El animal que anda suelto6 min de lectura

Raúl López Téllez

Uno

“Doña Carmen, la va a morder el animal que anda suelto”, le dice un hombre a la conocida que se topa al dar la vuelta en la esquina de Allende y Nigromante.

“¡¡Que me muerda, que me muerda!!”, responde la mujer mientras intenta un baile, para seguir su camino entre risas.

Dos

El 28 de febrero se reporta el primer caso de COVID-19 en México. En marzo Michoacán entra en el escenario nacional de la pandemia y en abril se registran los primeros fallecimientos.

Los primeros focos rojos para algunos ciudadanos son constatar la carencia de cubrebocas y gel antibacterial. Para otros, es anteponer la sobrevivencia misma, al no poder acatar el llamado de permanecer en casa. Ni lo harán.

A la caída del empleo formal, que consigna el Colegio de Economistas de Michoacán como uno de los primeros efectos de la infección viral, sobresale que más del 50 por ciento de la Población Económicamente Activa en el estado se encuentra en el sector informal, es decir, en la venta y la ganancia del día a día.

Tres

“Lo que pasa es que el virus ya mutó, por eso los antibióticos no le hacen nada”, explica un mecánico al caer la tarde en un fraccionamiento de la zona conurbada de Tarímbaro.

Lo escuchan tres de sus clientes, chóferes de taxi, cada uno con una cerveza en la mano.

“Hay que cuidarse y mientras tanto, ¡saluuud!”, remata el informante para anticipar un laaaargo trago de la lata.

Cuatro

Los portales en la web se saturan de titulares que llaman la atención sobre famosos, políticos y de la farándula (vaya pleonasmo), que se contagian por el COVID-19, al lado de la estadística diaria con las cifras de muertes y contagiados anónimos que alimentan el miedo, la zozobra, mientras que nadie parece tomarse la molestia de indagar, comprobar, si las medidas que se anuncian como preventivas por diversos sectores son ciertas. Uno de ellos es el transporte público, cuyos líderes y algunos choferes dicen que se inició la sanitización de las unidades, cuando basta subirse en cualquier unidad y comprobar que en éstas el polvo y la mugre siguen siendo parte del escenario habitual, amén de la higiene en duda de los conductores. O los tianguis que alientan las mismas autoridades estatales, hasta el tope en cientos de colonias morelianas y como seguramente sucede en todos los municipios de la entidad, donde tal vez –como ocurre en las antiguas instalaciones de la Expo Feria-, solo un surtidor minúsculo de gel con un letrerito invita a “protegerse” antes de fundirse con la muchedumbre.

Cinco

“Ni modo, hay que arriesgarse, ni modo que no trabajemos”, es la frase que desde los primeros días de una cuarentena medianamente acatada, se escucha por aquí y por allá. En los mercados hasta el tope, en las combis saturadas, en comercios medianos y pequeños (los que no han cerrado), la dinámica de la sobrevivencia diaria rebasa fácilmente el escenario del riesgo.

Seis   

Las escuelas se vacían, cierran los cines, plazas comerciales, el Zoológico, algunos negocios bajaron la cortina (que además aprovechan para despedir a sus trabajadores), otros se despiden momentáneamente de la escena donde han desaparecido previamente los comensales.

Los gobiernos federal y estatal anuncian algunos apoyos, otros dicen que no hay reglas claras y en el Hospital Civil casi 600 pasantes de Medicina se manifiestan en paro ante la insuficiencia de insumos para enfrentar el combate a la pandemia. Otra queja: En comunidades y pueblos indígenas no hay ninguna estrategia para enfrentar al animal que anda suelto.

La gente se encierra, aunque no toda. “Ni modo que no trabajemos”, es la actitud que anima el poco bullicio y la marcha de este reloj de aparentes horas muertas.

Siete

“De algo nos hemos de morir, eso sí, ya vez que en años pasados que la influenza, que la chicunguya, y aquí andamos”: una anciana que platica con otra en el trasporte público.

Ocho   

Todo se vuelve virtual. Los comensales que desparecieron presencialmente son llamados en las redes. El gobierno diseña despensas para, en unión de taxistas, llevar los paquetes a domicilio, donde algunas usuarias se quejan: “llegan incompletas” o hacen preguntas que se antojan fuera de lugar (¿qué está en su lugar?): “de qué marca son los productos”.

Bares, antros, centros botaneros, torterías, pizzerías, se ostentan en el Facebook con sus cartas y sus precios insultantes –ah, miento, ¡¡¡hay un 10 por ciento de descuento!!!-, para una realidad lejos de bacanales y altos salarios, el costo para esconder un miedo en nombre de una “normalidad” que ya se fue, que ya no existe.

La Secretaría de Cultura “inventa” la presencia virtual de “actividades”, que más parecen de la Secretaría de Turismo o apuntan a un viajante recién llegado a estas tierras: Transmisiones sobre los recintos culturales, galerías, museos –en los que bajo esta modalidad “reinaugura” exposiciones, como la de Gerardo Suter que se expone en Clavijero-, lecturas de libros, entrevistas con directores de cine o montajes teatrales pasan por este esquema, el cual también sigue su homóloga del Ayuntamiento, donde bailes, danzas, conciertos y conferencias se replican ante un auditorio incierto.

Nueve

A 14 días del mes de abril, la versión oficial se torna amenazante: anuncian retenciones de ciudadanos que no acaten andar en la calle. Hay detenciones de enfiestados y bailadores del Torito. Sin un esquema claro, el mensaje es contradictorio, se habla de centros para retener a los infractores e igual se dice que harán trabajo comunitario: ¿no que los quieren confinados? La Universidad Michoacana, como lo hizo antes la UNAM, anuncia el retiro de sus pasantes del área de la Salud ante las condiciones de riesgo que enfrentan al no contar con insumos y garantías de seguridad.

El huésped de la Casa de Gobierno, Silvano Aureoles Conejo, se envalentona y dice que la gente no entiende, sigue en la calle. Se le olvida la cifra de esa mayoría de habitantes en el estado -en edad “productiva”, dice la retórica de los economistas-, que tienen que salir a vender, a levantar el puesto de comida, los locales en los mercados, de chácharas, los ambulantes que incluyen a los músicos callejeros, los que trabajan en recoger la basura o a pepenar en ella. Sin guantes, sin cubrebocas, como los médicos que protestaron.   

Notas relacionadas

Danos tu opinión: