El periodismo transformado8 min de lectura

David Ramos Castro

Ha sido editado recientemente el libro Papel envuelve roca. Semblanza en claroscuro de Juan Luis Cebrián, escrito por el periodista y doctor en sociología Rafael Fraguas de Pablo, con quien publicaremos una entrevista en la próxima entrega de Intempestivos. La edición ha corrido a cargo de Dado Ediciones, la cual se define a sí misma como “una micro-editorial interesada en publicar libros inéditos de carácter científico-social con una clara vocación política, aunque no sea de intervención directa ni de demostración militante”. Esta exclusión de la militancia, dicho sea de paso, es tanto más de agradecer cuanto más agresiva se ha tornado en el panorama sociopolítico y cultural de nuestros días, que suele identificar militancia y compromiso, cuando no fanatismo y pensamiento. El libro que aquí comento y al que la editorial le ha consagrado una edición cuidada y elegante, es sin embargo un ejemplo de todo lo contrario. Sus páginas, de formato y fuente agradables a la lectura, están embebidas por un tenor intelectual cada vez más insólito en el periodismo español, que restituye al periodista como un autor legítimo y necesario en la cohorte del pensamiento. Así, el periodista y sociólogo que firma Papel envuelve roca, allende sus anclajes ideológicos -situados en la izquierda- hace gala de un temperamento reflexivo que dota su obra de una innegable valía interpretativa.

Para quien no lo sepa, Juan Luis Cebrián fue el director del periódico El País -hoy también presente en México con una edición propia- entre los años 1977 y 1988. El País, que había sido fundado en Madrid gracias al inestimable emprendimiento de José Ortega Spottorno, hijo del filósofo José Ortega y Gasset, se vio pronto abocado a desempeñar una influencia de enorme calado en la regeneración política española y el periodo de transición -hoy muy cuestionado- hacia la democracia. Ese protagonismo del periódico es abordado en el libro por medio de la figura señera de su antiguo director, el cual posteriormente permanecería ligado a cargos ejecutivos del grupo editor PRISA. A pesar de lo que reza el subtítulo, más que una semblanza en claroscuro de dicho personaje, lo que traza el libro es un retrato en claroscuro del devenir de un país y de la situación del mundo global, vistos ambos desde el tragaluz de la información periodística.

Con todo, la obra comienza realmente con una semblanza del personaje que, lejos de limitarse al simple aderezo ornamental, le da acceso a una profundidad a la que no se podría llegar de ninguna otra forma. Así pues, la prosopografía y la etopeya que el autor dedica a Cebrián no solo se nutre de la experiencia de quien fue durante años un periodista de El País a su cargo -dotándolas, así, de veracidad-, sino que libera en muchos casos un gusto propio de la descripción etnográfica, que da al contenido del libro un valor suplementario. En este sentido, la obra puede ser leída como un recorrido de casi medio siglo de sociedad y cultura españolas a través del recurso metodológico de un personaje de visible relevancia, pero también puede leerse en ella un testimonio protagonizado a la sordina por muchos otros periodistas -incluido el autor- que, aunque menos visibles, vivieron en primera persona todos los cambios que el libro describe. En cualesquiera de ambas lecturas, el libro registra datos de gran valor semántico, que nos dejan ver los significados implícitos en una transformación como la de El País, tanto en el contexto local español como en el panorama global de la mundialización capitalista.

Foto: European People’s Party

Dadas las características del libro, la figura de Juan Luis Cebrián opera en él como una suerte de ideal-tipo weberiano, merced a la condensación simbólica que su personaje ofrece en esos dos niveles (local y global). Pero hablar de ideal-tipo implica referirse a las unidades metafóricas que posibilitan que el símbolo típico pueda expresarse y ser comprendido. En este sentido, cada capítulo del libro y cada recuerdo que el autor esgrime en torno a sus experiencias durante décadas en la redacción del periódico, constituyen un vislumbre metafórico sobre la evolución de El País y sobre su papel en el desarrollo de la democracia española, algo que el propio autor reconoce: “Los hechos mostraban la estrecha vinculación de las vicisitudes por las que atravesaba España, con la proyección y la vida interior en el diario de las cuales, en ocasiones, parecía ser su metáfora”(p. 209). Precisamente, en aquella encarnación de la vida pública en las páginas del periódico, el autor identifica los rasgos de una idiosincrasia hispana que, bajo expresiones metafóricas como la de “parlamento de papel”, manifestó su tendencia a dotar al periódico y al periodismo de responsabilidades que estos no tenían. En la línea de esas exageradas atribuciones, el autor critica la actitud que, a la sazón, adoptaron muchos intelectuales, quienes “se durmieron en los laureles y aceptaron abdicar de las funciones que, tradicionalmente y como tales intelectuales, se les asignaba en la explicación de lo venido o lo por venir” (p.232).

A partir de la referencia a la redacción como enclave simbólico, abundan en el libro reflexiones que el autor extrae de su experiencia profesional en ella y en la que nos deja perspicaces observaciones sobre algunos cambios en la cotidianidad periodística. Uno de ellos supuso la parálisis del periodista callejero en busca de la noticia y su reemplazo por un redactor que, encajado en su mesa, aprovechaba la fácil llegada de una marea de informaciones. Resulta difícil no ver similitudes con la situación actual, caracterizada por una pesca constante en el río revuelto de internet y las redes sociales, y una desertización progresiva de la calle como espacio metafórico prioritario del oficio periodístico. El florecimiento de los bulos y el descrédito en el contenido de las informaciones, junto con otros síntomas de la enfermedad comunicativa que padecemos, son el resultado particular de un proceso de desmantelamiento cultural que el autor sitúa a partir de tres ejes: un eje geoestratégico, un eje ético y un eje científico. Las correspondencias históricas de cada uno de ellos, a su juicio, están representadas por la eliminación del contrapeso comunista, el símbolo del Holocausto nazi y la lingüísitca como “equilibrador humanístico con las disciplinas empíricas” (p.292). Si bien parece discutible el rol humanístico de la lingüística -cuyo acercamiento a los lenguajes naturales no deja de ser el propio de la instrumentalidad- estoy de acuerdo con que el poder supletorio -y catastrófico- que ha traído la tecnociencia y la mistificación de su modelo de expertos “allanan el camino hacia la irrelevancia del pensar” (p.293).

Sede de El País en la calle Miguel Yuste de Madrid. Foto: Daniel Lobo

A resultas de ese camino, hoy el descrédito de la palabra resulta evidente y sus consecuencias fatídicas. El libro también penetra en ese terreno, desde los recuerdos del autor sobre el desembarco tecnológico en las redacciones y el cambio de paradigma que tal abordaje supuso en el campo informativo. Con posterioridad a la implantación de la tecnología como paradigma hegemónico, “surgiría una carrera entre los distintos grupos mediáticos en fase de consolidación, en la que se daba por condenado al último que llegara”(p.300). En resumen, se acentuaban los intereses financieros, el poder de los expertos, el evangelio tecnológico y las promesas de competitividad y beneficio. Todo ello a expensas del desprecio por el trabajo y el sentido de una labor que parecía haber dejado de ser patrimonio de lo social. Si la aventura de El País había comenzado como “la expresión particular de un deseo colectivo” -adscrito inicialmente al caso español pero extrapolable luego a la situación del periodismo en muchos otros países- su función de contrapoder se mostraba hoy en la práctica como “una forma muy semejante a la de un bello recuerdo”. 


Imagen de portada: Imagen de Pexels en Pixabay

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