El vuelo de Luis Eduardo (en memoria 1990-2020)10 min de lectura

Oscar Eme Mora / @asterioonn

A Luis Eduardo Ochoa Aguilar lo conocí cuando cursábamos el tercer semestre de la preparatoria en Uruapan. Yo provenía de una de esas secciones deshechas por el acumulado de alumnos reprobados y fui reasignado a otra. Era, pues, de los “nuevos” del salón. Junto a otro querido amigo, “Lalo” me ofreció su amistad desinteresada y con él formamos una amistad en la que se acumularon muchos momentos a lo largo de los más de 15 años de conocernos. Sin embargo, el pasado martes 4 de agosto, una bala cortó su camino terrenal y lo convirtió en un eterno astro. Esto es un pequeño homenaje a su memoria y legado.

Lalo (Ojoncito, Greñas y un largo etcétera de apodos), además de periodista como señalan las cientos y cientos de notas periodistas hechas a partir de su homicidio, fue un músico uruapense y destacado productor audiovisual. Desde joven, mostró interés y amor por la música. El “rock clásico”, el metal y el blues (sólo por mencionar algunos géneros), fueron su formación inicial. Eligió como instrumento la batería y se empeñó en adquirir una, la compró en pagos chiquitos a otro amigo, y aprendió a tocarla. Durante la preparatoria fue autodidacta y se dedicó a intercalar sus estudios con las clases que le impartía un buen amigo al que conocíamos como “El Brodi”. Luego siguió su camino solo y formó, junto a otros amigos de Uruapan, la banda Flor de Venus. Con esa agrupación, tocó covers de grupos reconocidos como Héroes del Silencio, La Unión, Black Sabbath e incluso llegó a componer, con sus compañeros, algunas canciones originales y grabaron sus respectivas maquetas. La banda estuvo activa durante algunos años y logró presentarse en varios cafés, bares, foros, concursos y escenarios locales y nacionales. El punto más alto de Flor de Venus quizás fue abrir el concierto de la mítica banda mexicana Chac Mool (esto, durante un homenaje al fallecido músico uruapense Jorge Reyes durante el naciente Festival de las Velas por la Noche de Muertos), sin embargo, por falta de coordinación y equipamiento, ese toquín terminó en una canción dedicada a Andrea, la hermana menor de Lalo. De esa anécdota nos quedó la fotografía del recuerdo, la promesa de Cristian, escuchar el demo de Flor de Venus (Cristian es el hijo de Carlos Alvarado, tecladista y flautista de la banda Chac Mool) y la satisfacción de conocer a tales ídolos. Ahí también, Luis Eduardo comenzó a ejercer una de sus pasiones más grandes: Emprendió la labor de contar historias.

Foto: Oscar Bram

El camino musical de Lalo tuvo más momentos y finalmente sembró el amor por el ritmo, la melodía, los timbales, el bombo, el platillo y la tarola en su propio hijo, Leo. Desde pequeño, el primero y único hijo de Luis Eduardo se entusiasmó con las percusiones y a la fecha sigue sus pasos. Con sus pequeñas baquetas, el heredero de Lalo sigue sus pasos. Por esa razón, hay que contarle que su padre también fundó y formó parte de dos bandas más: El Último Pétalo y FEJOVILA. Lalo incursionó en distintos estilos musicales, imprimió su sello particular, lleno de energía y entusiasmo. Como lo hicieran sus admirados bateristas, Lalo trató siempre de dar lo mejor de sí y demostrar que la batería da ritmo, poder y presencia. Todo eso y más, querido Leo, fue tu padre en la música.

Además de su carrera en la música, Luis Eduardo fue un destacado periodista. Ésa quizás sea la faceta más reconocida de su vida en la esfera pública. Aquí me gustaría resaltar que apenas terminó la preparatoria, Lalo se encontró con el dilema (muy común en casi en todos) de elegir una carrera. Y aunque cursó por un brevísimo tiempo la de ingeniería en agronomía, finalmente se decantó por las ciencias de la comunicación y el periodismo. Como pudo, Luis Eduardo encontró el apoyo económico y moral para continuar estudiando en una institución privada y rápidamente se colocó en un diario. Como reportero, muy joven, comenzó a publicar notas en el diario La Opinión de Michoacán, en donde cubrió toda clase de eventos y fuentes; desde política, gobierno y denuncias ciudadanas, hasta deportes y eventos policíacos. De La Opinión, rápidamente Lalo se desplazó a otros medios como el Diario Líder, La Voz de Michoacán, CB Televisión, Michoacán al Día, Transmedia y, finalmente, Diario 452, en donde ocasionalmente colaboraba con algunos reportes o notas de relevancia estatal y nacional. Y es que al desempeñarse en Uruapan, tierra de productividad económica y, por ende, de violencia exponencial y múltiples crímenes, la llamada “nota roja”, no da descanso a los reporteros especializados en la cobertura de estos sucesos. Así fue Lalo Ochoa; reportero en partidos llaneros; representante de la autoridad municipal a su paso por la dirección de Comunicación Social de la Secretaría de Seguridad Pública de Uruapan; corresponsal de masacres, balaceras, accidentes de tránsito y testigo de innumerables hechos sangrientos. “Antes di que no estoy traumado”, me confesó alguna vez, para posteriormente pedirme que lo acompañara a visitar a un brujo chamánico para hacerse una limpia. “Por si se me pega algún muerto o las malas vibras”, dijo de forma mordaz, al mismo tiempo que ironizaba sobre sus creencias religiosas y metafísicas. 

