Materia oscura: Parientes cercanos20 min de lectura

Octavia E. Butler

—Te quiso tener —dijo mi tío—. No tenía por qué tener hijos. Hace veintidós años tampoco.

—Ya lo sé.

Yo estaba sentada frente a él en una cómoda mecedora de madera, en el salón del apartamento de mi madre. A mis pies, un montón de papeles abarrotaba una gran caja de cartón para lechugas: papeles sueltos y con las esquinas dobladas, planos y en sobres, importantes y triviales, todos revueltos. Allí estaba su certificado de matrimonio, la escritura de la propiedad que tuvo en Oregón, una tarjeta hecha a mano con ceras verdes y rojas y papel barato oscurecido por el tiempo: «Para mami. Feliz Navidad», decía. La había hecho yo con seis años y se la había dado a mi abuela, a la que entonces llamaba mami. Ahora me preguntaba si mi abuela se la había dado después a mi madre, acompañada de una mentira piadosa.

—Enviudó justo antes de que tú nacieras —dijo mi tío—. No pudo soportar la idea de cuidar de una niña ella sola.

—Hay un montón de gente que lo hace —dije.

—Ella no era «gente», ella era ella. Sabía con qué podía y con qué no. Se preocupó por que tuvieras un buen hogar con tu abuela.

Lo miré, preguntándome por qué se molestaba en defenderla. Poco importaba lo que yo sintiese —o no sintiese— por ella a estas alturas.

—Recuerdo que, cuando tenía ocho años —dije—, vino a verme y le pregunté si podía quedarme con ella una temporada. Dijo que no, que tenía que trabajar, que no tenía sitio, que no tenía dinero suficiente y mil cosas más. Lo que yo entendí fue que no le diera la lata. Así que le pregunté si era mi madre de verdad o si era adoptada. A mi tío se le crispó el rostro.

—¿Qué te dijo?

—Nada. Me pegó.

Él suspiró.

—Qué mal genio tenía. Era demasiado ansiosa, un manojo de nervios. Esa era una de las razones por las que te dejó con tu abuela.

—¿Y qué más?

—Pues las que acabas de enumerar. Falta de dinero, espacio, tiempo…

—Paciencia, amor…

Mi tío se encogió de hombros.

—¿De eso querías hablarme? ¿De todas tus razones para tenerle manía a tu madre?

—No.

—¿Entonces?

Me quedé mirando la caja del suelo. El fondo se había roto por el peso de los papeles al sacarla del armario de mi madre. Quizá hubiera cinta de pintor en el apartamento, por alguna parte. Me levanté para mirar, pensando que mi tío tal vez se hartaría de mi silencio y se marcharía. A veces lo hacía; era su discreta manera de ser impaciente. Eso me daba miedo cuando era pequeña. Ahora, casi me habría gustado que lo hiciera. Si se marchaba, no tendría que decirle de qué quería hablar… todavía. Siempre había sido un amigo para mí, además de pariente: el hermano cinco años mayor de mi madre y el único aparte de mi abuela que me había prestado más que una atención pasajera. Solía hablar conmigo a veces en casa de mi abuela. Me trataba como si fuera una adulta pequeña, porque,  a  pesar  de  todos  los  hijos  que  tenían  sus hermanos y hermanas casadas, nadie había conseguido convencerlo de que los niños no fueran adultos pequeños. Me presionaba mucho sin darse cuenta, pero, aun así, lo prefería a mis otras tías y tíos, a las señoras mayores que eran amigas  de  mi  abuela,  o  a  cualquiera  que  alguna  vez  me  hubiera  dado palmaditas en la cabeza y me hubiera dicho que debía ser una señorita y portarme bien. Me llevaba mejor con él que con mi madre, así que incluso ahora, ahora especialmente, no quería perderlo. Aún estaba allí cuando encontré la cinta en un cajón de la cocina. No se había movido salvo para sacar un papel de la caja. Se quedó leyéndolo sin moverse del sillón mientras yo me peleaba con la caja y el celo. Era una situación incómoda, pero no esperaba que me ayudase a menos que se lo pidiera yo. Cualquier otro hombre de la familia, quizá, pero él, no.

—¿Qué es eso? —pregunté, mirando el papel.

—Tus notas. Quinto curso. Malas.

—Dios mío. Tira eso.

—¿No te preguntas por qué las guardó?

