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Livier Fernández Topete

El mundo de los sueños está rodeado de tentáculos puntiagudos o algodonados, están hechos de nuestros miedos, deseos y de sustancia innombrable e inaccesible, algunos quedan en la memoria, otros son nube borrosa que deja una lluvia de sensaciones, otros más, misterio que se desvanece.

Hay ensoñaciones hechas de pensamiento colectivo, las hay de entramado totalmente subjetivo, híbridas, lúcidas, vívidas, húmedas o heladas.

Nosotros estamos hechos de otro tipo de sueños y los sueños están hechos de nosotros pero no sólo de eso, sino de algo más que sólo ellos conocen y traman entre el cinismo, la burla, la trampa, la piedad, la complacencia y la confidencia.

Un lienzo en blanco abre nuestra mente cada noche, trazamos pinceladas oníricas o nos dejamos pintar por el gran artista del inconsciente. Preparamos sin saberlo la urdimbre para un telar en el que se formará el tejido de las apetencias, los temores, las conciliaciones y extrañezas.

Los sueños dicen con figuras y desfiguros, adivinan, condenan, compensan pero nunca disimulan; su voz es sonora aunque fuera código por descifrarse; su savia nutre y nos deja la huella de una llave que será arrojada al vacío con o sin consciencia. Sueños como obturador para encender la nostalgia, palanca para elevar la imaginación, mensaje para compartir con su buena dosis de enmienda, secreto que se atesora bajo las mantas de la cama y de la piel para las mejores noches de insomnio.

Tomada de la red, autor desconocido.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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