Un invento de occidente10 min de lectura

Livier Fernández Topete

Desde las primeras civilizaciones podemos encontrar diversas formas del comercio, pero el capitalismo como sistema político-económico surgió en Inglaterra en el siglo XVI, apareció sustituyendo al feudalismo. Ha sido debatido, criticado, vanagloriado y defendido según intereses. El concepto de la autoestima se desarrolló dentro de este sistema, está íntimamente ligado a la idea de los bienes, la propiedad privada, la producción y la riqueza.

Sigamos una cronología (La escuela de la autoestima: breve historia, http://recursosbiblio.url.edu.gt/publicjlg/Libros_y_mas/2017/06/autoest/p1/01.pdf).

El padre de la psicología estadounidense, fundador de la psicología funcional, William James, definió la autoestima en su libro Principles of Psychology en el año 1890: “La estima que sentimos por nosotros depende enteramente de lo que pretendemos ser y hacer”. Desde entonces ronda este pensamiento en el aire. El autor hablaba de éxitos obtenidos confrontados con las pretensiones de cada individuo. Desde su punto de vista, las aspiraciones personales no satisfechas imponen sentimientos de fracaso.

Freud

Por su parte Freud (1856-1939), médico neurólogo austriaco de origen judío, padre del psicoanálisis y una de las mayores figuras intelectuales del siglo XX, no abordó este concepto como tal, sino el del “yo” atrapado entre un “super-yo” y un “ello”, o sea, un ente presionado por mandatos inspirados en principios parentales y culturales y arrebatado por fuerzas instintuales respectivamente, siempre en conflicto entre ambas voces; la autoestima no tiene muchas posibilidades de desarrollarse desde esta perspectiva, ya que el ego invierte mucha energía defendiéndose.

Alred Adler

Alred Adler (1870-1937), colaborador de Freud, también austriaco, pero que se separó de él por divergencias y fundó la escuela de psicología individual, desarrolló su teoría de la personalidad basada en el complejo de inferioridad que experimenta el individuo desde la infancia y que va compensando con el desarrollo de un sentimiento de superioridad: a mayor sentimiento de inferioridad mayor deseo de omnipotencia y dominación, la baja autoestima desencadena pues mayor necesidad de sobrestima, el reemplazo de una por la otra, no deja posibilidades para una autoestima “equilibrada”.

Carl Rogers

Carl Rogers (1902-1987), psicólogo estadounidense, pionero, junto con Abraham Maslow, del enfoque humanista en psicología, hablaba de la falta de aceptación e incluso denigración en los seres humanos; en esto basaba el ejercicio de la aceptación incondicional en los procesos psicoterapéuticos, pues la aceptación de uno (psicoterapeuta) hacia el otro (cliente) permitiría la auto tolerancia y el amor propio, incluidas las debilidades.

Carl G. Jung

Carl G. Jung (1875-1961), médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura medular en la etapa inicial del psicoanálisis, fundador de la escuela de psicología analítica (también llamada psicología de los complejos y psicología profunda), fue uno de los primeros psicólogos en resaltar los vínculos orgánicos existentes entre psicología y espiritualidad. Carl Jung definió el «Sí-mismo» como la imago Dei (arquetipo Dios), haciendo de ella la piedra angular de su psicología, que pretende hacer que el individuo sea «Él mismo». Este autor veía en la espiritualidad una exigencia crucial y arquetípica de la psiqué en su desarrollo hacia la plena individuación.

Abraham Maslow

Abraham Maslow (1908-1970), psicólogo estadounidense, uno de los fundadores y principales exponentes de la psicología humanista, distinguía entre la psicoterapia y el movimiento del potencial humano, en uno se satisfacían las necesidades básicas: físicas, de seguridad y pertenencia y en el otro se buscaba la satisfacción de las necesidades superiores: relacionadas con la realizaci6n, el crecimiento personal, el desarrollo del potencial, la creatividad y todas las realidades psicoespirituales que entran en el ámbito de la realizaci6n del yo. Su idea de ser humano no se concentraba sólo en la satisfacción del bienestar, sino que además pretendía también su “más estar”: sentimiento de armonía y comunión con el universo, estas experiencias entendidas como manifestaciones del «Sí-mismo» y no sólo del yo (ego) de las personas, revelaciones espirituales espontáneas provenientes del «Sí-mismo».

Eric Berne

Eric Berne (1910-1970), médico psiquiatra canadiense, creador de la teoría del Análisis Transaccional como forma de explicar el comportamiento humano, subrayó la importancia de las muestras de afecto y de atención para desarrollar en el niño una buena autoestima tejida de amor y confianza en sí mismo. Desde su punto de vista, una persona marcada por una autoestima débil tiende a manipular a las personas de su entorno exagerando su debilidad o su autoridad. En cambio, una persona de alta autoestima no necesita hacer uso de manipulaciones, se muestra auténtica y honesta y sabe negociar sus necesidades.