—No. Le… creo que la entendía un poco. Creo que le gustaba haber tenido una hija. No sé, por demostrar su feminidad o algo así, y por ver de qué era capaz. Pero cuando me tuvo, no quiso perder el tiempo criándome.

—Sufrió cuatro abortos antes de ti, ¿lo sabías?

—Me lo contó.

—Y sí que se interesaba por ti.

—A veces. Como cada vez que me llegaban las malditas notas, que venía a casa a echarme la bronca.

—¿Por eso sacabas malas notas? ¿Para enfadarla?

—Sacaba malas notas porque me daba igual sacar buenas o malas… hasta el día que viniste tú y me echaste la bronca y yo me cagué de miedo. Entonces dejó de darme igual.

—Espera, me acuerdo de esa vez. No intentaba meterte miedo, lo que pasa es que yo creía que tenías cerebro y no lo estabas usando, y eso te dije.

—Sí, me lo dijiste. Te vi ahí sentado con cara de enfado y de indignación y tuve miedo de que me hubieras dado por perdida para siempre —lo miré. —.¿Ves? Aunque yo no fuera adoptada, tú sí que lo fuiste. Tenía que andar con cuidado de no perderte. Eso le arrancó lo más cercano a una sonrisa que era capaz de mostrar. Sonreír le quitó años de encima. Tenía casi cincuenta y siete años ya. Era esbelto, de huesos finos, aún guapo. Todo el mundo era así en mi familia: pequeño, casi de aspecto frágil. A las mujeres las hacía atractivas. Yo creía que a los hombres también, pero sabía que era la razón por la que mis primos varones pasaban demasiado tiempo peleándose y pavoneándose, intentando demostrar que eran  hombres.  Había  hecho  de  ellos  hombres  susceptibles, siempre a la defensiva. No sé qué efecto tuvo en este tío en concreto cuando era niño, pero ahora no se ponía a la defensiva. Si lo hacías enfadar, era capaz de hacerte pedazos con palabras glaciales. Y si con eso no bastaba, también se desenvolvía bien en una pelea —al menos cuando era más joven—, pero yo nunca le había visto empezar ninguna. A mis primos les caía mal; decían que era frío como el hielo hasta cuando no estaba enfadado. Cuando yo les llevaba la contraria, me decían que también era fría. Pero daba igual. Mi tío y yo nos sentíamos a gusto juntos.

—¿Qué vas a hacer con sus cosas? —preguntó.

—Las venderé, o las daré al Ejército de Salvación, no sé. ¿Ves algo que te quieras llevar?

Se levantó y fue al dormitorio, moviéndose con esa elegancia suave y ágil que tenía y que parecía inmune al paso del tiempo. Volvió con una foto de la cómoda  de  mi  madre:  una  ampliación  de  una  instantánea  que  nos  había tomado a mi madre, mi abuela y a mí en el parque de atracciones cuando yo tenía unos doce años. No sé cómo consiguió juntarnos a las tres y llevarnos allí como regalo. Que yo supiera, era la única foto en la que salíamos las tres.

—Habría sido mejor si tú hubieras salido en la foto también —dije—. Deberías haberle pedido a algún desconocido que la sacara.

—No, las tres estáis muy bien así, juntas: tres generaciones. ¿Seguro que no quieres quedarte esta foto, o una copia?

Negué con la cabeza.

—Quédatela. ¿No quieres nada más?

—No.  ¿Qué  vas  a  hacer  con  esa  propiedad  en  Oregón?  Y  creo  que también tenía algo en Arizona.

—Menos  aquí,  en  todas  partes  —farfullé—.  Después  de  todo,  si  se hubiera gastado dinero para comprarse una casa aquí, quizá me hubiera ido a vivir con ella. Y, además, ¿de dónde salía todo ese dinero? ¿No era tan pobre, joder?

—Está muerta —dijo mi tío, con tono inexpresivo—. ¿Cuánto tiempo y energía vas a malgastar en estar resentida con ella?

—Lo  menos  que  pueda  —dije—.  Pero  no  puedo  hacer  como  cuando cierro el grifo.

—Bueno,  pues  ciérralo  cuando  yo  esté  delante.  Era  mi  hermana  y  la quería, aunque tú no la quisieras —lo dijo en voz baja, amable.

—Vale.

Se hizo un silencio hasta que llegó una de mis tías. Me abrazó al hacerla pasar y me lloró encima. La aguantaba porque mi madre también había sido su  hermana.  Era  una  mujer  muy  pesada  que  acostumbraba  a  visitar  a  mi abuela para hablar de sus hijos y de lo listos que eran, mientras a mí me daba palmaditas en la cabeza como si fuera la tonta de la familia.

