Hacemos señales con humo2 min de lectura

Livier Fernández Topete

No importa cuán indirecta, frecuente o silenciosa sea; la muerte, cuando susurra apenas cerca de nuestro oído, no puede ser tan lejana, aunque finjamos locura, incluso si decidimos la indiferencia; porque indiferencia no es lo mismo que ignorancia; la primera (en el caso de la muerte) se parece más al adormecimiento, mientras que la segunda (en el mismo caso) es casi una imposibilidad.

El final de una vida nos pone en contacto con la vida.

La enfermedad, lo finito a secas, lo estéril, lo arrugado, el silencio, la noche, toda orilla; pero también el nacimiento, lo infinito, lo fértil, lo terso, la palabra, el amanecer y todo centro, nos hablan del deceso.

Nada en el agua inagotable de los nombres y las piedras escapa de la aniquilación.

A todos nos toca nadar en la nada, el apagón forzoso de luz tarde o temprano, ver a otras velas agonizar, vivir la ilusión de la vida, transitar por un rato sus llamativos laberintos, clavar la mirada en sus espejos.

Pero nadie/ninguno en el agua agotable de los hombres y los peces escapa de la palpitación.

El castigo por vivir es el del golpe letal; mas reviramos, aunque sean manotazos de ahogado: soñamos, deseamos, seguimos nombrando, cantamos y bailamos, los pulmones se hinchan mientras la espera, mientras la desesperanza el corazón sigue latiendo.

Sabemos quién gana la batalla, pero agitamos los brazos, hacemos señales con humo para que los otros vislumbren nuestra existencia, para que nos reconozcan con vida.

No ignoramos al halo de muerte que nos rodea, que rodea a los nuestros, a veces podemos mostrarnos (por torpes, por defensa) indiferentes.

En este siempre exótico juego, se nos permite ganar parcialmente el combate que suponemos entre la vida y la muerte: inventamos la medicina, inventamos razones. No hay quién nos quite la medalla fría y dura que nos cuelga del pecho, no hay qué ni quién nos quite lo bailado (sea nuestra danza erótica estilo tango o cumbia).

Para eso somos humanos, para volver la insignia suave y cálida, hasta que la hoz que más tememos y mejor conocemos, decida penetrarnos justo a través del colgajo y arrancarnos después, como remate, la presea que por una mezcla de compasión y burla nos había concedido.


Imagen de portada: in memoriam, Teresa Jordà Vitó

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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