Yo soy el Negro Pablo, ¿me entendés, mascapito?5 min de lectura

Caliche Caroma

En una sola sentada (con breves visitas al baño y un poco de enteógenos) se pueden ver los 11 capítulos de Okupas, la miniserie argentina que recién se reestrenó en Netflix, su verdadero estreno fue en el año 2000, producción de Ideas del Sur, para Canal 7. Asistimos a las aventuras de cuatro jóvenes sin futuro y un perro pulgoso que hacen lo que tienen que hacer para sobrevivir en una sociedad en crisis económica y espiritual. El director Bruno Stagnaro supo plasmar con maestría (¡ídolo!) el colapso de un país que bien pudo haber sido México después de 1996 o Chile en 2020. Básicamente, se trata de la amistad, ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar por tus amigos? De la cocaína a las despedidas bajo la lluvia, “re groso” con un mate en miércoles.

Te la cuento así nomás: Ricardo Riganti (Rodrigo de la Serna) es un don nadie de clase media al que su prima le encarga una casa que acaba de ser desalojada. En su primera noche como portero/velador las cosas se ponen medio feas y Riganti tiene que pedir ayuda a un paseador de perros del barrio, Walter (Ariel Staltari), para sacar a unos inquilinos (los Peralta) que hacen tremendo boquete para ocupar la casa que le encargaron a Ricardito. No les sale la defensa de la vivienda y un viejo amigo aparece inesperadamente para ayudarlo, pero El Pollo (Diego Alonso) no llega solo, lo acompaña El Chiqui (Franco Tirri), al que también le dicen El Oso, su segundo apodo. Así comienza esta amistad, improvisada, como corresponde a las mejores cosas de la vida: “No hay nada que sea ni absolutamente bueno ni absolutamente malo”.

La forma en que fue realizada Okupas recuerda a la estética y temática de películas como Baise-moi (Virginie Despentes) y Los Idiotas (Lars von Trier), una juventud marginal que impacta por su brutalidad, más cruda que el sushi, las esperanzas no caben en esta morada destartalada. La dirección de arte es de Sebastián Roses, muy atinada para “la poca guita” que tuvo de presupuesto la miniserie. En voz de su productor Marcelo Tinelli: “Okupas es una ficción experimental, una ficción con un tratamiento diferente de la imagen”. Bruno Stagnaro comenta que “no sé bien dónde ubicar el tono de esta miniserie, en el camino entre el drama y de momentos algunas cosas de comedia”. El guion se fue armando conforme los capítulos avanzaban, y corrió a cargo de Alberto Muñoz, Esther Feldman y el mismo Bruno Stagnaro.

Miniserie de culto que antes sólo se podía ver en muy mala calidad por Youtube, hoy la tenemos en la plataforma de la ene escarlata, entre tanta porquería, demasiada basura que hay en Netflix, a veces se encuentran tesoros. Pasa como en la escena en donde Sofía (Rosina Soto), la hija de Peralta, lleva a Ricardo por los sótanos de la casa, pasando por un lago de mierda, hasta llegar a un altar en donde hay una virgen que se apareció en el musgo: “hay que tener los ojos bien abiertos para mirar bien”. Así encontramos Okupas, entre la basura del monopolio del cine y las series. ¿Cuánto tiempo durará arriba?

Todos los personajes están muy bien logrados, “¿quién es el más poronga de este conventillo de mierda?”, pero el que le pondrá pimienta y sal al guiso es El Negro Pablo, el más malo de la historia: “Despacio y con saliva, el elefante la coge a la hormiga”. Poco a poco se van trazando los rasgos de este villano de dimensiones bárbaras para el desarrollo de Okupas, hasta que en el capítulo cuatro, “El beso de Judas”, la cosa se pone realmente fea y conocemos de qué es capaz El Negro Pablo, que además de vender droga, ser un proxeneta y lumpen de lujo, es decir, el capo de capos, le quiere dar por el orto a Ricardito. “Yo soy el Negro Pablo, ¿me entendés, mascapito?”.

Y hasta ahora no se ha dicho nada de la banda sonora, el tema de la entrada es buenísimo, creado por Axel Krygie, uno no se salta el intro sólo para escuchar ese tema pegajoso, luego vienen canciones de Almendra, Pescado Rabioso, Sui Generis, Los Abuelos de la Nada, Sumo, Bauhaus, The Rolling Stones, Mano Negra, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, etcétera y faso. Un dato más o menos importante es que se cambió parte del soundtrack para el reestreno en Netflix. Rolingas y salames. Ricardo toca la guitarra de oído, rockero frustrado, y en uno de los capítulos obliga a unos desafortunados músicos a tocar la quinta de Mahler dentro de un baño público. 

A más de veinte años de su estreno, Okupas no se siente ni antigua ni vieja, todo lo contrario, tiene una actualidad de miedo, poco ha cambiado este mundo, y ese cambio ha sido en sentido negativo. Véanla con un alfajor:

—Che, ¿y con el huevo qué hacemos?

—¿Qué huevo?

—El que me chupas.

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