—Stephen —dijo, saludando a mi tío. Él odiaba su nombre de pila—.¿Qué  tienes  ahí?  Una  foto.  Qué  bonito.  Qué  guapa  era  Barbara  en  aquel entonces. Siempre fue una belleza. Qué natural en el funeral…

Tras deambular por la casa, se metió en el dormitorio y empezó a registrar las cosas de mi madre. Al llegar al armario, suspiró. Mi tía pesaba por lo menos diez kilos más que mi madre, aunque me acordaba de cuando eran de la misma talla.

—¿Qué vas a hacer con todas estas cosas tan divinas? —me preguntó—.Deberías guardar algunas de recuerdo.

—¿Tú crees? —contesté.

Me  iba  a  deshacer  de  todas  en  cuanto  pudiera,  por  supuesto.  Las empaquetaría y me las llevaría al Ejército de Salvación. Pero a esta tía, que durante años había censurado con tanta superioridad moral el comportamiento poco  maternal  de  mi  madre,  le  parecería  un  ultraje  que  no  me  pusiera sentimental con sus cosas.

—Stephen, ¿la estás ayudando? —preguntó.

—No —respondió mi tío en voz baja.

—Solo haciéndole compañía, ¿eh? Qué bien. ¿Puedo ayudar en algo?

—No —dijo mi tío.

Se me hizo raro, porque la pregunta iba claramente dirigida a mí. Mi tía lo miró un poco sorprendida y él le devolvió una mirada inexpresiva.

—Bueno… si me necesitas para cualquier cosa, llámame sin dudar —había reunido algunas de las joyas de mi madre. Ahora cogía el pequeño televisor en blanco y negro—. ¿No te importa que me lleve esto, verdad? Mis hijos pequeños arman unas peleas por la tele…

Y se fue. Mi tío la vio marchar y negó con la cabeza.

—También es tu hermana —dije, sonriendo.

—Si no lo fuera… Da igual.

—¿Qué?

—Nada —volvió ese tono amable de advertencia.

Lo ignoré.

—Ya lo sé. Es una hipócrita, entre otras cosas. Yo creo que le tenía más manía a mi madre incluso que yo.

—¿Por qué le has dejado llevarse esas cosas?

Lo miré.

—Porque me da igual lo que pase con lo que hay en este apartamento. Me da totalmente igual.

—Bueno… —respiró hondo—. Al menos no eres una hipócrita. Tu madre hizo testamento, ¿lo sabías?

—¿Testamento?

—Esa propiedad tiene bastante valor. Te la dejó a ti.

—¿Cómo lo sabes?

—Tengo  una  copia.  Tu  madre  no  creía  que  nadie  pudiera  encontrarlo entre sus cosas —señaló la caja de cartón con un gesto de la mano—. Su estilo para archivar no era muy fiable.

Asentí, sombría.

—Desde luego. No tengo ni idea de lo que tiene aquí. Pero oye, ¿no hay alguna forma de que te quedes tú esa propiedad? No la quiero.

—Quería hacer algo por ti. Déjale hacerlo.

—Pero…

—Déjale.

Tomé aire profundamente y lo expulsé.

—¿Te ha dejado algo a ti?

—No.

—No me parece justo.

—Estoy satisfecho; o lo estaré cuando aceptes lo que te ha dado. También hay algo de dinero.

Fruncí el ceño, incapaz de imaginar a mi madre ahorrando dinero. Ni siquiera me había enterado de lo de la propiedad hasta que empecé a revisar sus cosas. Lo del dinero ya era demasiado. Pero, por lo menos, me dio pie para lo que quería decir.

—¿Es dinero de su parte o de la tuya?

Él vaciló solo un segundo y después dijo:

—Está en su testamento —pero algo no encajaba en cómo lo dijo, como si lo hubiera pillado desprevenido. Sonreí,  pero  paré  cuando  eso  pareció  incomodarlo.  No  quería  que  se sintiera incómodo. Así iba a ser —tenía que ser—, pero no tenía ganas ni disfrutaba con ello.

—Tú no eres de los que engañan —le dije—. Por tu aspecto podrías serlo. Pareces reservado y contenido.

—No puedo evitar tener este aspecto.

—La gente dice lo mismo de mí.

—No, tú te pareces a tu madre.

