Materia oscura: El extraño viaje de Richard Calyton26 min de lectura

Robert Bloch

Richard Clayton extendió los brazos hasta quedar como un buceador en espera de sumergirse en el azul desde un elevado trampolín. En realidad, era un buceador. Su trampolín era una plateada nave espacial, e intentaba sumergirse, no lanzándose hacia abajo, sino elevándose hacia el cielo azul. El salto no era de veinte o treinta pies…, sino de millones de millas. Respiró profundamente el hinchado y enguatado científico, alzó sus manos hacia la fría palanca de acero, cerró los ojos y tiró. La palanca se movió hacia abajo.

Durante unos instantes no ocurrió nada.

Luego, una repentina sacudida arrojó a Clayton al suelo. ¡El  Future  estaba moviéndose! Las  alas  de  un  pájaro  batiendo  mientras  el  animal  se  remonta…,  una  polilla zumbando al volar…, el temblor detrás de unos músculos en tensión.

La nave espacial Future vibraba de un modo absurdo. Iba de un lado a otro, y las vibraciones  sacudían  las  paredes  de  acero.  Richard  Clayton  se  puso  en  pie  con trabajo, se frotó la lastimada frente y avanzó tambaleándose hacia su pequeña litera.

La nave estaba moviéndose, pero seguía vibrando. Clayton miró el tablero de mandos y exclamó:

«¡Dios mío! ¡Se ha roto!».

Era cierto. La sacudida había roto el tablero de mandos. El cristal había caído al suelo, y los discos giraban locamente sobre la desnuda superficie del tablero.

Clayton  se  sentó,  desesperado.  Aquello  era  una  grave  tragedia.  Su  pensamiento retrocedió  seis  lustros,  hasta  la  época  en  que,  siendo  un  chiquillo  de  diez  años,  se habla sentido impresionado por el vuelo de Lindberg. Recordó sus estudios y cómo habla  utilizado  el  dinero  de  su  padre  millonario  para  perfeccionar  una  máquina voladora que pudiera cruzar el espacio.

Durante  años  enteros,  Richard  Clayton  habla  trabajado  y  soñado  y  proyectado. Estudió  a  los  rusos  y  a  sus  cohetes;  organizó  la  Fundación  Clayton,  y  contrató mecánicos, matemáticos, astrónomos e ingenieros para que trabajasen con él.

Luego  se  había  producido  el  descubrimiento  de  la  energía  atómica,  y  el  Future había sido construido. El Future era una cápsula de acero y duraluminio, sin ventanas y  aislada  por  un  procedimiento  secreto.  En  la  diminuta  cabina  había  tanques  de oxígeno, alimentos en forma de pastillas, excitantes químicos, una instalación de aire acondicionado… y lugar suficiente para que un hombre pudiera dar seis pasos.

Era  una  pequeña  celda  de  acero;  pero  en  ella,  Richard  Clayton  se  proponía realizar sus ambiciones. Ayudado en su ascensión por cohetes que le empujarían más la de la fuerza de gravedad de la Tierra, volaría por medio de la propulsión nuclear hasta llegar a Marte y regresar.

Tardaría diez años en llegar a Marte; y otros diez años en regresar. La velocidad sería de mil millas por hora. No se trataba de un viaje ideal «a la velocidad de la luz», sino de un lento y desagradable viaje, científicamente calculado. Los mandos estaban instalados de modo que Clayton no tenía necesidad de pilotar su nave. Todo era automático.

«Pero, ¿y ahora qué?», se dijo Clayton, contemplando el destrozado tablero.

Había perdido contacto con el mundo exterior. Estaría incapacitado para leer su progresión en el tablero, incapacitado para calcular el tiempo, y la distancia, y la dirección. Tendría que permanecer sentado allí durante diez, veinte años…, completamente solo en una pequeña cabina. No había espacio para libros, o periódicos, o juegos que pudieran entretenerle. Era un prisionero en la negra bóveda del espacio.

La Tierra había quedado ya muy lejos debajo de él; no tardaría en ser una bola de fuego verde, más pequeña que la bola de fuego rojo que tendría delante: Marte.

