La mujer en la ventana6 min de lectura

Horacio Cano Camacho

Como debemos cuidarnos mucho estos días pues la pandemia no ha terminado y miro a la gente demasiado relajada, hoy les propongo ver una película, que además está basada en un libro que también les sugiero lean. A pesar de que la “cinta” (así le seguimos diciendo los ya vacunados, si bien, ya no son cintas de película) es una muy buena adaptación del libro, es una obra por si misma y debe verse en ese contexto.

Se trata de La mujer en la ventana, película norteamericana distribuida por Netflix y dirigida por Joe Wrigt (EUA, 2021), basada en el libro homónimo de A.J. Finn, seudónimo de Daniel Mallory (Ed. Grijalbo, 2018), con Amy Adams, Julianne Moore, Gary Oldman, Jennifer Jason Leigh, entre otros de un destacado reparto, que hay que decirlo, le dan soporte a la historia a pesar de que sus papeles son muy pequeños y sólo aparecen por segundos. La presencia de Jennifer Jason Leigh, por ejemplo, a los de nuestra generación nos remite inevitablemente a los thrillers psicológicos o al cine de terror de los años 70.

Anna Fox (Amy Adams) es una psicóloga infantil que vive confinada en su departamento en Nueva York, pues sufre de un caso severo de agorafobia. Luego de un intento de suicidio, el teléfono y los enormes ventanales de su casa son realmente el único contacto con el mundo. Estos dos recursos le permiten comunicarse con su psiquiatra, su familia, cubrir sus necesidades materiales y, las ventanas, la forma exclusiva de “participar” de la comunidad.

A. J. Finn

Mirar la vida de los demás parece ser un avance en su fobia, celebrado como tal por su psiquiatra, sin embargo, una curiosidad por los otros puede esconder algo más turbio, como podremos entender luego. Anna mira que la casa de enfrente ha sido ocupada por una nueva familia, los Russell y por su agente inmobiliaria sabe que se trata de un alto ejecutivo de un banco que ha sido trasladado de Boston a Nueva York. Un día, recibe la visita de Ethan, hijo del matrimonio Russell, quien le lleva un regalo de “buenos vecinos”. Anna observa cierto comportamiento extraño en el joven y a partir de allí comienzan a suceder cosas extrañas, que trastocan la vida, de por sí anómala de Anna para tornarla en una pesadilla.

Anna Fox, a través de la ventana, es testigo de un crimen cometido en la casa de los Russell…

Pero Anna está enferma, y de uno de los mayores estigmas sociales, está dañada de sus emociones. Para complicar el asunto y contra las indicaciones del médico, ella abusa del vino, vive sola. Para el resto del mundo está loca, de manera que ni la policía, ni sus pocos conocidos creen en ella.

Hasta aquí parecería ser un thriller psicológico al uso, con todos los elementos cliché del género: mujer sola con asesino al acecho, atestigua un delito, nadie le cree, ella misma es un desastre y no hay manera de ayudarle. Otro factor que opera en su contra hasta aquí es el peso enorme de otra película, ya un clásico del terror psicológico de todos los tiempos: La obra maestra de Alfred Hitchcock La ventana indiscreta (1954), con la que la comparamos sin escape, incluso en “refritos homenaje” (de los que hay varios) como Doble de cuerpo de Brian De Palma (1984).

Pero tanto el libro como la película son mucho más que una recreación de una historia ya contada. Si bien el argumento tiene puntos de encuentro con el film de Hitchcock, incluso en el uso de la cámara “punto de vista”, aborda muy bien el caso de una mujer al borde del colapso, víctima de su propia historia. El ambiente no es un simple decorado, su departamento, en especial las ventanas, las escaleras laberinticas y la cocina, donde pasa sus días, van cambiando, como también cambia la iluminación, ajustandose a sus estados emocionales, cambio no real por supuesto, pero que si crea un ambiente alucinatorio muy útil para meternos en la mente de la protagonista. Anna Fox tiene todo para ser una narradora no fiable de hechos que supuestamente pasan más allá de donde ella se atreve a estar. No es simplemente una fisgona o voyeurista juguetona como en las películas con las que innevitablemente se le compara y los flashbacks vertiginosos a lo largo de toda la historia, nos van indicando que allí algo no está nada bien…

No quiero contarles más, no es una historia lineal, no es exactamente un homenaje ni un refrito, pero crea una atmósfera muy interesante en estos tiempos, sobre todo si somos de los privilegiados que pudimos quedarnos en casa y llevamos más de un año viendo la vida pasar por la ventana (la real y la virtual) y de alguna manera hemos intentado comprenderla a través de este pequeño espacio. Confieso que he conocido más a mis vecinos mirandolos por esta rendija. He visto a los del club del camellón (hombres), esos que salen a la calle para hablar por teléfono durante horas de ir y venir por el sendero, buscando tal vez una intimidad que perdieron, o a los adolescentes que intentan encontrar el romance a dos metros de distancia y (en ocasiones), con la cara cubierta; a parejas que en automoviles claramente dan la sensación de amores clandestinos y yo, por momentos tratando de imaginar como serán o son su vidas.

Lean también el libro. Llegó precedido de todo un escandalo. Un primer libro de un joven que se inventó toda una historia alrededor, en la que luego quedó atrapado, pero que logró que editoriales y productores cinematográficos se pelearan la novela meses antes de salir es una historia en sí misma, de esas que nos presenta actos que la gente a veces se siente precisada a realizar con tal de tener éxito.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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