El Tarot como forma de autoconocimiento4 min de lectura

Livier Fernández Topete

La voracidad de la mente necesita respuestas. La intolerancia al desasoiego hace que la mayoría busque veredictos fuera de sí mismos, les interesa, igual que al crédulo, la tranquilidad que prometen; los menos conservan en sus búsquedas (que son las humanas) la paradójica conciencia de que habrá revelaciones que queden fuera de su espectro, claves que algún demonio reserve para su uso personal, fórmulas brillantes y al mismo tiempo simples que para ellos serán invisibles, como la condena que cada cual puede sentir en algún momento de angustia por todo aquello que desconoce.       

El desenfreno en la mente busca respuestas: las hay simplonas, demasiado sofisticadas, fuera de lo humano, en la zona del misterio que impone sólo la resignación; pero también las hay lúdicas, estéticas y proyectivas,  como en el caso de las halladas en los oráculos, que son libros que condensan la sabiduría en boca de seres inspirados, que también podemos entender como testimonios del pensamiento colectivo o como la encarnación de arquetipos (patrones e imágenes arcaicas universales que derivan del inconsciente colectivo). El Tarot, las Runas, el I Ching, son algunos oráculos que nos revelan ideas, imágenes, emociones, que antes de su consulta pasaban desapercibidas, todos ellos son objetos-anhelo-de-conocimiento, nos ofrecen la esperanza de encontrar certezas, la garantía que el reflejo de la historia del ser humano ofrece: algún tipo de estética e imaginaria respuesta, posible y a la vez imposible de conquistar. 

La lectura de un oráculo, si se crea la atmósfera idónea para que la sincronicidad* pueda colarse, es siempre un hallazgo, una batalla con el espejo, un hervor sobre la mesa, una invención en el aire, un acto creativo. Y así en el aire las componemos, construimos canciones cuyo tiempo no se fragmenta, más bien se amalgama. A través del Tarot, adivinamos la fase del camino de la vida en la que nos encontramos, re-conocemos la puerta última, esbozamos la primera piedra y dejamos que una imagen profética inaugure el vuelo.

Y este ejercicio de introspección lo hacemos por lógica abductiva. Según Peirce, la abducción es, más que un silogismo, una de las tres formas de razonamiento junto a la deducción y a la inducción. Se refiere a la lógica de la sorpresa o de la adivinación (no mágica sino basada en la experiencia), que siempre está presente al inicio de una lectura oracular, es el tipo de inferencia cuya característica principal es la probabilidad: la conclusión que se alcanza es conjetural, es sólo probable, pero al consultante le parece plausible, y en su carácter intuitivo está su valor.  

En la abducción nos encontramos ante un resultado sorpresivo que de momento no tiene explicación, en el que debemos encontrar una ley, que, si fuese verdadera y si el resultado pudiese considerarse un caso de dicha ley, tal resultado ya no sería misterioso, sino perfectamente lógico.

La abducción es, coloquialmente hablando, cuando “nos cae el veinte”, es la colocación de la pieza que faltaba para completar la imagen del rompecabezas de nuestra realidad psíquica. El Tarot y cualquier oráculo de peso cultural e histórico, nos ayudan en este tipo de razonamiento, no son métodos de adivinación en el sentido superficial y esotérico, no en el sentido de la predicción del futuro o del vislumbramiento del pasado o del presente, sino en el sentido peircenano de una lógica intuitiva que nos permite descubrir lo que se nos ocultaba, lo que ignorábamos por haber dejado de lado, por asunto de limitación perceptual.

Quien guía una lectura oracular, no ve nada que el consultante no pueda ver, no predice, apenas facilita (a través de un sistema arquetípico cargado de sabiduría) un ejercicio de proyección, de asistencia a la galería de imágenes de lo humano, de introspección que, si se toma en serio como el juego del arte, puede resultar en una revelación para el sujeto, un detonante de trabajo inerior, un propulsor para mover los engranes necesarios para aligerar el sufrimiento, para un poco más de contento.


* La sincronicidad para Jung define “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal.

Imagen: La Suma Sacerdotisa del Tarot Marigold de Amrit Bar

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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