El aeródromo se había llenado de gente deseosa de presenciar su despegue; su ayudante Jerry Chase se había encargado de mantener el orden. Clayton imaginó a aquella multitud contemplando a su brillante cilindro de acero mientras surgía del humo gaseoso de los cohetes y se precipitaba hacia el cielo como una bala de cañón.

Luego, su cilindro se había desvanecido en el azul y la multitud se habría dispersado. Pero él se había quedado allí, en la nave…, para permanecer durante diez, veinte años… Sí, se había quedado, pero, ¿cuándo cesaría aquello? El estremecimiento de las paredes y del suelo resultaba insoportable; ni él ni los expertos habían previsto aquel problema. El temblor se transmitía a su cuerpo, a su cerebro. ¿Y si no cesaba, si duraba todo el viaje? ¿Cuánto tiempo podría resistirlo sin enloquecer?

Podía pensar. Clayton se tendió en su litera y recordó: rememoró todos los detalles de su existencia, desde que nació hasta el momento que vivía. Pero agotó todos los recuerdos en un espacio de tiempo demasiado breve.

«Puedo hacer ejercicio», dijo en voz alta.

Se levantó del camastro y paseó por la cabina: seis pasos en una dirección, seis pasos en otra. Se cansó de pasear. Suspirando, Clayton se acercó al lugar donde estaban almacenadas las cápsulas alimenticias.

«Ni siquiera puedo matar el tiempo comiendo —murmuró tristemente—. Sólo tragar una cápsula, y ya está».

La vibración continuaba. Resultaba enloquecedora. Clayton volvió a tenderse en el camastro. Dormiría. Dormiría, si podía lograrlo en medio de aquel movimiento. Apagó la luz. Sus pensamientos volvieron a su extraña situación; un prisionero en el espacio. En el exterior, los planetas giraban y giraban, y las estrellas parpadeaban en la  inmensa  negrura  de  la  Nada  espacial.  Y  allí  estaba  él,  seguro  y  cómodo  en  una cámara vibratoria, a cubierto del terrible frío, sometido a una espantosa vibración.

Sin embargo, tenía sus compensaciones. En el viaje no habría periódicos que lo atormentaran con los relatos del hombre enemigo del hombre; ni estúpidos programas de radio o de televisión que aburrieran. Sólo la maldita omnipresente vibración…

Clayton durmió, moviéndose a través del espacio.

Cuando  despertó  no  había  luz.  Allí  no  se  sucedían  los  días  y  las  noches. Únicamente él y la nave, en el espacio. Y la vibración continuaba, destrozándole los nervios con su incesante golpear contra el cerebro. Las piernas de Clayton temblaban cuando se levantó y fue a buscar las píldoras alimenticias.

Luego,  se  sentó  y  empezó  a  sufrir.  Una  terrible  sensación  de  soledad  estaba empezando a invadirle. Absolutamente aislado allí…, desconectado de todo. No tenía nada  que  hacer.  Su  situación  era  peor  que  la  de  un  preso  en  reclusión  solitaria.  El preso  tenía  una  celda  más  amplia,  un  soplo  de  aire  fresco,  un  rayo  de  sol,  y  el vislumbre de un rostro ocasional.

Clayton había pensado en sí mismo como en un misántropo. Ahora, anhelaba ver otro  rostro.  A  medida  que  transcurrían  las  horas,  sus  ideas  se  hacían  más  raras.

Deseaba ver vida, en alguna forma: hubiera dado una fortuna por la compañía de un insecto  en  su  calabozo  volante.  El  sonido  de  una  voz  humana  le  hubiera  producido una gran felicidad. ¡Estaba tan solo!

Nada  que  hacer  sino  soportar  la  vibración,  dar  el  brevísimo  paseo,  tragar  sus píldoras, intentar dormir. Nada en qué pensar. Clayton empezó a desear que llegara el momento  en  que  sus  uñas  necesitaran  ser  cortadas;  podría  alargar  la  tarea  durante horas enteras.

