Ciudad de palomas4 min de lectura

Cuatro palomas
vuelan y tornan.
Llevan heridas
sus cuatro sombras.
Federico García Lorca

Texto: Caliche Caroma
Foto: Wendy Rufino

El gorjeo no sólo se escucha en el Centro Histórico de la ciudad de Morelia, las palomas han ido conquistando de poco a mucho las colonias de la capital michoacana, la gente se ha acostumbrado al zureo de estas aves, junto a los sastrecillos y los pinzones van las palomas volando alto, pero también caminan en las banquetas para encontrar migajas de lo que sea.

Historiadores y cronistas ultraconservadores han exigido que pongan mallas en los edificios vallisoletanos, en el interior de sus corazones de piedra desean con urgencia que se siga el ejemplo de San Miguel de Allende, Guanajuato, en donde no sólo tienen estas trampas-protecciones, a las esculturas y monumentos les han puesto una especie de clavos en la parte superior para evitar que las colúmbidas se paren y/o hagan sus necesidades encima del patrimonio histriónico (sí, demasiada teatralidad).

Las palomas habitan las plazas y jardines de Morelia, ellas también forman parte del patrimonio de la humanidad. Tienen algunos amigos humanos que les llevan restos de pan para almorzar o merendar, la comida, a la hora más dura del sol, corre por su cuenta. La pandemia ha cerrado las plazas, los amigos de las palomas no están por ahora, ¿qué comen las palomas?, ¿cuántas de ellas se han muerto de hambre? Y la oscura ave ruega a los cielos: “Dios dame fuerzas, me estoy muriendo”.

Los enemigos de las palomas son muchos, chamacos malignos con resorteras que les tiran a matar, gordos señores con escopeta, viejas solteronas que las envenenan, los agrios defensores de la cantera rosa y los terribles cables de alta tensión que les queman sus deditos y por eso es común encontrarlas cojas, caminando con ese cachondeo tan ridículo y doloroso, el pico destrozado por alguna rencilla o rendija por el que asoman su curiosidad, luego el dolor, el sufrimiento de una paloma que, aunque no lo crean, llora.

Ratas con alas, así les dicen algunas personas a las palomas, las tachan de tontas y animales sucios, dicen que afean el paisaje, que son una plaga y otros infundios. Pero hay que saber distinguirlas, no todas son iguales, en el detalle se encuentra el oro, la diferencia. Las hay mensajeras, las favoritas de los colombofílicos, blancas como la anhelada paz, asiáticas, negras imaginarias, las que se equivocan (Rafael Alberti), palomas huilotas, domésticas, San Basilio, etcéteras. Sólo por arrojar algunas boronas de la diversidad que se encuentra en la colombicultura.

¡Ay, palomas de mis recuerdos! Porque los amaneceres de octubre, en esta urbe de tristes torres, se alegran con el vuelo redondo de las aves tornasoladas: “Si a tu ventana llega una paloma / Trátala con cariño que es mi persona / Cuéntale tus amores bien de mi vida”, así canta Eugenia León. Y canciones de palomas hay un montón, poemas y oráculos, cartas, pinturas, amoríos secretos en las azoteas. Dejemos pues que las palomas vuelen tranquilas, mientras la tarde cierra sus ojos anaranjados y unas alas se extienden en despedida. Vuela, vuela, palomita mía.

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