nos quedaron solamente seis, yo calcularía unos 120 ya perdidos”. En Pátzcuaro, “sólo se conserva un retablo virreinal, ahí en la capillita del Sagrario; eso fue por las modas y esto se salvó de esas modas, no que no haya habido intervenciones” y rememora el templo de Aranza, donde en contra de la teoría que ubica en fin del Barroco en 1750, “hay un retablito barroco que tiene dos anotaciones: Se hizo este retablo en 1816 siendo cura fulano de tal; se doró este retablo en el año de 1830. Todavía la Sierra está haciendo arte barroco en 1816-30 y esto es de celebrar, que Michoacán conserve estas capillas”.

Fotos: Antonio Ruiz Caballero, Naranja

A la búsqueda de diálogo y soluciones

Para Antonio Ruiz Caballero, “ahorita hemos hablado de acciones, pero no sé si en un momento dado esto se tendría que convertir más bien en un programa y que este programa tuviera que ser por fuerza interinstitucional, o sea creo que tendríamos que entrar en diálogo todos, todos tenemos que asumir una responsabilidad, quienes estamos desde el mundo académico de repente vamos, hacemos una investigación y nunca regresamos a comunicar ni siquiera los resultados de esa investigación, por esa razón es que nos sentimos responsables de ese patrimonio y creo que se trata de eso, de si hay que hacer un tipo de llamado es a que nos articulemos y veamos la manera de que surja un programa para este tipo de patrimonios que tienen las mismas características, techumbres de madera que están expuestos a los mismos peligros y que creo tiene que ser así, desde las instituciones, incluyendo a la Iglesia, y con las comunidades, porque no se puede sin el diálogo permanente con ellas”.

-¿Cómo harán el exhorto, buscar el diálogo interinstitucional, en qué sentido lo harían?

“La maestra Teresa Martínez Peñaloza siempre diferenciaba tres cosas: hay que cuidar conceptos que luego es muy difícil definirlos, preservar, que es el crear leyes, lineamientos; conservar, y difundir, y en este caso serían las propias comunidades las que difunden con orgullo su patrimonio”, señala Sánchez Reyna.

-¿Creen que exista un ambiente receptivo para que esta propuesta se concrete?

“En cuestiones de restauración se dan muchas contradicciones, no hay una determinación única. Por ejemplo, hay quien prefiere ir a solicitar sus permisos de restauración directamente a la Dirección de Monumentos del INAH, porque se vuelve una traba en los estados. Si alguien lee estas apreciaciones, esperaríamos que nos buscasen, de lo contrario nosotros veremos la forma de organizar y convocar a quienes tendríamos que hacerlo”, dice, con la confianza de que Adopte una Obra de Arte “seguirá participando en este rescate y conservación del patrimonio de Michoacán”.

Ruiz Caballero destaca que hay sensibilidad sobre el tema, “a mucha gente nos duele lo que sucedió y nos preocupa lo que puede suceder en caso de que no se intervenga en otros lugares, yo espero que estemos sensibles todos, el mundo académico, las comunidades. Es interesante la pregunta de Ramón, ¿quién va a tomar la iniciativa?, pero como investigador del arte, no sé si a mi me corresponde convocar, ahí el llamado es a que las instituciones se pongan de acuerdo, en primer lugar, y en segundo lugar que haya una convocatoria incluyente, con la participación de las comunidades, de quienes hemos estado investigando este patrimonio y desde luego la sociedad, que es depositaria de estos patrimonios, una unidad generosa, en el sentido de que no tenemos que competir entre nosotros, sino ocuparnos en qué debemos hacer”.

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