Primavera, domingo y buenas noches6 min de lectura

Caliche Caroma

El domingo 18 de abril, del segundo año de la pandemia (2021), la música sonó en una de las panaderías Ortiz, específicamente en la que se encuentra en la calle Ocampo #1275, colonia Felicitas del Río, Morelia, Michoacán, donde Lupita Ortiz es la mera-mera. Melodías domingueras para olvidar las politiquerías, los hospitales y las crisis existenciales, aunque sea por un ratito. Concierto de Primavera fue el nombre que le puso el organizador, gestor cultural y cantautor, fanfarrias y albricias, Beto León; él solito se echó el paquete a la espalda, cual Pípila con guitarra electroacústica. Un sunday very musical, pues el encierro ya chole.  

El cartel de lujo, los nombres en marquesina: Valeria Valentina y Cupatitzio, Colectivo Las, Riosentí y el hombre de la noche, Beto León. En las chelas, Obed Ortiz, al tiro con las bebidas espirituosas y el cafecito para los abstemios (“qué agradable sujeto”). En un aforo reducido, menos de dos mil personas, todos con guantes de seda y cubrebocas folk, el ambiente fue mágico musical, como rezaba una de las canciones de nuestro Bob Dylan michoacano, acá Mario Carranza, alias El Cupatitzio. Sin olvidar el impecable trabajo sonoro que realizó el también músico Tomás de la Torre (Grupo Gabán). Mejor equipo, imposible.

Beto León

El primero en cantarle a la noche fue el mismísimo Beto León, quien se aventó unas rolas dedicadas a la memoria de los que ya no están físicamente, pero viven en las canciones de este compa que ahora trae la greña larga y es todo dulzura, casi le da a uno diabetes nomás de escucharlo. Sonaron cuatro balazos y los temas: “Con tu nombre de flor”, “El pájaro azul” y “Agradecido con el de arriba”, cover de los Inquietos del Norte (nocierto-sicierto), entre otros. La neta es que puso nostálgico a más de uno, en esos acordes se asoman las sonrisas de las madres y las abuelas, de los difuntos que se emocionan con estas memorias cantadas.  

La segunda participación corrió a cargo de Valeria Valentina y Cupatitzio (léase Valeria Valentina y les Galáctiques del Tropifolk). Comenzó ella sola, con su maravilloso outfit, luego se subió su compañero musical para acompañarla en el cajón, las famosas “puercusiones”. Vale, de cariño, se vino a vivir a la ciudad de la cantera rosa y los asaltos chidos, y en sus temas musicales se retrata un poco de esa emoción que la chilangomoreliana siente por su nuevo terruño, Morelia de mis amores (y terrores). Sobresalió su tema a modo de pirekua (las favoritas de los pireris), “Alma mía”. Al final, la Vale dejó al Cupatitzio solito en el escenario y éste no se rajó, ni macho ni mocho, le salió lo Juan Cirerol, por aquello de las comparaciones y el cateto sin hipotenusa. Cámara, sí pues.

Cupatitzio y Valeria Valentina

Valeria Valentina

La tercera no es la vencida. Riosentí es un dueto, sí, pero cuando se les escucha con atención, como corresponde a la bella música, pareciera que una orquesta celestial interpretara el mejor de sus éxitos: el amor por la existencia. Él, Josué, moreliano, ella, Aline, argentina. Su hijo se llama Alué. Viven, a medias, en Alemania, aunque ahora no saben bien qué hacer, a dónde ir, si quedarse o volver a viajar, son nómadas por naturaleza, sus raíces están el aire limpio de la montaña, en el agua clara del río que es uno y todos los ríos. Tocan sus canciones suyas de sí, con influencias de la world music, el son jarocho, el tango, el bolero… Buscan una certeza y Beto León les ofrece una cerveza. ¿Explicar lo que sonó ese domingo 18? Cerquita de lo inefable, como el olor de las primeras lluvias en la tierra tatemada por el sol, como el matrimonio de la jarana y el requinto jarocho, como una canción para cariño. Sonaron e hipnotizaron, un fauno y una sirena tocando a la primavera, Riosentí.  

Riosentí

Riosentí

Por último, broche de oro en la cintura de la luna, el talento hecho mujer: Colectivo Las. Cuatro carnalas con los apellidos Mejía Almonte, a mucha honra, costeñitas no son, pero tienen más sabor que el coco con ginebra. Erandi, Marisol, Ireri y Yunuén, en orden de aparición (en el mundo). Con cumbias y sones alegraron los corazones, es que la rima fácil es un recurso nemotécnico para adornar el momento y contar los conciertos de domingos inolvidables que organizan los betoleones. Estas morras, Colectivo Las, componen, cantan, bailan, dicen buenos chistes, improvisan, percuten, y lo hacen con tal naturalidad que pareciera una cosa de niños, de niñas que juegan y se divierten, lo lúdico también es serio, la pericia acaricia la perfección, le hace cosquillas, contagian al público y el público pide otra y, ¿por qué no?, se toca la otra. El tambor hembra hecho de pedacitos de madera suena, redobles de sorpresa, sincopada despedida. No hubo telón, por eso no se bajó.

Aplausos, felicitaciones, las fotografías del recuerdo. Son casi las doce, once y media de la noche (la exactitud viaja en Uber), ya van sirviendo la cena, porque los músicos también comen, se alimentan de taquitos de esperanza, ese Josué está muy flaco, llénenle el plato, casi se acaban las Victorias, los abrazos, las frases que celebran los encuentros: “un gusto, no conocía tus canciones” o “¿cuánto cuestan tus discos? o “díganle al gordito que se la pasó hablando que pague lo que debe”. Eso fue lo que más o menos sucedió el fin de semana que ya se lee a la distancia, en el pretérito de la memoria. Tan-tán.  

Colectivo Las

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