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Livier Fernández Topete

Esta no es la polilla de Woolf sino una mosca cualquiera, la del cuento de Virginia despliega una sensación de hibridez entre la alegría y lo sombrío, el movimiento de ambos insectos se parece en arbitrariedad y persistencia, pero unas son más aceptadas que las otras ¿será su color? Quizá tenga que ver con sus predilecciones: mientras unas prefieren la luz otras prefieren las heces o los restos de comida.

No hay mosca que pase desapercibida, las hay de IQ superior a la media, difíciles de cazar e inoportunas o las de mediana inteligencia, ubicadas siempre en los mismos lugares y con patrones de comportamiento predecibles. El sonido que emiten es en sí mismo desagradable para el oído humano, pero nos recuerdan todo aquello que se nos escapa de las manos, lo irritante e incontrolable de innumerables cosas y situaciones de la vida. Por eso tal vez las tengamos tan presentes en expresiones cotidianas: por si las moscas, mosca muerta, echar mosca, qué mosca le habrá picado.

Esta no es una polilla de danza nocturna e interés apolíneo, en el sentido de su inclinación hacia la luminiscencia. La que ronda en casa es insecto díptero de cuerpo negro y cabeza elíptica, la elegancia no es atributo que la caracterice, tampoco la prudencia.

Se parecen en su enérgica actitud, su fragilidad y dignidad para mantenerse con vida, no queda mucho qué decir respecto a su relación con lo humano. Pero podríamos hacer una distinción y pensar en personas polillas y en personas moscas: atraídas por la luz o por la mierda.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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