Foto: Luis Enrique Granados

Quisiera en este descanso del trayecto, mencionar sus cualidades como periodista y fotógrafo. En su paso por distintos medios y plataformas; desde el diario impreso, la televisión y la radio, Lalo aprendió a escuchar consejos y los puso en marcha. Con el tiempo dominó la prosa necesaria para la crónica, afinó su ojo como fotoperiodista e incorporó técnicas innovadoras de la edición de sus materiales. De eso, nos quedan sus reportajes e historias sobre personajes locales, lugares emblemáticos, sitios turísticos y tradiciones de Uruapan que él mismo se encargó de mostrar y difundir para el mundo. Lalo, como los buenos periodistas, fue alguien dispuesto a aprender y enseñar, a compartir sus conocimientos y a ofrecer consejos, porque en la medida de sus posibilidades, intentó impregnar un sello de ética y cuidado, todo lo que de él se produjera y se publicara. Como funcionario público, jamás lo vi filtrar algún dato; nunca afectó a nadie y en todo momento trató de cumplir con su trabajo. En alguna ocasión, como broma le propuse “lanzarse” de candidato independiente. “Mínimo para regidor”, respondió él, comprendiendo la ironía cariñosa de la propuesta.

Y como todas y todos los periodistas de este país, Lalo no estaba exento de la doble violencia que se vive a diario. Digo “doble” porque además del riesgo implícito que representa contar historias que a veces no se quieren ver plasmadas en papel, o difundidas en la radio y el Internet, el otro peligro para el ejercicio periodístico proviene del propio gremio. Se trata de las complicadas condiciones laborales que enfrentan miles de comunicadores y comunicadoras a lo largo y ancho de México. Sueldos bajos, reducción de prestaciones, jornadas excesivas y una larga lista de condiciones adversas, lo que propicia que muchos colegas abandonen el oficio. Luis Eduardo había comprendido este hecho mucho antes de que existiera un “boom” de periódicos y medios en quiebra. Por tal motivo, desde hace algunos años había comenzado a invertir en equipo fotográfico y de video, para trabajar en su propia casa productora y así ofrecer sus servicios para eventos privados, bandas de música y cualquier persona, institución o empresa que “requiriera soluciones gráficas”, como decía su sello, High Lights.

Luis Eduardo intercalaba su trabajo como productor y realizador audiovisual con la docencia. En su propia Alma Mater impartió diversas materias relacionadas con la carrera de ciencias de la comunicación y el periodismo. Conocido como “el profe Lalo”, formó a otros estudiantes que se convirtieron en sus colegas comunicadores, locutores, presentadores, periodistas, fotógrafos y productores. A todos ellos, Lalo les enseñó con toda su capacidad y empeño, ya fuera en la propia Universidad Interamericana para el Desarrollo (UNID), o en alguna de las otras instituciones en las que llegó a prestar sus servicios como docente. En su automóvil, uno podía viajar entre libros de teoría del signo, lentes, micrófonos, estabilizadores, biberones para Leo, baterías y otras decenas de cachivaches y curiosidades. Lalo era, en palabras suyas, “un desmadre, dedicado, pero un desmadre”.

No quisiera concluir este texto sin antes mencionar parte de su despedida, de lo que no dejó para siempre. Quiero decir, por ejemplo, que la noticia de su muerte nos dolió y nos seguirá doliendo a todos sus amigos, a toda su familia, a todos sus alumnos, colegas, compañeros, conocidos y a todo aquel que alguna vez llegó a cruzar palabra, a compartir alguna cerveza, algún cigarro, o cualquier cosa que él pudiera ofrecer; desde un simple saludo hasta sus miedos, anhelos, frustraciones, amores y deseos más complejos y sinceros. Hoy, Lalo nos deja una huella imborrable y un ejemplo de un ser íntegro. Que si bien su persona, como cualquier otra, no está libre de errores humanos, fue un hermano y amigo para muchos y muchas. Que su particular sentido del humor se quedará con nosotros; que es tanto el amor con el que nos dejó, que su funeral requirió de más sillas, porque la gente se dio cita hasta en las banquetas, que el tráfico vehicular tuvo que ser desviado. No dudamos ni un poco en brindar y decir salud por su memoria. Quisiera, además, subrayar que su asesinato merece la verdad y la justicia, como miles de víctimas en este maltrecho país, como tantos otros periodistas, hermanos, hermanas, primos, primas, tíos, tías, madres, padres, indígenas, activistas, ambientalistas y personas a quienes se les ha privado de su vida por las razones más perversas y absurdas. Quisiera gritar por Lalo y por todas y todos, quemarlo todo y volver a construir una sociedad que viva sin rencores, sin ambiciones y disputas de poder, sin miedo y sin ira. Quisiera decirte mi amigo y hermano, que tu memoria prevalecerá para que tú puedas volar muy alto, libre al fin, de toda atadura terrestre.

High Lights Soluciones Visuales

Descansa en paz, Luis Eduardo, tu cuerpo yace junto a tu querido abuelo, a la sombra de un enorme ficus, ahí en el camposanto silencioso en donde crecen hermosas plantas, flores, arbustos; donde la fruta brota a través de la tierra y hasta las ramas, de tu legado, de tu hijo, de tu madre, padre, y de tus hermanas, nosotros nos encargamos de cuidarlas, de recordar, a partir de ahora, lo grande que fuiste. Sea pues éste, un intento de homenaje escrito, como a veces te gustaba bromear, a tu persona y memoria. Alcanza el sol y la luna, para que acá todos y todas nos podamos volvernos a encontrar algún día. Que así sea.

7 de agosto, 2020.

Uruapan, Michoacán







Foto de portada: Richardo Mora

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