Examinó sus ropas minuciosamente, contempló su rostro barbudo en el pequeño espejo. Escrutó todos los artículos de la cabina del Future. Y no logró cansarse lo suficiente para volver a dormir. Sentía un dolor continuo de cabeza. Por fin consiguió cerrar los ojos y sumirse en una especie de modorra, interrumpida por repentinos sobresaltos.

Cuando se levantó y encendió la luz, hizo un horrible descubrimiento. Había perdido el sentido del tiempo.

«El  tiempo  es  relativo»,  le  habían  dicho  siempre. 

Y  ahora  comprobaba  que  era cierto. No tenía nada para medir el tiempo: ningún reloj, ningún vislumbre del sol o de  la  luna,  o  de  las  estrellas,  ninguna  actividad  regular.  ¿Cuánto  hacía  que  había iniciado aquel viaje? Por mucho que lo intentó, no pudo recordarlo. ¿Había comido cada seis horas? ¿O cada diez? ¿O cada veinte? ¿Había dormido una  vez  cada  día?  ¿Una  vez  cada  tres  o  cuatro  días?  ¿Con  cuánta  frecuencia  había paseado?

Sin ningún instrumento para situarse a sí mismo, estaba completamente perdido.

Tragó sus píldoras en una especie de pasmo mental, tratando de no pensar en el estremecimiento que llenaba sus sentidos. Era terrible. Si perdía la noción del Tiempo, no tardaría en perder la noción de su propia identidad. Enloquecería. Solo, atormentado en una pequeña celda, tenía que aferrarse a algo. ¿Qué era el Tiempo?

No quería pensar en ello. No quería pensar en nada. Tenía que olvidar el mundo que había dejado, si no quería que los recuerdos le enloquecieran.

«Tengo miedo —murmuró—. Miedo de estar solo en la oscuridad. Puedo haber pasado la luna. Puedo estar a un millón de millas de la Tierra… o a diez millones».

Clayton se dio cuenta de que estaba hablando consigo mismo. Aquello era locura. Pero no podía evitarlo, del mismo modo que no podía evitar la terrible vibración que le rodeaba.

«Tengo miedo —dijo, con una voz que resonó profundamente en la pequeña cabina—. Tengo miedo. ¿Qué hora es?».

Se quedó dormido, murmurando, y el tiempo fue deslizándose.

Clayton despertó con nuevas energías. Pensó que había perdido el equilibrio. La presión exterior, a pesar de la compensación, había afectado a sus nervios. El oxígeno le había aturdido, y la alimentación a base de píldoras había contribuido a aumentar su malestar. Pero la debilidad ya había pasado. Sonrió, paseó un poco. Luego, los pensamientos volvieron a inquietarle. ¿Qué día estaba viviendo? ¿Cuántas semanas habían transcurrido desde que despegó? Tal vez hacía meses; un año, dos años. Todo lo de la Tierra parecía muy lejano; casi parte de un sueño. Se sentía más cerca de Marte que de la Tierra; empezaba a «anticipar», en vez de mirar atrás.

Durante una temporada había obrado maquinalmente. Habla encendido y apagado la luz cuando era necesario, tragado píldoras por costumbre, había atendido al sistema de ventilación de un modo inconsciente.

Richard Clayton fue olvidándose de sí mismo. Asimiló el torturante zumbido hasta convertirlo en un dolor que le decía que estaba viajando a través del espacio en un proyectil plateado. Pero no significaba nada más. Clayton había dejado de hablarse, se había olvidado de todo. Sólo soñaba en Marte. Cada sacudida de la nave susurraba: «Marte… Marte… Marte».

Sucedió algo maravilloso. Aterrizó. La nave picó, temblando. Cortó suavemente la gaseosa envoltura del planeta rojo. Durante cierto tiempo, Clayton había notado la atracción de una fuerza de gravedad, y supo que los instrumentos automáticos de su nave estaban disminuyendo las descargas atómicas y utilizando la atracción gravitatoria natural del propio Marte.