Virginia Satir

Virginia Satir (1916-1988), de la escuela de comunicaci6n de Palo Alto, vio en la autoestima el centro de la terapia familiar. Satir sostenía que en una familia, la libertad concedida a cada miembro para expresar o no sus emociones era un criterio evidente de una buena o mala autoestima…

Y así podríamos seguir hacia adelante en la historia de la evolución del concepto, pero baste esta secuencia más o menos cronológica para darnos una idea de la importancia que en Occidente le hemos concedido.

En sociedades capitalistas, el consumismo es vital, la mercadotecnia es ese mecanismo idiotizante que influye en la demanda de bienes materiales (incluso inmateriales o de índole psicológica) y que requiere de seres acomplejados que busquen su valor propio a través de sus posesiones o del valor (entendido como costo) de los mismos; es decir, el valor de uno mismo basado en lo que consumimos; a mayor insatisfacción, mayor vacío e ilusión de satisfacción desde el afuera. Esto también está relacionado con la competencia, o sea, la comparación del número y tipo de posesiones entre unos y otros: la autoestima ligada al tener más que al ser o al estar.

En este sentido, el hombre contemporáneo, en sus quehaceres y discursos (referentes miles en los libros de superación personal) rinde un constante culto al ego, sosteniendo y extendiendo la noción de “narcisismos saludables”. En tiempos de selfies, la autoestima es un concepto bien explotado, arraigado y usado por todos, aunque muy debatible y cuestionable.

Ideas como la autocompasión (de Kristin Neff) parecieran tener mayor sentido, incluso otras menos occidentales como la de la inexistencia del yo (de Mark Epstein), que erradicaría por completo la necesidad de la autoestima. Para Neff es fundamental distinguir la autocompasión de la pena, pues la pena encarna una sensación de victimización mientras que la autocompasión tiene que ver con la comprensión, con el sentido de humanidad compartida y con la atención plena,​ “de estar en el presente y ver las cosas como son, sin ignorarlas, pero sin las exageraciones que causa una mente que constantemente rumia”. 

Epstein, autor y psicoterapeuta que integra las enseñanzas de Buda con los enfoques de trauma de Freud, escribe sobre la interfaz del budismo y la psicoterapia. En su libro Contra el yo, expone que la idea del “yo” es mero occidentalismo, que nos genera angustia y nos escinde del mundo y de los otros, nos fractura e imposibilita la aceptación de los matices, los flujos y los continuos.

Lucian Freud: The Self Portraits

Una persona de nuestros días que presuma de buena o alta autoestima, entre otras cosas, probablemente reprimirá las partes dolorosas de su pasado, pues hay una tendencia evasiva al sufrimiento por exceso de optimismo como parte del récord pro autoestimas, Epstein dice que “Al resistir el trauma y defendernos de sentir su impacto total, nos privamos de su verdad”, hay algo escondido en todo trauma, algo que al permitir su flujo sin represiones, se revela para el sujeto y lo libera, por decirlo de alguna forma. Si el yo no existe entonces tampoco la llamada autoestima, ambos son construcciones adheridas a una cosmovisión occidental, desencadenantes del egocentrismo ejercido por todos a diario y de la falta de otredad, el prejuicio, el juicio y el yugo que nos separan y nublan la fusión del todo con nosotros mismos.

La visión maya de la existencia de uno a partir del otro, también nos ofrece otra mirada sobre este asunto: “yo soy otro tú, como tú eres otro yo”, no queda espacio para la comparación, la competencia ni la autoestima como se ha dibujado desde sus orígenes.

Faltaría sumar una buena lista de miradas inteligentes sobre el tema, pero dejo algunas sobre la mesa.

Si mi quererme mucho me lleva a arrebatarle a los otros, a sobajar a otros, a considerarme más que el resto, o a ambicionar más para intentar llenar mis huecos, entonces no he entendido nada del amor, del amor a secas, ya no digamos del volcado hacia uno mismo que implicaría consciencia, respeto y compasión, incluidos los otros, que son un espejo de mí mismo.

La autoestima que nos han vendido (porque también se compra) no sirve para nada, si acaso para segundos de falsa alegría, para hacer crecer las fantasías, para engrandecer el ego y para llenar los bolsillos de los aprovechados.

Valdría la pena hacer el ejercicio de deconstrucción y de reconstrucción de algo que acepte e incluya nuestra buena dosis de imperfección y fragilidad en su forma: quizá algo amorfo, multicolor y lleno de orificios para recordarnos nuestra naturaleza.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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