Un amigo en clave cubana7 min de lectura

Horacio Cano Camacho

Mario Conde es un detective cubano y a la manera de Vázquez Montalbán y su Carvalho, es inverosímil en la realidad material, pero perfecta y mágicamente verosímil en la realidad literaria. A Mario Conde (o simplemente El Conde) a quien yo considero mi amigo, yo lo conocí cuando me lo presentó otro gran amigo cubano -éste no de novela- y por ello le estoy eternamente agradecido, aunque él dice que tarde o temprano lo habría conocido por mi cuenta. Me lo presentó un día de crudo invierno allá en el mundo del fin del mundo, junto a una chimenea, una copa de buen tinto chileno -cual debe ser- y una conversación de esas que no debemos terminar y aun nos queda cuerda. Desde entonces lo busco continuamente y lo invito a casa.

Leonardo Padura, creador del personaje, saltó a las primeras planas de la literatura por su libro El hombre que amaba a los perros, pero ya tenía una muy buena obra previa. Y dentro de ella estaba su tetralogía de las Cuatro estaciones con su primera parte Pasado perfecto (1991) en donde presenta a Mario Conde. A esta le siguieron Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1997) y Paisaje de otoño (1998). La tetralogía pronto se convirtió en una saga. A los anteriores se le suman Adiós Hemingway (2001), La neblina del ayer (2005), La cola de la serpiente (2011), Herejes (2013) y La transparencia del tiempo (2018).

Leonardo Padura

El Conde está llamado a ser uno de los grandes personajes de la novela negra por derecho propio. Su carácter heroico resulta un anacronismo. Es un hombre falible, anti-metódico, irónico, perdedor en muchos sentidos, pero con una enorme capacidad de reflexión y escepticismo frente al sistema: Un antihéroe. Es, además, enamoradizo, eso sí, aunque a menudo, muy a menudo, sólo le quedan sus sueños…

Mario Conde es un personaje de la ruptura y el desencanto: “…Pensó con dolor cómo de aquel tiempo de gracia y sueños la realidad le había robado demasiados jirones y que el mundo en donde vivía cada vez se parecía menos al prometido mundo perfecto que les dibujaron la retórica y la trascendencia del momento histórico, un mundo para cuya construcción, todavía en proceso, les impusieron precariedades y prohibiciones, y les exigieron sacrificios, negaciones y hasta mutilaciones, incluso físicas…”

Pero no se crea que sus novelas son un choro político o sociológico de la realidad material. Son una narración del desencanto por lo que nos ha tocado vivir, a todos los de nuestra generación, en mayor o menor medida. Un lamento por despertar y ver el sueño que echamos a perder, unos por simple estupidez, otros por corrupción, otros por mojigatería política, otros, incluso, por inocencia o candidez. Y aunque El Conde recorre unas calles oscuras y sórdidas de una ciudad entrañable -La Habana- que es a la vez personaje central, en cada paso se descubre al soñador, al idealista, al personaje que aun conserva la lealtad hacia lo que ama y respeta. El Conde es en muchos sentidos la dignificación del derrotado. Aunque triunfa en su labor detectivesca, cada triunfo va ensanchando su derrota y con él, la nuestra en muchos sentidos.

Sus amigos son nuestros amigos: el flaco Carlos -que ya no es flaco-, Candito el Rojo, Josefina, Manolo. Y sus amores son también nuestros amores: Tamara, Karina, Patricia Chion (la F1). Por que a pesar del desencanto o como resistencia al mismo, aun hay espacio para hablar de cocina, de la vida, de béisbol, de amor, de mujeres…

Pensemos en este pasaje de La cola de la serpiente en donde Padura nos habla de Patricia Chion “…cuando la veía, el Conde solía recordar aquella historia fracasada y convenientemente olvidada de los F-1, las reses del milagro pecuario-socialista cubano. El animal perfecto que se lograría a través del aparejamiento de ejemplares escogidos de la raza Holstein, holandesa y gran productora de leche, pero sin abundancia de carne, y la Cebú, tropical, poco dada a la acumulación de leche en sus tetas, aunque excelente proveedora de bistecs. El F-1, por supuesto, tomaría lo mejor de la genética y por tan sencillo método de suma y resta, se lograría que en una sola res hubiera leche y carne en abundancia… En poco tiempo habría tantas reses tan bien dotadas en las vaquerías cubanas que la isla podría sufrir inundaciones lácteas y hasta surgiría el peligro de que los cubanos murieran atragantados con tanto filete…”

Por supuesto no hubo tal milagro ya que la F-1 necesitaba más que soñadores de tribunas… Pero Patricia si representaba una F-1 de chino puro y negra retinta. La mezcla satisfactoria de aquellos genes había dado al mundo ¡una china mulata que nomas verla llena la cabeza de malos pensamientos y deseos…!

En cada libro de la saga, tengo sentimientos encontrados. La delicia frente al humor y el amor de un pueblo al que quiero y la dimensión de sus problemas. La ironía, el sarcasmo y la cubanía se identifican y respiran a cada momento y si ponemos un disco de Creedence de fondo, nos miraremos atrapados por Padura y el Conde y nos buscaremos en muchos de sus pasos. Padura escribe y vive en Cuba, por ello El Conde es aun más creíble y entrañable. Atrévase con él…

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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