La nave aterrizó y Clayton abrió la puerta. Rompió los precintos y salió al exterior. Saltó suavemente sobre la hierba de color púrpura. Su cuerpo era ahora libre, ligero. Allí había aire fresco, y la luz del sol parecía más fuerte, más intensa, a pesar de las nubes que velaban el brillante globo.

A lo lejos se alzaban los bosques, verdes bosques con la vegetación púrpura entre los  árboles.  Clayton  avanzó  hacia  ellos.  El  primer  árbol  tenía  unas  ramas  que  se inclinaban hacia el suelo como dos extremidades.

¡Y eran extremidades! Dos brazos verdes que agarraron a Clayton y lo acercaron al oscuro tronco. Desde allí pudo contemplar las excrecencias de color púrpura que surgían de entre las hojas.

Las excrecencias de color púrpura eran… cabezas. Diabólicos  rostros  de  color  púrpura  le  contemplaban  con  ojos  carroñosos  como hongos muertos. Cada uno de los rostros estaba arrugado como una coliflor de color púrpura,  pero  debajo  de  la  masa  pulposa  había  una  gran  boca.  Todos  los  rostros púrpura  tenían  una  boca  púrpura,  y  de  todas  las  bocas  púrpura  goteaba  sangre.  Los brazos  del  árbol  le  apretaron  un  poco  más  contra  el  tronco,  y  uno  de  los  rostros púrpura —un rostro de mujer— estaba acercándose a él.

Clayton  luchó,  pero  los  brazos  del  árbol  le  mantenían  firmemente  sujeto  y  el rostro llegó, frío como la muerte. Su helada llama atravesó todo su ser, ahogando sus sensaciones.

En  aquel  momento,  Clayton  despertó  y  supo  que  todo  había  sido  un  sueño.  Su cuerpo estaba empapado en sudor. Esto le hizo adquirir consciencia de su existencia.

Avanzó hacia el espejo, tambaleándose.

Una  sola  mirada  bastó  para  hacerle  retroceder,  horrorizado.  ¿Formaba  también esto parte de su sueño?

En el espejo, Clayton había visto reflejado el rostro de un hombre viejo. Un rostro arrugado, de demacradas mejillas. Pero lo peor eran los ojos: Clayton ni siquiera los reconoció. Rojizos, y profundamente hundidos en unas huesudas cuencas, ardían con una salvaje expresión de horror. Clayton tocó su rostro, vio la mano veteada de venas azules alzarse en el espejo y correr a través del pelo gris.

Recobró en parte el sentido del tiempo. Llevaba años enteros en la nave. ¡Años! ¡Estaba envejeciendo!

Desde luego, aquel género de vida había influido en el proceso, pero, con todo, tenía que haber transcurrido largo tiempo. Clayton supo que pronto llegaría al final de su viaje. Quería llegar antes de sufrir otra pesadilla. A partir del momento, la lucidez y  la  reserva  física  tendrían  que  luchar  contra  el  invisible  enemigo  del  Tiempo.

Retrocedió  hasta  su  camastro,  mientras  el  Future,  tembloroso  como  un  metálico monstruo volador, se precipitaba en la negrura del espacio interestelar.

Estaban  golpeando  la  parte  exterior  de  la  nave,  manos  de  hierro  aporreaban  la puerta.  Los  negros  monstruos  de  metal  entraban  pesadamente  con  su  amenaza  de hierro. Sus rostros severos, acerados, eran inexpresivos cuando agarraron a Clayton, uno por cada brazo, y le obligaban a andar. Le arrastraron a través de la plataforma, andando  rápidamente,  y  le  obligaron  a  subir  a  la  gran  torre  metálica.  Clang,  clang, clang, resonaron los pies de metal, mientras subían la escalera de la torre.

Era una escalera de caracol que parecía no tener fin; pero los monstruos de metal no se cansaban. Sus rostros permanecían impasibles, y el hierro no suda. Clayton, en cambio, estaba completamente agotado cuando le arrastraron hasta la Presencia, en la estancia de la torre. La voz metálica zumbó, mecánicamente, como un disco rayado.