—No lo creo. Creo que me parezco a mi padre —él no dijo nada, solo se me quedó mirando con el ceño fruncido. Pasé el dedo por encima de algunos papeles maltrechos de la caja—. Entonces, ¿debería aceptar ese dinero?

No me contestó. Solo me observaba de esa manera tan suya que la gente describía como fría. Pero no lo era: yo sabía cómo se ponía cuando estaba siendo frío de verdad. Ahora, era más como si estuviese sufriendo, como si yo le estuviera haciendo daño. Y supuse que se lo estaba haciendo, pero no podía parar. Era demasiado tarde para dejarlo ahí. Hundí los dedos en el montón de papeles, nerviosa, y bajé la vista un momento, de pronto molesta con ellos. ¿Por qué no me había quedado en la universidad, por qué no los dejé aquí, por qué no se lo dejé todo a otros parientes, como ella siempre hizo conmigo?  O, ya que había venido como haría una hija responsable, para poner orden en los asuntos de mi madre, ¿por qué no me había limitado a hacer solo eso y cerrar el pico? ¿Qué haría él ahora? ¿Marcharse? ¿Iba a perderlo a él también?

—Me da igual —le dije, sin mirarlo—. No importa. Te quiero. Se lo había dicho decenas de veces, nunca claramente. Pero nunca se lo había dicho con esas dos palabras exactas. Era como si estuviera pidiéndole permiso, por alguna razón. «¿Te importa si te quiero?».

—¿Qué tienes en esa caja? —preguntó con voz dulce.

Fruncí el ceño por un momento, sin entender. Entonces me di cuenta de lo que estaba pensando, de lo que mis nervios le habían hecho pensar.

—Nada que tenga que ver con esto —dije—, al menos, que yo sepa. No te preocupes, no creo que hubiera dejado nada por escrito.

—¿Entonces, cómo lo sabías?

—No lo sabía, lo supuse. Hace mucho tiempo.

—¿Cómo?

Golpeé la caja con la punta del pie.

—Por muchas cosas —dije—. Supongo que la más fácil de explicar es nuestro aspecto, el tuyo y el mío. Deberías comparar una de las fotos tuyas de joven que tiene la abuela con mi cara de ahora; podríamos ser gemelos. Mi madre era  preciosa;  su  marido,  por  las  fotos,  era  un  hombre  guapo  y corpulento. Yo… solo me parezco a ti.

—Eso no tiene por qué significar nada.

—Ya lo sé. Pero para mí significó mucho, además de otras cosas menos tangibles.

—Una  suposición  —dijo,  disgustado. Se  inclinó  hacia  delante—.  Está claro que no soy de los que engañan, ¿eh? Se levantó y se dirigió hacia la puerta. Me puse en pie rápidamente para cortarle el paso. Éramos exactamente de la misma altura.

—No te vayas, por favor —dije—. Por favor.

Intentó apartarme con delicadeza, pero yo no iba a moverme.

—Dilo —insistí—. No te lo volveré a preguntar, ni lo repetiré jamás. Está muerta; ya no puede hacerle daño —titubeé—. Por favor, no me dejes.

Él suspiró, bajó la vista al suelo un momento y después me miró a mí.

—Sí —musitó.

Le dejé ir y me sorprendí casi llorando de alivio. Así que tenía un padre. No sentía que hubiera tenido una madre nunca, pero tenía un padre.

—Gracias —susurré.

—Nadie lo sabe —añadió—. Ni tu abuela ni nadie de la familia.

—No se enterarán por mí.

—No. Nunca me preocupó que se lo contases a los demás. Nunca me preocupé por los demás salvo por el sufrimiento que os causaría a ti y a tu madre; y por cómo sufrirías tú si… lo supieras.

—No sufro.

—No.

Me miró con lo que parecía ser asombro y me di cuenta de que había tenido al menos tanto miedo como yo.

—¿Cómo  pudo  poner  el  nombre  de  su  marido  en  mi  certificado  de nacimiento? —pregunté.

—Mintiendo.  Era  una  mentira  creíble:  su  marido  estaba  vivo  cuando fuiste concebida. Él la había dejado, pero la familia no se enteró hasta más tarde. Nunca se enteraron del orden en que sucedieron las cosas.

—¿Se fue por ti?

