Esclavos del deseo5 min de lectura

Horacio Cano Camacho

Desde sus orígenes, en los años 20 del siglo pasado en Estados Unidos, la novela negra se diferenció del policíaco clásico por poner en contexto la comisión de un delito. De esta manera, la ciudad cobró un papel muy importante, tal como otro personaje más. Los delitos no se cometían en mansiones aisladas, donde alguien queriendo pasarse de listo organizaba “El crimen perfecto” que los grandes investigadores e investigadoras se encargarían de desentrañar.

En la nueva corriente, cada crimen se cometía en un ambiente propicio de violencia, corrupción, pobreza, desigualdad, etcétera, y era menester poner en evidencia ese contexto. La novela negra no intenta (ni antes, ni ahora), señalar alguna solución a ese ambiente, solo lo retrata. De esta manera podemos asociar a grandes protagonistas con su medio. Cuando leemos a Kostas Jaritos (Petros Márkaris), estamos viviendo la dinámica de Atenas; Pepe Carvalho (Manuel Vázquez Montalbán) es Barcelona; el Perro Lazcano (Ernesto Mallo) nos lleva a un recorrido por el Gran Buenos Aires; Héctor Belascoarán Shayne (Paco Ignacio Taibo II) por el D.F (de entonces) y Mario Conde (Leonardo Padura) nos descubre La Habana. Estos personajes son indisolubles de la ciudad, incluso pueden pertenecer a territorios más amplios como el Maine de Charlie Parker (John Connolly) o la Mongolia de Yeruldelgger (Ian Manook).

De esa manera, cuando leemos a Donna Leon, estamos haciendo un recorrido cuasiguiado por un nativo, de Venecia.  Pero las caminatas y recorridos de su personaje, el inspector Guido Brunetti no son una guía de turistas, son una mirada enamorada, pero muy crítica de su ciudad.

Donna Leon

Leyendo a Donna Leon surgen de inmediato dos sentimientos: el deseo de conocer Venecia antes de que desaparezca o se convierta en un parque temático como Disneylandia y el dolor por lo que parece inevitable que suceda con esa ciudad. Yo lo hice y dejé mi guía Lonely Planet en la habitación y me propuse mirar las plazas, recorrer su rivas, canales y edificios que Brunetti camina a diario y comprendí el horror que representamos los turistas (este modelo de turismo masivo y arrasador) y me tocó ver la impresionante y dañina entrada de cruceros a la ciudad y la aqua alta en San Marcos luego del paso de tamaños mastodontes…

Donna Leon y su Brunetti tienen una virtud adicional. Son novela negra, son casos criminales, incluso historias muy negras… pero no hay violencia. Ella ha logrado mostrarnos el deterioro de la ciudad causado por la corrupción, el turismo masivo y todo lo que arrastra (falsificadores, defraudadores, charlatanes, drogas, turismo sexual, piratería), sin recurrir a la violencia explicita. Nos muestra los casos en su fase de investigación, las reflexiones de Brunetti y su equipo, pero nosotros construimos lo demás, lo que pasó. Eso hace de la lectura doblemente buena. Terminamos sintiendo una gran empatía por la ciudad, por los personajes y su ambiente, sin llenarnos de sangre.

En esta, su más reciente entrega en español, Esclavos del deseo (2021, Seix Barral) nos cuenta un caso de tráfico de mujeres. El tema es muy duro, en un pasaje le relatan a Brunetti, la pobreza, la explotación, que llevan a una mujer africana a caer en las manos de los traficantes, que son probablemente de los peores criminales que podamos imaginar. Sufrimos con ella y con él, pero no asistimos a los hechos duros y no es necesario.

Donna Leon construye una historia que comienza por un accidente. Un par de chicos venecianos en un día de conquista cualquiera, se llevan a pasear a dos chicas norteamericanas, turistas deseosas de conocer la ciudad de la mano de dos muchachos nativos, normales, sanos. Un accidente por imprudencia al viajar a toda velocidad en una lancha por los canales comienza a desvelar una trama muy oscura. En esta historia, los chicos mismos son presa de todo un entramado que explota mujeres y está dispuesto a lo que sea con tal de mantener el negocio de la esclavitud.

Hay un pasaje de la novela que quiero trasmitirles y no les cuento más… Brunetti llega a su casa, muy impresionado con el testimonio de la esclava sexual africana detenida en una redada. La comida, que habitualmente es unos de los momentos más gozosos de su día, donde encuentra a su familia, miden su pulso diario y conocen sus problemas y logros, le sabe a nada. En la mesa, su hija se queja amargamente de una medida tomada por la escuela contra el uso de celulares en clase: “Nos tratan como si fuéramos esclavos- se quejó”. “hablaba con la misma indignación justificada que compartían aquellos cuyos lujos eran cuestionados o corrían el riesgo de desaparecer…”.

Porque es cierto, la “modernidad y el progreso” han reconstruido el esclavismo y Brunetti medita sobre ello. El tráfico de personas, que, como mercancía, tiene su origen en las mismas tierras de hace 500 años y el tráfico sigue dirigiéndose a los mismos colonizadores, a los mismos lugares donde esas personas las compran para que se ocupen de todo lo que estos nuevos ricos puedan pagar: cultivar y cosechar alimentos, cuidar de los ancianos y los niños, calentarles la cama o cubrir sus deseos y caprichos y están dispuestos a defender esos “privilegios” a cualquier precio… Y me recordó inevitablemente lo ofendidos que están ciertos sectores a los que les dijeron “aspiracionistas”.

Lean a Brunetti, es el libro número 30 de la serie, pero lo puede leer de manera independiente sin ningún problema. Anímense.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.


Imagen de portada: Imagen de Alois Wonaschütz en Pixabay

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