Le… encontramos… en… un… pájaro…, oh… Maestro. Está… hecho… de blan… dura. Tiene… una… rara… clase… de… vida. Un… a… ni… mal.

Y luego la retumbante voz desde el centro de la estancia de la torre.

Tengo hambre.

Levantóse  de  un  trono  de  hierro  el  Maestro.  Una  gran  trampa  de  hierro,  con mandíbulas  de  acero,  como  las  de  una  excavadora  mecánica.  Las  mandíbulas  se abrieron, y los horribles dientes brillaron. Una voz surgió de las profundidades.

Alimentadme.

Los brazos de hierro arrastraron a Clayton hasta las mandíbulas del monstruo. Las mandíbulas se cerraron, con un horrible crujido de huesos…

Clayton  se  despertó  gritando.  El  espejo  brilló  cuando  sus  temblorosas  manos hubieron  encontrado  el  interruptor  de  la  luz.  Clayton  contempló  el  rostro  de  un hombre  viejo,  con  el  pelo  casi  completamente  blanco.  Estaba  envejeciendo rápidamente. Y se preguntó si su cerebro lo resistiría.

Tragó  sus  píldoras,  dio  un  corto  paseo,  escuchó  la  vibración,  renovó  el  aire,  se tendió en la litera. No podía hacer otra cosa… sino esperar. Esperar en una cámara de tortura vibratoria, durante horas, días, semanas, años, siglos.

Y  a  intervalos,  un  sueño.  Aterrizó  en  Marte,  y  los  fantasmas  surgieron  de  una niebla  gris.  Eran  formas  en  la  niebla,  como  viscosos  ectoplasmas,  y  Clayton  veía  a través de ellos. Y sus voces eran leves susurros en su alma.

«Aquí está la vida —susurraban—. Nosotros, las almas de los que hemos cruzado el  vacío  muertos,  esperábamos  la  vida  para  darnos  un  festín.  Y  ahora  vamos  a tenerlo».

Y  le  envolvieron  en  sus  vestiduras  grises,  y  sorbieron  su  sangre  con  sus  bocas grises, ávidas…

En otra ocasión aterrizó en el planeta y no había nada en él. Absolutamente nada. El  suelo  era  árido  y  se  extendía  interminablemente  en  todas  direcciones.  No  había cielo ni sol.

Puso un pie en el suelo, cautelosamente. Y se hundió en la nada. La nada vibraba, lo mismo que el Future, y le estaba engullendo. Estaba hundiéndose en una profunda sima sin paredes, y el olvido se cerraba a su alrededor…

Al despertar de este último sueño, Clayton se miró al espejo. Sus piernas estaban débiles y sus manos temblaban como las de un anciano. Contempló el rostro que se reflejaba en el espejo: el rostro de un hombre de setenta años.

«¡Dios  mío!»,  murmuró.  Era  su  propia  voz…  el  primer  sonido  que  oía  desde hacía… ¿cuánto tiempo? ¿Cuántos años? ¿Cuánto hacía que no oía nada, aparte de la diabólica  vibración  de  la  nave?  ¿Hasta  dónde  había  llegado  el  Future?  Era  ya  un hombre viejo.

Una terrible idea cruzó por su cerebro. Tal vez algo había funcionado mal. Tal vez los  cálculos  eran  erróneos,  y  estaba  moviéndose  en  el  espacio  con  demasiada lentitud. Tal vez no llegara nunca a Marte. Luego —era una espantosa posibilidad—, pensó que había sobrepasado Marte, que estaba hundiéndose en las bóvedas vacías, más allá del planeta.

Tragó sus píldoras y se tendió en la litera. Se sentía un poco más tranquilo; tenía que estarlo. Por primera vez en muchísimo tiempo, recordaba la Tierra.

¿Y  si  hubiese  sido  destruida?  ¿Asolada  por  la  guerra,  la  peste  o  la  epidemia mientras él estaba fuera? ¿O arrasada por un meteoro errante? Se sintió asaltado por unas ideas fantásticas… ¿Y si unos invasores cruzaban el espacio para conquistar la Tierra, del mismo modo que él lo estaba cruzando para dirigirse a Marte?