—No. Se fue porque conoció a otra persona: alguien que le había dado un hijo vivo, en vez de un aborto. Tu madre vino a mí cuando él se fue. Vino para hablar, para llorar, para poner en orden sus sentimientos… —se encogió de hombros—. Siempre habíamos tenido una relación estrecha, ella y yo. Demasiado estrecha —volvió a encogerse de hombros—. Nos queríamos. Si hubiera sido posible, me habría casado con ella. Me da igual cómo suene, lo habría hecho. Pero las cosas eran como eran, y cuando se dio cuenta de que estaba embarazada, nos entró el miedo. Pero quería tenerte. De eso nunca hubo ninguna duda.

No le creí, ni siquiera ahora. Seguía creyendo lo que había dicho antes: que había querido tener el bebé para demostrar que era lo bastante mujer para tenerlo. Cuando consiguió demostrarlo, se olvidó del asunto y siguió con su vida. Pero él la había querido y yo lo quería a él. No dije nada.

—Siempre tuvo miedo de que te enterases —dijo—. Por eso no tuvo el valor de quedarse contigo.

—Estaba avergonzada de mí.

—Sentía vergüenza de sí misma.

Lo miré, intentando descifrar su expresión impenetrable.

—¿Y tú?

Asintió.

—De mí mismo. Nunca de ti.

—Pero tú no me abandonaste, como ella.

—Ella tampoco te abandonó; no habría podido. ¿Por qué crees que se enfadó tanto cuando le preguntaste si eras adoptada?

Negué con la cabeza.

—Debería haber confiado en mí. Debería haber sido más como tú.

—Ella era ella y lo hizo lo mejor que pudo.

—Yo la habría querido. No me habría importado.

—Conociéndote, creo que es verdad. Pero ella no acababa de creérselo. No podía arriesgarse.

—¿Tú me quieres?}

—Sí. Y ella también, aunque no te lo creas.

—Ella  y  yo…  deberíamos  habernos  conocido  mejor.  Nunca  nos conocimos de verdad.

—No —se hizo un silencio. Miró la caja de papeles—. Si encuentras algo ahí de lo que no puedas hacerte cargo, tráemelo.

—Vale.

—Te llamaré para lo del testamento. ¿Vas a volver a la universidad?

—Sí. Me dedicó una de sus leves sonrisas.

—Entonces te va a hacer falta el dinero, ¿a que sí? No quiero volver a oírte decir esas tonterías de que no lo vas a aceptar.

Se fue, cerrando la puerta sin hacer ruido al salir.

Mujer que llora de Pablo Picasso

Octavia E. Butler (EUA, 1947-2006).

El de Octavia E. Butler es uno de los nombres más destacados del género de la Ciencia ficción, entre otras cosas por ser la primera mujer en recibir el premio Genius, uno de los más importantes de este género literario.

Nació en Pasadena, California, el 22 de junio de 1947. Su padre falleció cuando ella era pequeña y se crio con su madre y su abuela, sufriendo las consecuencias de pertenecer a una familia negra matriarcal, y llegando a ser muy consciente de la discriminación a la que su comunidad era sometida.

Esta discriminación también la experimentó en la lectura, donde no encontraba personajes afroamericanos con los que sentirse identificada. Esto la llevó a escribir historias que cambiaran esta peculiaridad de la literatura, para darle a las personas negras la posibilidad de sentirse identificadas con los personajes principales de una historia.

Una anécdota que se ha hecho famosa acerca de sus orígenes literarios dice que cierta vez, cuando tenía poco más de diez años, estaba mirando una película de Ciencia ficción bastante mala, y se dijo que ella podía escribir una historia mejor. Apagó la tele y se puso a escribir. Octavia contaba esta anécdota rematándola de forma rotunda: «he estado escribiendo ciencia ficción desde entonces».

La obra de Octavia Butler se enmarca en el género de la Fantasía y la Ciencia ficción de corte afrofuturista, y se encuadra en varias series, las cuales, de alguna forma, se encuentran interconectadas. Entre sus títulos más famosos se encuentran Amanecer, Ritos de madurez, La Parábola del Sembrador e Hija de sangre y otros relatos.

La esclavitud y la opresión sexual son dos de los temas que atraviesan la dinámica de su obra. Butler estaba convencida de que es importante que la gente piense qué sucede en el corazón de una persona cuando siente que toda la sociedad está en su contra. La lucha de clases también está presente en sus novelas, y es abordada desde las cuestiones sociales y religiosas.

Butler falleció el24 de febrero de2006 a los 58 años de un accidente cerebrovascular.

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