Pero era absurdo preocuparse por todo aquello. El problema consistía en alcanzar su  propio  objetivo.  Y  para  alcanzarlo,  no  podía  hacer  otra  cosa  más  que  esperar conservando la vida y la lucidez el tiempo suficiente para lograr sus propósitos. En el vibratorio  horror  de  su  celda,  Clayton  reunió  sus  escasas  energías  para  adoptar  una firme resolución: viviría, y cuando aterrizara vería Marte. No le importaba morir en el largo camino de regreso: viviría hasta que su objetivo se hubiera cumplido. A partir de aquel momento lucharía contra los sueños. A pesar de la infernal vibración de su pequeña cárcel, viviría.

Llegaron unas voces procedentes del exterior de la nave. Los fantasmas aullaron, en las oscuras profundidades del espacio. Llegaron visiones de monstruos y sueños de  tortura,  y  Clayton  los  rechazó  todos.  Cada  hora,  o  día,  o  año  —le  era  imposible medirlo—, Clayton conseguía arrastrarse hasta el espejo. Y siempre le mostraba que estaba envejeciendo rápidamente. Su pelo, blanco como la nieve, y las arrugas de su rostro  le  daban  un  aspecto  de  increíble  senilidad.  Pero  estaba  vivo.  Era  demasiado viejo  para  seguir  pensando,  y  estaba  demasiado  cansado.  Se  limitaba  a  vivir  —a vegetar— como una planta.

Al principio no se dio cuenta. Estaba tendido en su litera, con los ojos cerrados, sumido  en  una  intensa  modorra.  Súbitamente,  notó  que  la  vibración  había  cesado.

Clayton  pensó  que  había  estado  soñando  de  nuevo.  Se  frotó  los  ojos,  sacudió  la cabeza… No: el Future estaba inmóvil. ¡Había aterrizado!

Clayton  temblaba  inconteniblemente.  Era  la  consecuencia  de  años  de  vibración; años de aislamiento sin más compañía que sus descabellados pensamientos. Apenas podía sostenerse en pie.

Pero, habla llegado el momento. Lo que había esperado durante diez largos años. No,  tenían  que  haber  sido  muchos  más  años.  Pero  podría  ver  Marte.  Lo  había conseguido. ¡Había realizado lo imposible! Era  un  pensamiento  estimulante.  Y  le  infundió  fuerzas  para  arrastrarse  hasta  la puerta: la puerta sellada. Junto a ella había una palanca.

Su  envejecido  corazón  latió  excitadamente  mientras  empujaba  la  palanca  hacia arriba. La puerta se abrió…, la luz del sol y el aire penetraron en la cabina. La luz le hizo parpadear, y el aire oprimió sus pulmones. Sus pies se arrastraron… Clayton cayó en los brazos de Jerry Chase.

Clayton  no  sabía  que  era  Jerry  Chase.  No  sabía  ya  nada.  La  prueba  había  sido demasiado fuerte.

Chase se quedé mirando el debilitado cuerpo que tenía en los brazos.

—¿Dónde está Mr. Clayton? —murmuró—. ¿Quién es usted?

Miró fijamente el envejecido y arrugado rostro.

—¡Dios  mio!  ¡Es  Mr.  Clayton!  —exclamó—.  Mr.  Clayton,  ¿qué  le  sucede?  El sistema  de  propulsión  se  averió  cuando  puso  usted  en  marcha  la  nave,  pero  las descargas  atómicas  no  se  interrumpieron.  La  nave  no  despegó  siquiera,  pero  la violencia de las descargas nos impidió acercarnos hasta ahora. Hace unos instantes cesaron  las  sacudidas,  pero  no  hemos  perdido  de  vista  al  Future,  ni  de  día  ni  de noche. ¿Qué le ha sucedido, Mr. Clayton?

Los  apagados  ojos  azules  de  Richard  Clayton  se  abrieron.  Su  marchita  boca susurró débilmente:

—He…,  he  perdido  la  noción  del  tiempo.  ¿Cuánto…,  cuánto  he  estado  en  el Future?

El  rostro  de  Jerry  Chase  estaba  muy  serio  cuando  miró  de  nuevo  al  anciano  y respondió, en voz baja:

—Sólo una semana.

La muerte vidrió los ojos de Richard Clayton: el largo viaje había terminado.

Robert Bloch (EUA, 1917-1994).

Una mujer desnuda bajo la ducha. Una sombra tras las cortinas. Un cuchillo. El grito. El cuchillo baja una y otra vez… La sangre se escurre lentamente por el desagüe… Nadie olvida la célebre secuencia de Psicosis, en la que la aparente protagonista es asesinada a los pocos minutos por un travestido Norman Bates. La perdurabilidad de la película de Hitchcock ha llegado a convertirse en una losa sobre el autor de la novela original, Robert Bloch, creador de una obra mucho más amplia y que, desde su estreno, ha visto impuesta en sus portadas la cansina coletilla de por el autor de Psicosis, aunque no fuera esta historia de ningún modo el inicio de su carrera como escritor

Bloch publicó su primer relato, Lilies, en 1934 en la revista amateur Marvel Tales. El joven Bloch era un entusiasta atraído por los temas fantásticos desde que, a la edad de nueve años, contemplara a Lon Chaney interpretar la versión muda de El fantasma de la Ópera. Este feliz descubrimiento se vería reforzado pronto con la lectura de Edgar Allan Poe y la revista Weird Tales, en especial de las poderosas fantasías de H. P. Lovecraft, con el que empezó a cartearse siendo todavía un adolescente.

Era inevitable que el novel escritor resultara deslumbrado por el maestro y muy pronto fue absorbido en el llamado Círculo de Lovecraft. De cualquier forma, sus relatos más recordados del ciclo son, hoy en día, los que protagonizaron un curioso juego literario con el mismo Lovecraft.

En 1935 Robert Bloch publicó en Weird Tales The smahbler from the stars, donde un místico de Providence, fácilmente identificable como Lovecraft, tiene un horrible final tras recitar imprudentemente un pasaje de De mervies mysteriis. Antes de ofrecer el relato a la revista, Bloch había tomado la precaución de solicitar el permiso de Lovecraft para matarle, a lo que éste accedió con muy pocos reparos, incluso por escrito:

A quien corresponda:

Certifico que Robert Bloch (…) queda plenamente autorizado para retratar, matar, aniquilar, desintegrar, transfigurar, metamorfosear o bien maltratar al abajo firmante en el cuento titulado The smahbler from the stars.

Pese a esta autorización, Lovecraft no dudó en replicar a Bloch haciéndole, a su vez, víctima de otra criatura sobrenatural, bajo la trasparente identidad del escritor de relatos de terror Robert Blake. Eso sucedía en The Haunter of the Dark, publicado por Weird Tales en diciembre de 1936. Ya muerto el maestro, y como homenaje, Robert Bloch cerró este intercambio de truculentas imaginaciones con el relato The shadow from the steeple (1950). En esta ocasión Lovecraft ya aparece como tal, imbricado en la narración como amigo del fallecido Robert Blake y cronista de su muerte.

Sea como fuere, a raíz del tremendo éxito comercial de Psicosis los productores se sintieron atraídos por el trabajo de Bloch, hasta ese momento un simple autor de novelas de misterio como otros cientos, y que sólo recientemente se había trasladado a Hollywood para trabajar como guionista de televisión.

Los cuentos de Bloch, breves y con final sorpresa, resultaban ideales para las películas de episodios típicas de Amicus y algunas excelentes series de televisión con las que colaboró en esos años, como Night Gallery o Alfred Hitchcock. Sin embargo, ese estilo de terror pasó de moda en los setenta, cuando películas como The Exorcist (1973) o The Omen (1976) y las novelas de Stephen King revitalizaron un género aletargado durante mucho tiempo, modernizándolo.

Robert Bloch murió de cáncer en 1994.

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